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Posts Tagged ‘Anagrama’

El joven escritor colombiano Antonio Ungar ganó el Premio Herralde de Novela 2010 con Tres ataúdes blancos, un ¨thriller bizarro¨, lleno de humor, según el jurado. Ungar cuenta con un pasado profesional que incluye las tareas de arquitecto, mesero, urbanista, periodista, repartidor de correo, asistente social, traductor, diseñador gráfico, blogger, escritor y sobre todo viajero. Ha escrito cuentos, novelas y periodisimo, a la manera del cazador que atrapa los textos que se le aparecen.  Y se le parecen, también. Son de todos lados, inquietos.  Antonio Ungar nació en Bogotá en 1974. Vivió en Manchester, la selva del Guainia (Colombia), Barcelona, Nueva York, Mexico DF y actualmente, “gracias a una tarjeta de periodista colombiano”, entre Palestina e Israel, donde formó familia.  “Un lujo que muy pocos tienen”, aclara. En Palestina duerme en Ramala y en Israel en Jaffa.

Antonio Ungar por Daniel Mordzinski


Antonio Ungar escribió los libros de cuentos Trece circos comunes, De ciertos animales tristes y las novelas Zanahorias voladoras y Las orejas del lobo, narrada por la mirada de un niño sobre un mundo que preferiría no ver. Aquí un fragmento de la entrevista que le hice para el libro Bogotá 39, la inicitaiva del Hay Festival:

¿Cómo se escribe un libro con la voz de un niño?

Las orejas del lobo empezó como un falso diario de infancia, como el desafío de poder reinventarse la infancia como si fuera real.

¿Qué tiene de interesante la mirada de un niño para contar historias?

Lo que me interesa de la mirada de un niño tan pequeño como el de Las orejas del lobo es que en muchos casos tiene que definir la realidad desde el principio, como si no la conociera. No puede decir mesa, sino describir la mesa. Además la percepción de los conflictos adultos desde el punto de vista de un niño abrió posibilidades narrativas muy amplias.

¿Este niño, desde dónde escribe?

Si te refieres al lugar geográfico del niño, lo hace desde la sabana de Bogotá; si es el lugar geográfico del escritor, México DF. Pero el lugar espiritual desde donde escribe este niño, es la admiración, el desconcierto y la rabia que le producen los adultos.

¿Cómo es la vida de un escritor latinoamericano en Palestina?

Escribo cada día, como siempre. Compro los libros a dos argentinos que tienen una librería en español en Tel Aviv. El ritual, si es que importa, no cambió mucho respecto a cuando vivía en América Latina.

Selva, desierto… ¿se modifica tu literatura con estas vivencias personales?

Tardo mucho en digerir lo que vivo para convertirlo en literatura. Solamente ahora empiezo a entender lo que viví en Inglaterra cuando tenía quince años. Tal vez en

veinte o treinta años pueda escribir acerca de Palestina.

¿A quién le escribes?

Escribo para mis amigos y para un lector imaginario que está por ahí

¿Y cómo te leen?

Cada lector es único, eso es lo apasionante de escribir.

Dices que tus textos se aparecen ¿Cómo lo hacen?

Son el resultado de un proceso incontrolable. La entrada de información incluye sueños, lecturas, vivencias. Todo. Bob Dylan decía “Cierro los ojos, los abro: estoy influenciado”. El escritor no controla el proceso. Y los escritores que lo controlan no me interesan.

¿Cuándo el arquitecto dio paso al escritor?

Sabía que iba a escribir desde que tenía quince años. Estudié arquitectura para poder financiar la escritura

El fallo del jurado del Premio Herralde:

Tres ataúdes blancos es un thriller en el que un tipo solitario y antisocial es forzado a suplantar la identidad del líder del partido político de oposición y a vivir todo tipo de aventuras para acabar con el régimen totalitario de un país latinoamericano llamado Miranda. Ese argumento de thriller bizarro es, sin embargo, una suerte de estructura vacía, un esqueleto en el que la novela crece, salvaje, impredecible, saliendo a borbotones de la voz del protagonista. Desaforado, desquiciado, hilarante, el narrador usa todas sus palabras para cuestionar, ridiculizar y destruir la realidad (y para reconstruirla de nuevo, desde cero, como nueva). Perseguido sin descanso por el régimen del terror que en Miranda todo lo controla y por lo abyectos políticos de su propio bando, solo contra el mundo, el protagonista es finalmente alcanzado y cazado. Su enamorada en cambio consigue huir milagrosamente, y con ella queda viva la esperanza de un nuevo comienzo para la historia. Tres ataúdes blancos es un texto abierto, polifónico, dispuesto para múltiples lecturas. Puede ser entendido como una sátira feroz de la política en América Latina, como una refinada reflexión acerca de la identidad individual y la suplantación, como una exploración de los límites de la amistad, como un ensayo sobre la fragilidad de lo real, como una historia de amor imposible. Envuelta en un envase de thriller fácil de abrir y de leer, llena de humor, esta novela propone sin duda un juego literario complejo y fascinante. La novela que consagra indiscutiblemente a uno de los autores mayores de su generación en lengua española.

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MARCOS GIRALT TORRENTE

Tiempo de vida

Barcelona, Anagrama, 2010. 200 pp.

“Todo el mundo tiene padres y todos los padres mueren.

Todas las historias de padres e hijos están inclusas,

todas se parecen”.

Los padres, el padre, la muerte del padre, la muerte de los padres conforman una categoría temática dentro de la literatura, un tema universal. Son muchos los libros que muestran el trajinar de estas relaciones humanas, la mirada de unos y otros afincados en los extremos de la vida; es decir, galoperos de las muertes y otra vez los nacimientos. Escritores en todas las lenguas han recurrido alguna vez a sus propias carta al padre para, al igual que Kafka, hacer catarsis, una confesión tardía, o intentar hablar con sus muertos y lograr, en la medida de lo posible, saldar deudas. María Zambrano escribió en La confesión: género literario: “Lo grave es ser un extraño para sí mismo, haber perdido o no haber llegado a poseer intimidad consigo mismo; andar enajenado, huésped extraño en la propia casa. ¿No estaremos necesitando de una verdadera e implacable confesión?” Al hablar con el padre muerto lo que se busca es dejar de ser ese huésped extraño en propia casa.

Dentro del rubro “muerte del padre”, Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) acaba de publicar Tiempo de vida (Anagrama): una confesión elegíaca donde intenta poner en claro la relación con su padre, la relación del mundo respecto a su padre. Esta manera de expurgar lo vivido, es utilizada por el autor para conformar su propio duelo, pero principalmente para crear una pieza literaria sobresaliente en el panorama español (de España). Uno lee a Giralt Torrente ahora y recuerda que lo leyó hace unos años cuando ganó el Premio Herralde de Novela con París, y recuerda aquel libro también maravilloso y se pregunta cómo es que está casi siempre ausente cuando se habla de las grandes ligas literarias de su país. No ocupa espacio en debates inocuos, prescinde de generaciones-merenderas, evita parsimonias mediáticas; y todo esto lo pone en un lugar extraño, casi olvidado, de bajo perfil, como en el closet, recluido en ese Madrid que desde aquí no se ve. También una libertad absoluta, vale celebrar, que comparte a veces con compañeros de generación como Ray Loriga o Francisco Casavella.

Pero volvamos a Tiempo de vida. Su última novela tiene varios puntos en común con las anteriores, Los seres felices pero sobre todo París: el discurso confesional, la dinámica psicológica, el estilo ágil en lo formal; y la relación con los padres, sus ausencias, encuentros y desencuentros, en lo temático. Pero el propio autor deja claro desde el inicio de su nueva obra que aquello era ficción, esto no. Advierte desde el prefacio con aquella máxima de Nietzche: “Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya”. Aquí tenemos un padre de verdad, que vive de verdad, que lo abandona de verdad, que vuelve de verdad y que se muere de verdad. Del otro lado tenemos un relator que no requiere de artilugios metaliterarios para decir que Marcos Giralt Torrente es Marcos Giralt Torrente, un escritor en duelo, “exhausto y vacío”, que viene a contarnos lo que (le) pasa sin ánimos terapéuticos, si no simplemente porque es escritor y lo que quiere contar aquí es su vida y la vida de su padre, el tiempo de vida juntos, y la muerte.

Nada original, podríamos decir, en vista de nuestro primer párrafo: Cohen, Auster, Kureishi, Ford, Ackerley, Roth, Didion (la lista es de Giralt Torrent) han escrito sobre el tema. Agrego a Shakespeare, Kafka, Naipaul, Ribeyro; aquí más cerca (y con diversas suertes) Garcés, Perez Gay, Abad Facciolince … la lista es infinita. Y para el autor, los oficios solitarios de padre e hijo (pintor y escritor) tienen absoluta relación: “Diré algo más de mi oficio, ya que tiene que ver con nuestra relación. En cierto modo fue una vocación forjada a sus espaldas, elegida para distanciarme de él pero no en exceso, como si me hubiera interrogado por la profesión más parecida a la suya y hubiese elegido la literatura por ser la que estaba más a mano. A menudo he pensado que, de haber mantenido con él un trato más frecuente cuando en la adolescencia las vocaciones se consolidan, de haber visitado su estudio a diario, de haber disfrutado de su estímulo y guía, de haber tenido a mi disposición su material de trabajo o sus cámaras fotográficas, posiblemente no estaría hoy apresado por la palabra.”

Giralt Torrente cuenta la historia de una relación en la que “se pierden, se atascan”. A la vez reflexiona, busca con valentía respuestas imposibles, el duelo lo cubre todo. Algo se perdió y hay que recomponer lo imposible. Sin embargo, le dice al lector que va a intentar contar la historia de su padre, conocido pintor español, que ha ido y vuelto de la familia, que lo ha abandonado con displicencia y que ha regresado otra vez para ensayar algo parecido a la felicidad de los últimos tiempos. Piensa los hechos fortuitos que conforman todas nuestras vidas: “Se derivan infinitas posibilidades de cada decisión que tomamos, por no hablar de los efectos que sobre nosotros tienen las decisiones de los otros. El futuro es incierto, vivimos en el presente. El pasado es lo único que parece inamovible y tendemos a mitificarlo. Nos proporciona una referencia contra la que rebelarnos o con la que reconciliarnos. Eso pueden ser o no ser los padres, y basta que así sea para que representen un conflicto. Como poco, tienen la culpa de habernos lanzado al mundo”.  El hijo, el autor, no disimula enojos y rencores, pero tampoco el amor. Será capaz de paralizar su vida durante los dos años en los que la enfermedad pone entre las cuerdas a su padre. Lo cuida, lo asiste y no escribe: vive. Parece que aquí, la vida, el vivir, tiene una función antagónica a la escritura. Pero no es así, según lo que demuestra al final. El padre muere, el hijo se convierte en padre, y todo es vida y todo es literatura en forma de “homenaje de amor”. Vida que sobrevive y gana (siempre); literatura -comprometida con la literatura como la suya- que se impone también, para enterrar la muerte.

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Mientras esperamos que se materialice el polémico pase editorial del año y Seix Barral publique Dublinesca, lo nuevo de Enrique Vila-Matas (“una novela que parodia lo apocalíptico, al tiempo que reflexiona sobre el fin de una época de la literatura”, según la oficina de prensa), pongo en la sección Entrevistas de Barrio Chino una que le hice hace muchos años, y que fue publicada en Argentina. Si bien fue citada en varios lados, hasta ahora no estaba disponible en línea.

Esta charla de dos tímidos fue con motivo de la publicación de Doctor Pasavento (Anagrama), en un ambiente propio de alguno de sus libros, en el que viajamos desde Suiza a la Córdoba de Barón Biza, sin salir de un hotel en Passeig de Gracia de Barcelona, bajo el signo de algún trago y el factor Walser:

-¿De verdad fue al psiquiátrico y pidió que lo internaran?

-Sólo tenía pensando ver el edificio del manicomio y los alrededores de Herisau. Pero mis amigas Yvette y Beatrix, sin consultármelo,  establecieron una cita con el doctor Kägi, el director. Al entrar en el despacho del doctor, yo no sabía qué podía decirle a ese hombre y por eso se me ocurrió pedirle que me internara por unos días para que pudiera saber cómo continuaba mi novela.

-No le creo.

-Debe creerme, es verdad…

“Me miro a mí mismo y veo a un escritor que funde su vida con la literatura”

“Me quejo de lo mucho que me impiden escribir cuando me persiguen para todo tipo de entrevistas, fotografías y otras zarandajas. Pero si alguna mañana en Barcelona no suena el teléfono en mi casa, me quedo muy inquieto y me pregunto aterrado si no se habrán olvidado de mí”

“La ironía crea escritores”

La entrevista completa aquí.

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Los entusiastas seguidores de Juan Villoro agradecemos esa lectura privilegiada de la realidad que lo hace único, su ocurrencia desbordante y esas frases que conducen a la felicidad de la reflexión. Villoro, cronista de fútbol, de rock, de literatura, de México, premiado autor de novelas, de cuentos, de literatura infantil, recién estrenado dramaturgo y ensayista multifacético, es capaz de observar como pocos un lugar y un tiempo preciso: el suyo, que es el nuestro.

Acaba de recibir el Premio Internacional de Periodismo Rey de España en el apartado Iberoamericano por una crónica sobre la cultura narco en México, publicada en El Periódico de Catalunya, y que puede consultarse aquí. Se enteró esta mañana, cuando fue a llevar a su hija al colegio y otro padre le dijo que acababa de oír la noticia en la radio.

“Hay una cierta cultura del narco en la calle, en los informativos, en las canciones (con los narcocorridos), que pueden dar una cierta apariencia de normalidad a lo que en ningún modo debe serlo”, dice Villoro en esta crónica que también publicó en la revista colombiana El Malpensante. Y luego: “La descarada tendencia de la época a la satisfacción exprés se ha aliado en México con la impunidad. En el mundo narco, la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas carecen de sentido en ese territorio. Solo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, joyas que parecen insectos de la Amazonia, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa.”

No es el primer premio que recibe por sus textos periodísticos -otros importantísimos, como el Anagrama,  ha ganado por su ficción-, y es un reconocimiento a un compromiso con el lenguaje y un punto de vista brillante, inteligente, certero y tan poco frecuente.

Conocí a Juan Villoro en la mesa del bar Wembley de Barcelona donde semanalmente un grupo de jóvenes y expatriados (y expatriados no tan jovenes) se arrinconaban en silencio oyendo sus análisis del futbol del domingo, la ontología heideggeriana o las anécdotas más alucinantes del DF,  esa ciudad que quedaba lejos de los catalanes, pero que en esa mesa de este bar encontraba su más efectivo consulado. Él aprovechaba el invierno europeo para cubrirse con un abrigo rojo que era la envidia de Vila-Matas.

“¿Sabes por qué se llama así este bar?” me dijo en cuanto nos vimos; y comenzó a explicarme que en el estadio de Wembley el Barça había jugado un partido histórico y etc.

Hablamos de varias cosas (cualquier plática con, o mejor dicho de Villoro sobre-lo-que-sea puede ser brillante): Borges, Alemania, Piglia, Maradona y por supuesto, México. Esta ciudad era para mí una perfecta y fascinante desconocida. México, ya lo leía entonces, fungía y funge como escenario obsesivo de Villoro, al que vuelve en cada texto. Y a estas alturas, creo que ya no sólo es escenario: este lugar donde la imposibilidad, el cruce al otro lado de lo que sea, la amenaza del futuro, la latinoamericanidad in extremis, se convierte sin querer queriendo en personaje de la obra de Juan Villoro.

Le pregunté cómo era posible escribir una ciudad. Me respondió:

-En mi caso, describir la ciudad de México es un gran desafío. La cuidad de México desafía la experiencia humana. En 1958, Carlos Fuentes todavía pudo intentar un relato totalizador con La región más transparente, en donde la ciudad es el protagonista absoluto del texto y tiene confines bastante determinados. Esa es la época donde yo nací. Yo nací en el 56, y la ciudad tenía cuatro millones de habitantes. Ahora tiene posiblemente 18 o 20 millones, ni siquiera sabemos cuántos, y nuestro margen de error es de dos o tres millones, el tamaño de una capital europea. En este principio de incertidumbre que determina la ciudad creo que una de las cosas más difíciles e intentar un relato totalizador.

A mi me gusta mucho la expresión de los topógrafos aéreos que es “mancha urbana”, porque describe un poco la forma sin forma de una ciudad como el DF. El DF es una mancha. Entonces, creo que uno de los desafíos narrativos es tratar de inventarle un sentido a una ciudad que aparentemente no la tiene porque desde el punto de vista urbanístico y ecológico, la ciudad de México no debería existir. Es una ciudad que realmente se alza contra la razón, en un hacinamiento de personas, con enorme contaminación, inseguridad, etc. Y sin embargo, queremos estar ahí.

Nos seguimos viendo, por muy diversas razones y acabamos compartiendo ciudad y vecindario, bares y libros, y una amistad que a mi me da orgullo. Felicidades, Juan.

(Fotografía Pepe Encinas, gentileza Anagrama)

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México: el autor de Huesos en el desierto analiza el fenómeno de los “narcodecapitados”.

El hombre sin cabeza, Sergio González Rodriguez, Anagrama, 2009

El Ángel de la Independencia, el monumento donde están sepultados algunos héroes nacionales como el decapitado Padre Hidalgo, se erige 42,7 metros desde el Paseo de la Reforma sobre la ciudad de México. Su altura es la misma que tendría una torre de cabezas humanas apiladas una a una; las 170 cabezas que rodaron en este país en 2008.

En El hombre sin cabeza (Anagrama), Sergio González Rodríguez busca con datos como éste comprender lo incomprensible. Luego de la extensa investigación sobre el feminicidio en Ciudad Juárez (Huesos en el desierto, Anagrama), la nueva obra del escritor y periodista se desarrolla en un espiral sin fin: lo que comienza como un intento de explicar el fenómeno de los narcodecapitados, acaba en una sociografía del horror.

En el año 2008 hubo en México cinco mil doscientos ejecutados, un promedio de diecisiete secuestros por día y al menos ciento setenta decapitados. Según este libro, el índice de impunidad total de los delitos a términos estadísticos, es de un 99%. Sergio González Rodríguez repasa los guarismos con oficio. Si por momentos falla como cronista, el pulso ensayista del autor a veces raya la brillantez. “Las decapitaciones –dice el autor- son el signo mayúsculo del ascenso de la violencia del crimen organizado, el narcotráfico y su papel disolvente; un llamado a implantar la barbarie (…) el desmembramiento social, el deshuase orgánico de una comunidad en manos de la violencia que permite al miedo configurar el tramado de convivencia con el que a partir de entonces contiene y trasciende, y a la vez anestesia contra el dolor y obliga a cancelar la memoria: paraliza y autocomplace, en beneficio del horror”.

El hombre sin cabeza traza un recorrido histórico de la práctica de cortar cabezas. Puede leerse como un cuento de cómo todo fue poniéndose peor: de la cabellera de serpientes de la Medusa a los últimos ritos narco, pasando por la Revolución Francesa. Lo que comenzó hace 7 mil años A.C. en lo que hoy es Turquía, continúa ahora mismo en alguna ciudad de México. El arte, la literatura, el periodismo, la fotografía también se han ocupado de este tema. El horror mismo que dialoga con la belleza: de Benvenuto Cellini a Mishima y a Joel-Peter Witkin, el autor de la imagen de portada. La muerte violenta “un goce magnífico, casi un espectáculo”, según Mishima.

Este libro es también una reflexión sobre el cuerpo como cicatriz y escritura, y la muerte omnipresente que calla las palabras. En el tema elegido por González Rodríguez confluye la fascinación que siente por los submundos y su obsesión por el cuerpo mutilado, tal como lo ha demostrado en trabajos anteriores. Hace su propio recuento: “llevo en mi cuerpo cicatrices y prótesis en el codo, en el antebrazo y en el tobillo hasta la rodilla producto de operaciones quirúrgicas por golpes, fracturas y caídas. También otra cicatriz en la cabeza por una trepanación curativa. Y tengo prótesis en el otro brazo, en los ojos y en el oído. Soy lo que se llama una persona normal”.

Todo el valor del libro está en decir lo indecible. En poner palabras a los hechos y revertir la idea del propio Mishima: “la carne ya estaba estropeada por las palabras”.

A lo largo de los cincos capítulos en los que se estructura el libro, se inmiscuye en un desorden adrede una apuesta personal –catártica-, una expurgación de fantasmas familiares en el intento de percibir un mal general. Pero ante una realidad que sepulta definitivamente la ficción (quién pudiera en la narrativa mexicana actual imaginar un diálogo como el del decapitador), el autor describe, relata, muestra datos como quien pasa fotografías, da cuenta de la impunidad y de la corrupción, busca señales y sigue un no siempre metafórico rastro de sangre.

En su reconocido texto sobre un poema de Paul Celan, Jacques Derrida refiere una historia del Antiguo Testamento, en la que el ejército de Jefté obliga a sus vencidos efraimitas a pronunciar la palabra de origen hebraico “shibboleth” como contraseña para cruzar el río y salvar sus vidas. Los de Efraín no poseían en su dialecto el sonido schi, por lo que esta diferencia, esta imposibilidad, era aprovechada por los soldados de Galaad para degollarlos. “La palabra importaba menos por su sentido (río, arroyo, espiga de trigo, ramilla de olivo) que por la manera en la que se pronunciaba -dice Derrida-. La relación con el sentido o con la cosa se encontraba suspendida, neutralizada, puesta entre paréntesis: lo contrario por así decir de una ‘época’ (‘époque’) fenomenológica que ante todo conserva el sentido”. Hace un par de años, la Galería Tate de Londres expuso una enorme grieta de 167 metros de la escultora colombiana Doris Salcedo, llamada, como el poema de Celan, Shibboleth. La intención de la artista, según declaró, es similar a la del poeta: “una referencia al duelo permanente”. Una demostración de la impotencia de lo innombrable, la suspensión de sentido ante la muerte y la posibilidad final de decir para rehumanizar la vida desacralizada. La grieta, como pudo verse en esta obra de Salcedo, puede ser una marca omnipresente pero invisible, trozos de horror que encontramos en todas partes, en cualquier lugar. Nombrar la grieta, darle sentido, exponerla como herida es dar sentido al imaginario, recuperar la “época fenomenológica” que reclama Derrida.

Sergio González Rodríguez ha dado con su propia fenomenología, un país entero en forma de grieta insondable, un lugar en el mapa con nombre y apellido: Pozo Meléndez, también conocido como Boca del Diablo, en la carretera de Acapulco. Un lugar, un espacio que funge como vertedero de cuerpos asesinados y mutilados, alegoría de este México de comienzos de Siglo que devora todo a su alrededor, “destino ideal para el hombre sin cabeza”. Una grieta es todo lo contrario a un puente: “es un tajo que impide transcurrir la vida”.

Publicada en España.

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Una luna, Martín Caparrós, Anagrama, 2009

¿Es posible seguir llamando crónica a lo que hace Martín Caparrós? A la vista de cada uno de sus libros de viajes –Larga distancia (1992/2004), Dios mío (1994), La guerra moderna (1999), El interior (2006)– puede decirse que con cada uno de ellos viene moldeando un estilo personal, mezcla de muchos estilos, y una voz única que da forma a una especie de nuevo-nuevo periodismo. El argentino Caparrós (Buenos Aires, 1957) es heredero de una tradición que incluye tanto a Sarmiento como a Kapuscinski, a Capote, a García Márquez y a Martínez, y por algo frecuentemente es considerado el mejor cronista en lengua española. Su último trabajo, Una luna, publicado primero como livre d’amis (“cotillón” de cumpleaños número cincuenta para amigos) y que ahora edita Anagrama, es la cara literaria de un encargo de Naciones Unidas para contar la vida de jóvenes migrantes del Tercer Mundo. En los veintiocho días del ciclo lunar Caparrós salta de país en país en busca de las historias de este nuevo libro que él llama no de crónicas sino “diario de hiperviaje”. Una luna constituye el relato íntimo del paso por nueve ciudades: de Kishinau a Monrovia, de Barcelona a Johannesburgo y Ámsterdam, Lusaka, Madrid, Pittsburgh y París. Un recorrido por un puñado de vidas al límite, historias que resumen lo peor y lo mejor de este mundo, y que tienen en Caparrós un observador exquisito, un cazador que viaja para escribir y escribe para entender; un escritor que ha reinventado la crónica periodística para hacerla aún más grande, más ambiciosa, y que pueda –por fin– medirse con la novela.

El libro comienza en un avión con la proyección de una película basada en una novela de conspiraciones de Le Carré. Detalles como este le permiten al autor desplegar una serie de reflexiones sobre lo que sea, la nieve, París, la Historia, la luna llena, el capitalismo, el comunismo, el viaje. En apariencia estas digresiones son casuales, pero en realidad dan forma al esqueleto sobre el que se construye su crónica: “Viajar sigue siendo un gesto de desesperación: rozar, por un momento o unos días, todas esas vidas que nunca podré”; “Viajar es la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares”; etcétera.

En esta bitácora de viaje estructurada en nueve capítulos –nueve ciudades– Caparrós parte de Francia para reunirse con jóvenes cuyas vidas se han visto marcadas por la migración. Las historias son terribles y perturbadoras. Uno de los encuentros es con Natalia, una joven campesina moldava vendida por su marido a una red de prostitución extranjera; otro es con Richard, un niño exiliado de las guerras civiles de Liberia, testigo de masacres, de la desaparición de su familia y de cómo se comieron a su abuela. De los quince grados bajo cero en la ex Unión Soviética a los 35 sobre cero en África; unas pocas horas de vuelo, una joven violada, un niño soldado: el mismo horror. A este ritmo le siguen Ámsterdam, donde una holandesa hija de marroquíes cuenta lo propio, luego El Salvador de Freddy, un mara; la España de Koné y Adama, dos jóvenes de Costa de Marfil y Burkina Faso que demoraron años en llegar a Europa “para nada”; Edna, seropositiva en Zambia, esposa, madre, hermana de seropositivos en un país donde uno de cada cinco lo es. Y finalmente Kakenya, una muchacha enviada por su tribu a estudiar a Estados Unidos. Hábil entrevistador, Caparrós arranca confesiones estremecedoras del tipo: maté, violé, me violaron, me quiero morir, o quiero ser presidente. Desde el principio, el lector se ve consternado por estas vidas, y el autor siente el peso de las narraciones y afirma que “cada historia nueva se posa sobre el suelo pedregoso de las anteriores, y es cada vez más roca, más rasposa: más el mundo como una hostilidad, noche sin luna”.

Como una definición del periodismo de viaje, explica su trabajo: “pensar y preparar durante semanas algún tema, viajar uno o dos días desde la otra punta del mundo, encontrarse con quienes me van a permitir el acceso a esa persona, organizarlo, leer sobre el asunto, preparar preguntas, dormir en hoteles donde hablan en idiomas, mirar televisiones imposibles, comer polentas que no son polentas, frutas guarangas, quesos excesivos y, de pronto, en una hora tres cuartos, dos horas, cuatro horas, jugarse todo en una entrevista”.

Los textos de Caparrós no tienen nada que ver con la mayoría de las crónicas onanistas que han florecido en los últimos años. Si propongo esta distinción, es para comprender que el (inevitable) egocentrismo del autor no es mero egoísmo (subterfugio muy normal en el tipo de crónica-reportero-vive-la-experiencia-del-reporteado), sino una excusa que permite entender; entender para ponerse en entredicho y con él a su interlocutor, y finalmente al lector. Su estilo es frontal, íntimo, astuto: “Anoche cené foie gras y fue en París; esta noche, polenta con queso en Kishinau, capital de Moldavia. Hay algo en esos saltos que me atrae más que nada.” Caparrós obliga a leer entre líneas, atrapa al lector y lo arrastra al centro de las historias, a la perturbación del mundo, a la provocación de la duda. Lo lleva de viaje. ~

Publicada en México (Letras Libres)

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Archivo:  entrevista al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.

-¿Qué pasó con el boom?

-El boom latinoamericano se acaba cuando se separan Simon & Garfunkel, y dejan de hacer su insoportable versión de El cóndor pasa. En aquellos años, Paris estaba fascinado con lo indigenista, y bastaba con ser latinoamericano para estar de moda. Estaba Atahualpa Yupanqui, pero también una cantidad de grupos con quenas, charangos, y arpas de pésima calidad que tocaban todo el tiempo El cóndor pasa. Era insoportable. En la universidad tenía que hablar todo el tiempo de lo andino.

-¡Y usted iba vestido con un poncho!

-Era muy gracioso. Yo no sabía usarlo, una vez casi muero ahorcado en el metro, porque la puerta me atrapó el poncho. Pero tenía mucho éxito cuando me lo ponía.

-¿Éxito con las mujeres o como profesor?

-¡Con las mujeres, con las mujeres! Morían por un indiecito! Todas mis alumnas eran europeas gauchistas, de izquierdas, y estaban fascinadas con los indios latinoamericanos.

click aquí: www.barriochino.wordpress.com/entrevistas

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