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Posts Tagged ‘Hay Festival’

Vila-Matas estaba a punto de incluirlo como un Barterbly más de la literatura latinoamericana. Cuando muchos pensaban que su destino literario había tomado un perfil similar al de una rocola con puras canciones de Lavoe en un pub de mala-muertes y buenas-niñas en Bogotá, Santiago o Lima, Iván Thays puso el último punto a una novela que, hoy se anuncia, quedó finalista del Premio Herralde, cuyo premio mayor ha quedado en manos del escritor mexicano Daniel Sada, con su novela Casi nunca.

Son muchos, por antagónicas razones, los que esperan esta nueva novela de Iván Thays. No sabemos si será el secreto mejor guardado o la joya peruana escondida, pero sí que hay en este escritor un punto de vista interesante, rico, bien alimentado de fantasmas y lecturas, un entrecruce de territorios y generaciones que le han determinado una posibilidad , una toma del lugar, de un espacio que le corresponde, un decir propio, que ya ha merecido este y otros reconocimientos.

Según parece, esta novela se ha cocido durante años, amenazada por los miedos, la abulia y cierto fetichismo, pero supongo que a la vez está enriquecida versión tras versión por el leit motiv de su personaje anterior -también escritor-, que confiesa: “Tengo todo el tiempo del mundo para demorarme en un adjetivo, para limar una aspereza, para rizar un rizo”. Este personaje de su libro La disciplina de la vanidad (Ed. PUCP), le permitió a Thays ver la profesión desde un espejo desdeñoso, es decir ver más allá de ese momento en el que alguien se sienta a escribir, y escribe. De todo eso, que en definitiva no tiene nada que ver con la literatura, hizo literatura. De la afectación de los escritores que surgen a diario o de los que no se mueren nunca, pero que llenan festivales, simposios y encuentros, antologías, bares y tiendas de ropa a la última moda, Thays detectó material para su libro de juventud. Con esta novela ganó algunos premios y se lo vio en cuanto festival, simposio, encuentro, antología, bar, o tienda de ropa hubiera por ahí.

Iván Thays, a pesar de su profusión maniática por alimentar -más o menos a diario- el blog literario en español mejor informado, va diciendo que es un escritor que no escribe, que lleva años hablando de la misma novela, y responde que no tiene ninguna respuesta a la pregunta que más tortura a los escritores: ¿Qué está escribiendo en este momento? Mientras, anota puntilloso ideas de las que se arrepiente al otro día, pero con las que al menos llena libretas (Moleskines).

Por fin se develó el secreto: Un lugar llamado oreja de perro, la nueva novela de Iván Thays, finalista del Premio Herralde de Novela 2008. Felicidades, Iván.

Fragmento de la entrevista a Iván Thays realizada en Colombia, con motivo del Hay Festival, Bogotá 39:

-¿Qué has aprendido como escritor?

-A desconfiar.

-¿Visto de cerca, cómo es un escritor?

-Un hombre con un oficio que sabe que al final, será un vano oficio. Así lo dice Cernuda en La gloria del poeta, o Flaubert citado por Julian Barnes, cuando compara al escritor con un sujeto que pretende hacer música para conmover a las estrellas y sólo consigue hacer bailar a los osos.

-¿Qué es lo peor de un escritor?

-La vanidad literaria se contrapone a la soberbia. Y las comparo con muchachas. La chica soberbia es la que sale de su casa sin mirarse en el espejo. La chica vanidosa es insegura, se arregla mil veces, nunca termina de combinar la ropa. Los escritores soberbios son aquellos que piensan que sus temas son tan imprescindibles para la humanidad, la sociedad, la vida de los demás, que simplemente escriben sin fijarse en los detalles. Los escritores vanidosos son los que acarician los detalles, como diría el fantasma de Nabokov, con quien me encuentro a veces en una torre en Elsinor.

-¿La vanidad es necesaria para negociar con el editor, para salir mejor en la foto…?

-…La vanidad es necesaria para escribir un buen libro. Cuando uno escribe un buen libro siempre sale bien en las fotos.

-“Me invitan a todos lados, pero nadie me ha leído”, ¿Qué hace un vanidoso con esa frase?

-La cuelga como lema en la cabecera de su cama. Es el mejor escenario posible para escribir en paz, sin presiones, sin rutas impuestas, sin expectativas.

-¿Cómo es el espejo de un escritor?

Hay tantos como escritores. El mío es el revés del de la madrastra de Blancanieves. Me dice lo mal que me ha salido todo, que no deje de corregir, que he fallado otra vez, que no publique nunca más, que empiece todo de cero. Y al final, al verme abatido, me dice que al final vale la pena insistir y me manda a la cama.

-¿Se animaron a leer La disciplina de la vanidad tus amigos escritores?

-Lo leyeron con técnicas detectivescas y luego me invitaron a innumerables cenas, subí 14 kilos que he demorado 7 años de silencio editorial en bajar para preguntarme, entre el postre y el café, “¿soy yo?”

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Venecia del oeste

“Hay-On-Wye siempre aspiró a ser la Venecia del Oeste” decía Peter Florence, mientras veia caer la lluvia incesante. Una bailarina con botas de goma y paraguas se paseaba por el predio, entre carpa y carpa, bajo el agua que convertía al Hay en un barrizal en medio de la montaña. Pero los visitantes insistían en oír algunas de las intervenciones, tomarse una cerveza, un café o lo que sea. Es que no van a ser los ingleses los que se amedrenten por un “poco” de lluvia. Pero esta lluvia, acabó resfriando a Salman Rushdie que no dejaba de estornudar. En su primera charla, una ponencia casi académica sobre la Florencia y la corte de Mughal del Siglo XXVI, con power point incluido, convocó a personas de lo más disímiles. No me refiero a Andrés Neuman, si a un par de hooligans que bebían cerveza tras cerveza para reírse de vez en cuando de los chistes (que no eran tales) y acabar durmiendo como bebés sobre el vecino de atrás. Supongo que estas cosas sólo pueden pasar en un lugar como este.

Entre las carpas, bajo la misma lluvia, se paseaba el ex presidente norteamericano Jimmy Carter, su mujer Rosalyn y doce guardaespaldas intercomunicados. Al mediodía, nos subieron a 37 periodistas en un autobús, y nos llevaron costeando el río a una escuela a 15 minutos del Hay. Constatada la lista de acreditados con rigurosidad, esperamos la llegada de Carter & señora & 12 seguratas, quienes se distribuyen en la sala estratégicamente: Carter en el escenario, la señora en la primera fila, un guardaespaldas en cada esquina, los demás sentados entre los periodistas. La exposición del ex presidente fue sobre el conflicto de Medio Oriente, por el que se demostró optimista y pidió a Europa que se involucre de una manera más comprometida. Mientras Carter hablaba con los periodistas (en realidad con los 3 periodistas autorizados), Naomi Klein presentada como “analista radical” habló de su nuevo libro, La doctrina del shock.

El reverendo Gene Robinson, obispo anglicano de New Hampshire, famoso en los Estados Unidos por su militancia homosexual y por su llamativa sotana púrpura fluorescente, participaba en el Hay para hablar sobre la iglesia y con Carter, así que intentaba por todos los medios evitar a Christopher Hitchens. Es que a esa misma hora, Hitchens presentaba su libro God is not great frente a un auditorio que quería polémica. Como él. Y la tuvieron. La gente se paraba para inquirir a Hitchens que se defendía con su habitual dialéctica. Pero el público no se quedaba atrás y retrucaba cada una de sus ingeniosas frases. Por si le hiciera falta, Hitchens estuvo calentando motores desde día anteriores cuando paseaba su look gonzo por la sala de los invitados discutiendo con uno, perdiéndosele a los coordinadores, mojándose bajo la lluvia, siempre con anteojos de sol y una botella envuelta en una bolsa blanca, a tono con el traje, tal como lo caricaturiza la revista Prospect de este mes.

La noruega Åsne Seierstad, autora de El librero de Kabul, presentó (junto a Hitchens, precisamente, que no había leído el libro) su nuevo libro: El ángel de Grozni. La imagen de esta periodista-escritora, cara angelical y embarazada de siete meses, dista mucho de las experiencias que relata, cuando trabajaba como corresponsal de guerra en Kosovo, Afganistán o Irak. También estaba John Boyne, autor del best seller mundial El niño con el pijama a rayas, que simpáticamente nerd respondió todas las preguntas menos la de un niño de 6 años: ¿por qué el pijama era a rayas y no a cuadros?

Ente gestos de mal humor y chistes, Hanif Kureishi estuvo en el Hay para hablar de su ultimo libro, Something to tell you (que Anagrama publicará el próximo año). Más que de su libro, habló de su tarea como profesor de escritura creativa. “Los alumnos van al taller como quien va a un hospital psiquiátrico”, dijo. Por eso les pone a todos la misma calificación: 71%. “Esto es porque van bien vestidos”, remató.

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Una ex primera dama.

Hace unos minutos nada más, el viento soplaba tan fuerte, golpeaba con tanta osadía las paredes de la carpa, que no dejaba oír a la ex primera dama de Inglaterra. La esposa de Blair, que extrañamente ahora ha recuperado su apellido de soltera, Booth (será pariente de Richard?), hablaba como sabe hacerlo: entre seria y firme, determinante, pretendidamente profunda pero con chistes frívolos y de los otros. La gente la interrumpía (de la manera que un inglés puede interrumpir) para aplaudirla con la misma energía o reírse de sus ocurrencias. En la primera parte de la intervención, habló de la situación de las mujeres en el mundo, de la equidad como desafío. Leyó el discurso con elegancia de abogada (vestida a la usanza: traje sastre en marrón oscuro, collar de corales), y a más de uno le daban ganas de votarla, sobre todo en estos boring times de Brown. Luego, participó de una entrevista donde comentó su vida “poco común” en la residencia oficial, bromeando otra vez. Una gran anécdota: debía tener listo el traje negro por si se moría la reina madre. Allí también fue madre, recordó. La gente la seguía en el auditorio y en los bares de alrededor, por el circuito cerrado de televisión. “Definitivamente, es la mejor de la casa”, dice una señora a mi lado, sándwich bio en una mano, y la autobiografía (recién publicada) en la otra.

 

Bogotá 39 en Gales

Al costado de la granja ecológica, en una sala repleta con 500 personas, los Bogotá 39 Santiago Roncagliolo, Juan Gabriel Vásquez y Guadalupe Nettel se presentaron ante el público inglés (y en inglés). Jason Wilson, el hispanista con acento porteño, elogió la obra de cada uno de ellos y los introdujo ante un público que los seguía atento y curioso. Cómo es escribir bajo la sombra de García Márquez, Vargas Llosa o Paz, cómo es escribir sobre Latinoamérica desde España, preguntas manidas pero interesantes para un público que aún está despegándose de los clichés sobre la literatura latinoamericana y ya no les exige ni poncho ni huipil a ningún escritor. De todas maneras, a este grupo (Andrés Neuman estaba allí también) estos asuntos parece tenerlos sin cuidado, y así se mueven. A la salida, Juan Gabriel Vásquez firmó hasta agotar los 50 ejemplares de The informers, su novela traducida y publicada por Bloomsbury, que el mismo día el suplemento Review de The Guardian elogió.

 

 

 

 

 

 

Humoristas

Mientras Salman Rushdie, Eric Hobsbawm, Christopher Hitchens se paseaban por la sala de los escritores, bebiendo té unos, copas de vino, otros, un Gore Vidal a la vuelta de todo entusiasmaba en la carpa principal a un público entregado. Con cada una de sus respuestas, cortas cínicas y contundentes, se colocó como el líder del deporte preferido de los ingleses: mofarse de los estadounidenses. Y la era Bush da para esto y más. A la misma altura humorística estuvo Will Self, que en medio de su show presentó el libroThe Butt, con el que ganó el premio Bollinger Everyman Wodehouse Prize for Comic Fiction al mejor novela cómica.

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Unos metros antes de la entrada del pueblo, Peter Florence, otro delirante que es capaz de entusiasmar hasta las piedras, logró rizar el rizo y establecer un festival de literatura, el Hay Festival,  que convoca a miles de personas cada año. Florence, un actor de Shakespeare’s Globe Theatre, montó hace 21 años un par de carpas a la manera del movimiento Woodstock, y con el tiempo acabó definiendo a esto como lo que verdaderamente es: un festival de ideas. A esta cita anual acuden premios Nobel, jóvenes promesas y celebridades de todo el mundo -que se hospedan en las mismas casas del pueblo-, y respiran un aire Woodstock entre libros. Autores como Don DeLillo, Norman Mailler, Toni Morrison, William Golding, Harold Pinter, Ian McIwan y John Updike, o personajes como Bill Clinton en una partida de póquer, son algunos de los que han ayudado a acrecentar el espíritu del festival, “magnánimo pero singular, ambicioso pero íntimo”. A partir de 1996, comenzó su andanada viajera, y llevó sus performances y encuentros por países como Italia, Brasil, España y Colombia. Florence estaba obsesionado con que Gabriel García Márquez participara en Gales, pero le resultaba imposible. La idea se la dio su amigo Carlos Fuentes: si él no viene al festival, que el festival vaya a él. Y así se organizó Cartagena de Indias con un éxito apabullante que repite cada año, como en Bogotá, al igual que en Segovia y Granada. Siempre con el mismo “sello de hedonismo libertario”. Y acá llegamos, a ver si es cierto lo que contaban los amigos y los diarios. Hospedados en un ex priorato con lápidas y tumbas a la vista, el hedonismo libertario del Hay Festival se siente fuerte, pega en la cara, como el viento. Y echamos de menos, hasta que llegue, el ojo de Mordzinski.

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Llegamos a Hay-On-Wye

Alguien me dijo que esto podía ser el paraíso en la tierra. Personas que respeto y con la que comparto ciertas obsesiones han cruzado el valle sólo para estar en un pueblo, este pueblo, que de no ser por un detalle, puede ser cualquier pueblo del mundo. Es decir, un lugar donde los McDonalds pueden parecer excéntricos, las ciudades némesis y nadie sabe qué hacer un domingo a la tarde. Actualmente cuanta con 1846 habitantes, otros tantos miles de ganado y adolescentes que piensan que será mejor marchar en cuanto crezcan. Pero el detalle del que hablamos, son las librerías. Que no son una ni dos, sino una en cada esquina. Producto delirante de la mejor de las ocurrencias borgeanas, un día de los 60’s Richard Booth volvió a la tierra de sus padres (adolescente aburrido también, se había graduado en Oxford) y montó una librería de libros de segunda mano. Al año otra y otra más y al tiempo ya era el lugar con más librerías de usados de todo el mundo. La megalomanía de Booth no acabó allí. El 1 de abril de 1977, cubierto con sus trajes reales (corona y cetro realizado con grifería de cobre y la válvula de un flotador) declaró la independencia de Hay-On-Wye y se autoproclamó monarca. Con absoluta autoridad para otorgar títulos de nobleza, hoy vende por internet ducados, baronías y caballerías a no más de 80 euros. Broma o no, el asunto fue tomado en serio por las autoridades inglesas. No pasó a mayores, y el pueblo sigue haciendo gala de su escudo, bandera, himno y pasaporte. En su autobiografía My Kingdom of books cuenta que cuando le preguntaron si todo esto era en serio, él respondió: “Claro que no, pero es más serio que la auténtica política”. Hoy es posible toparse con su majestad en la librería del 44 de la calle Lion, o en su propio castillo, una construcción de piedra del año 1100, en las afueras del pueblo, donde los visitantes pueden hospedarse y hasta desayunar alguna mañana con él. Por muchas libras, eso sí.

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