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Posts Tagged ‘Entrevistas’

Alain Touraine recibe  el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, que comparte con Zygmunt Bauman.

Hace unos años, llegué a París en plena efervescencia estudiantil. Jacques Chirac, en una de sus últimos actos de gobierno, pretendía firmar una ley conocida como la del primer empleo que, entre otras delicias neoliberales, permitiía un periodo de prueba de dos años y el despido sin justificación de los jóvenes menores de 26 años. Parece un siglo atrás: Villepin y Sarkozy aún compartían gabinete, y ambos afilaban el cuchillo con el que asaltarían el Eliseo.

Los estudiantes salieron a las calles, se manifestaron, tomaron las universidades, se reconocieron festivos y rebeldes, como hace años no lo hacían. Muchos podrían pensar  que estaban reviviendo Mayo del 68, pero nadie se atrevió  a tanto.  Sin embargo la nostalgia es un motor poderoso, y  sacaba a la gente a las calles, para debatirse entre volver a creer que bajo los adoquines estaba la playa, o resignarse a la política que se les venía encima. Pero nadie, insisto, se atrevió a soñar tanto. A pesar de esto, y gracias a esto también, la ley no se aprobó.

Pensaba precisamente en entrevistar al sociólogo Alain Touraine, quien tanto ha estudiado los movimientos sociales. Un hombre lúcido que nunca se ha quedado quieto en su despacho del bulevar Raspail, si no que ha recorrido el mundo, el tercer mundo sobre todo, para explicar lo que nos toca vivir. La idea de una sociedad post-industrial es suya.

Lo busqué al teléfono, por mail, fui hasta su despacho, pero no lo encontré: estaba en Argentina. De casualidad, unos días después, un día que fui a buscar a mi suegra en el mismo Instituto donde ambos trabajan, lo veo salir del ascensor charlando animosamente con los ocasionales compañeros de viaje (mi suegra entre ellos).

Le dije que lo andaba buscando, que quería entrevistarlo y me pidió que regresara luego de la comida. A las dos de la tarde -los franceses almuerzan muy temprano- estaba yo sentado con este hombre en un despacho minúsculo empapelado de libros y carpetas y con más de tres teléfonos sonando a la vez. Pedía disculpa por las constante interrupciones, pero colaboradores suyos estaban informándole en tiempo real, de lo que sucedía en Perú e Italia con sus respectivas elecciones, lo que pasaba en las calles de París con los estudiantes, y qué acababan de decir en el Eliseo.

Lo hablado hace 4 años, aún tiene vigencia. Algunos párrafos aquí:

-¿Qué tiene que ver esto con Mayo del 68?

-Nada, aquello fue una cosa muy distinta. Aquí hay que buscar puntos en común con lo sucedido en noviembre. No se olvide usted que el CPE nace como respuesta a noviembre. Los jóvenes que queman autos, lo que están haciendo es reaccionar contra la marginación a la que se les somete. Se está marginando a los jóvenes, y cada estrato social se manifiesta a la medida de sus posibilidades. Además ahí hay otro tipo de discriminación, que tiene que ver con lo étnico. Se los discrimina porque son árabes.

Pero piden lo mismo, los que queman los autos y los que se manifiestan contra el CPE piden lo mismo, son concientes del grave proceso de desintegración que están sufriendo. Dentro de la juventud está muy clara la idea de “nos echan”.

-¿Tienen representatividad?

-Lo de noviembre es más complicado porque hay una ganancia de algunos sectores detrás de todo esto. Pero que quede claro: es un grupo de violentos que van a quemar autos de sus vecinos. Por su parte, los estudiantes han conseguido hacerse eco en la sociedad, pero tampoco podremos decir que haya representatividad.

-¿Hay ideología detrás?

-En ambos casos, es un cosa vaga. Es la expresión de una incapacidad para tratar el problema.

Para leer la entrevista completa, hacer click aquí.

A continuación, la crónica sobre el París de esos días:

La “Generación precaria” se moviliza en París

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaDominique de Villepin con cara de cerdo. Nicolas Sarkozy como el mismo diablo. Los ministros del gobierno del presidente Chirac son caricaturizados en las pancartas que se arremolinan alrededor de la plaza de la República. En lo alto, la República, la inmensa estatua de casi 30 metros de los hermanos Morice, rodeada de la Igualdad, la Legalidad y la Fraternidad, evoca desde 1880 la grandeur de la France y los derechos del Hombre.

Globos, banderas, binchas y un par de fotos del Che, exegeta del merchandising gremial, dan color al Boulevard du Temple. Allí mismo, entre un Holliday Inn y un McDonalds, el movimiento gremial francés intenta mostrarse fusionado –son más de doce gremios- y declara su voluntad de unión con el movimiento estudiantil. En sus puestos de papas fritas y parrilladas, se oye indistintamente La Internacional o a Bob Marley.

Van llegando los estudiantes, Pumas pret-a-porter. Llevan calcomanías fosforescentes por todo el cuerpo y las caras pintadas, con un NO CPE en cada cachete rojo, o blanco, o negro o mulato. Francia tiene más de tres colores. Bailan, cantan canciones de Manu Chao: “…Villepin, clandestino / Sarkozy, clandestino / Jacques Chirac, ilegal!”. Sienten el fervor de las calles, tienen ganas de Historia. Son optimistas, quién no lo es en una gran manifestación, y saben que está en juego mucho más de lo que se atreven a reclamar.

El joven arrojado a un tacho de basura,  tal es el símbolo al que se recurre insistentemente,  es un espejo en el que se miran los que pronto deben ingresar –o los que ya son expulsados- a un mercado laboral que los trata menos que eso. La basura se recicla.

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaTal vez quieran proponer la imaginación al poder, pero no se atreven. No buscan la playa debajo de los adoquines, la suya es una bronca casi desahuciada, obligadamente pragmática y sin poesía: enculade, enmerdés, son las palabras en muchos letreros que reflejan un enojo que no necesita traducción.

Sin embargo, parece una fiesta la que recorre el boulevard hasta La Bastilla, y de ahí a la Gare de Austerlitz cruzando el Sena, para terminar –exhaustos, cuatro kilómetros, dos horas- en la Place d’Italie, donde como si todo estuviera perfectamente planificado, la muchedumbre se disgregará -el metro se los tragará- y unos pocos casseurs se enfrentarán a la policía, rompiendo un par de cosas.

Pero no hay ni hubo clima tenso –sí en las manifestaciones anteriores-, más bien todo lo contrario: familias enteras, jóvenes y mayores se toman de la mano (“solidaridad intergeneracional”, dice una bandera) y se miran incrédulos. París está en la calle, otra vez.

Cómo no pensar en 1968, si desde afuera todos quieren ver aquí una revolución. Pero nadie está dispuesto a tanto. Acaso sea todo lo contrario.

Los estudiantes están movilizados como nunca desde 1968. “La política de precarización es una declaración de guerra a la juventud”, ha dicho Anne Delbende, de L’Université française, la asociación de los estudiantes.

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaPor primera vez desde entonces, se tomó la Universidad de la Sorbona. Pero pronto la toma de la universidad devino en un símbolo de impotencia y confusión, todo lo contrario de aquel Mayo. Una vez desalojados por la policía intentaron tomar la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales, pero una fuerza de seguridad privada los reprimió.

Una profesora latinoamericana de la École,  señala entre nostalgias: “yo los apoyaba, aunque me daba lástima verlos tan inexpertos…”

Asambleas fallidas, desorganización, liderazgo nulo… pero están en la calle. Se convocan con mensajes de teléfonos y con infinitas cadenas de mails, pero también a la vieja usanza. Son millones en toda Francia, tienen entre 15 y 30 años. Cualquier tópico diría que no saben lo que quieren.

Una joven de menos de 20 años, desde una plataforma instalada en un camión que avanza lento a la cabeza de la manifestación, pide la dimisión del gobierno, a ritmo de hip hop, rock y hasta en canciones infantiles. Es la que canta a Manu Chao. Es versátil y afinada. Todas y todos la siguen, corean, la aplauden. Ella baila desenfrenada, porta el micrófono como una neo-diva de Operación Triunfo. Es la estrella de la maní, todas las cámaras de televisión la reverencian. Por ahí van los líderes sindicales, los políticos que quisieran sacar un rédito, pero saben que este movimiento es acéfalo. Ella –se llama Marianne- será la apertura de los noticieros de la noche. “Somos jóvenes, no tontos”, es lo que dice su canción.

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“Cuando se busca la pureza,

se derrumba la cultura”

Hace unos años, Galaxia Gutenberg emprendió la edición de las Obras Completas de Juan Goytisolo. Entonces, Barcelona procuró materializar una especie de reconciliación con un hijo pródigo que había conocido la persecución franquista y la sociedad opresiva de la burguesía catalana. Por esos días, se habían producido en Ceuta y Melilla incidentes con personas que intentaban cruzar la frontera y llegar a Europa; y en Francia jóvenes de extrarradio incendiaban automóviles en la calle. No había contexto mejor para hablar con un hombre que conoce Europa y su relación con el mundo árabe de primera mano. Un hombre que cuando vio que en su barrio de París se llenaban de magrebíes y argelinos, decidió aprender sus para comunicarse con ellos. Goytisolo vive desde hace muchos años en Marruecos y sólo regrese a Barcelona por “motivos literarios”.

Lo entrevisté luego de intentarlo durante días, de esperarlo horas en un hotel del Raval sobre las Ramblas, donde se hospeda cada vez que regresa a su ciudad. No diría que es un hombre difícil de entrevistar, simplemente, eran días de mucho trajín entre homenajes, mesas redondas, lecturas públicas y un acto en el que el autor conversó con Orhan Pamuck. De verlo cinco minutos en un lado, diez minutos en otro, resolvimos tener la plática por teléfono, a pocas calles de distancia.

Aquí algunos fragmentos de la entrevista:

-Es considerado por muchos uno de los escritores más importantes de España, pero considera que su patria es otra. ¿Qué es la patria?

-La patria es la lengua en la que escribo. También son diversas ciudades. La literatura que amo es mi verdadera patria. He aprendido tanto de algunas ciudades, como de los libros leídos.

-Ha dicho que si no fuera escritor, sería urbanista…

-Mis textos son textos-ciudades. Caminar una ciudad, es tomar posesión del territorio…

-¿Para ser escritor hay que irse?

-Yo empecé a escribir a los ocho años. Pero sí, hay que irse. Hay que irse cuando hay una dictadura sofocante como la de Franco. Y cuando uno se va, ya se ha ido. Llegar a Paris fue descubrir el abismo que tenía Barcelona en esos momentos. Salir de España fue como sacarme de encima un chapapote asqueroso. Y en Francia, aprendí catalán, inglés, árabe, turco…

-Usted defiende la hibridez ante la pureza. ¿Qué pasa cuando una cultura rechaza esa hibridez y se queda en la pretensión de pureza?

-El ejemplo de España, y el de una cultura que conozco bien como la árabe, son clarísimos ejemplos. En España había una riqueza literaria extraordinaria. La Inquisición y la presión y persecución a los conversos, de los racionalistas, de los protestantes, acabaron con la cultura. En el Siglo XVII, España era desierto. Algo parecido ocurrió con la cultura árabe en el siglo XIV, una cultura que era extraordinaria y entró en busca de la pureza religiosa y de lengua. En España, hubo limpieza étnica, y también limpieza lingüística. No hay que olvidar que (Antonio de) Nebrija fue el primer gramático que decía que la lengua es compañera del Imperio, sacó del idioma español muchas palabras de origen árabe. Hay 4000 palabras árabes en el castellano. E ideas como la asociación de testículos con huevo, o leche con el semen, vienen del refranero morero. Cuando se busca la pureza, la cultura se derrumba. La cultura española es fecunda cuando tiene interés sobre culturas ajenas. La falta de interés la lastra.

-Lo que ha pasado hace unos días en Melilla y Ceuta, lo que pasa estos días en Francia… ¿es por allí donde va Europa?

-El continente africano, sobretodo el norte de Marruecos, se ha convertido en lo mismo que Tijuana o el Río Grande. La frontera con el sueño americano, y con el sueño europeo. Esto es imposible de detener, lo están deteniendo por ahora, pero entrarán de otra manera.

-Y duplican las cercas, las elevan, las coronan de espinas… Usted se mofaba de esto hace poco en un artículo…

-Lo paradójico es que mientras estos subsaharianos, y el resto de africanos, intentan desesperadamente, entrar en el sueño europeo, poniendo en riesgo su vida, los que ya están en el sueño europeo están quemando automóviles. Es algo que hay que reflexionar seriamente.

-“Liberté, égalité, fraternité”, al final no es para todos…

-Significativamente, son las mismas leyes que aplicaron en 1955 con la población argelina en París, durante la guerra de Argelia, y no resultaron. El toque de queda, y todo esto, cuando yo llegué a París. Es exactamente igual…

La entrevista completa aquí.

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Mientras esperamos que se materialice el polémico pase editorial del año y Seix Barral publique Dublinesca, lo nuevo de Enrique Vila-Matas (“una novela que parodia lo apocalíptico, al tiempo que reflexiona sobre el fin de una época de la literatura”, según la oficina de prensa), pongo en la sección Entrevistas de Barrio Chino una que le hice hace muchos años, y que fue publicada en Argentina. Si bien fue citada en varios lados, hasta ahora no estaba disponible en línea.

Esta charla de dos tímidos fue con motivo de la publicación de Doctor Pasavento (Anagrama), en un ambiente propio de alguno de sus libros, en el que viajamos desde Suiza a la Córdoba de Barón Biza, sin salir de un hotel en Passeig de Gracia de Barcelona, bajo el signo de algún trago y el factor Walser:

-¿De verdad fue al psiquiátrico y pidió que lo internaran?

-Sólo tenía pensando ver el edificio del manicomio y los alrededores de Herisau. Pero mis amigas Yvette y Beatrix, sin consultármelo,  establecieron una cita con el doctor Kägi, el director. Al entrar en el despacho del doctor, yo no sabía qué podía decirle a ese hombre y por eso se me ocurrió pedirle que me internara por unos días para que pudiera saber cómo continuaba mi novela.

-No le creo.

-Debe creerme, es verdad…

“Me miro a mí mismo y veo a un escritor que funde su vida con la literatura”

“Me quejo de lo mucho que me impiden escribir cuando me persiguen para todo tipo de entrevistas, fotografías y otras zarandajas. Pero si alguna mañana en Barcelona no suena el teléfono en mi casa, me quedo muy inquieto y me pregunto aterrado si no se habrán olvidado de mí”

“La ironía crea escritores”

La entrevista completa aquí.

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Los entusiastas seguidores de Juan Villoro agradecemos esa lectura privilegiada de la realidad que lo hace único, su ocurrencia desbordante y esas frases que conducen a la felicidad de la reflexión. Villoro, cronista de fútbol, de rock, de literatura, de México, premiado autor de novelas, de cuentos, de literatura infantil, recién estrenado dramaturgo y ensayista multifacético, es capaz de observar como pocos un lugar y un tiempo preciso: el suyo, que es el nuestro.

Acaba de recibir el Premio Internacional de Periodismo Rey de España en el apartado Iberoamericano por una crónica sobre la cultura narco en México, publicada en El Periódico de Catalunya, y que puede consultarse aquí. Se enteró esta mañana, cuando fue a llevar a su hija al colegio y otro padre le dijo que acababa de oír la noticia en la radio.

“Hay una cierta cultura del narco en la calle, en los informativos, en las canciones (con los narcocorridos), que pueden dar una cierta apariencia de normalidad a lo que en ningún modo debe serlo”, dice Villoro en esta crónica que también publicó en la revista colombiana El Malpensante. Y luego: “La descarada tendencia de la época a la satisfacción exprés se ha aliado en México con la impunidad. En el mundo narco, la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas carecen de sentido en ese territorio. Solo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, joyas que parecen insectos de la Amazonia, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa.”

No es el primer premio que recibe por sus textos periodísticos -otros importantísimos, como el Anagrama,  ha ganado por su ficción-, y es un reconocimiento a un compromiso con el lenguaje y un punto de vista brillante, inteligente, certero y tan poco frecuente.

Conocí a Juan Villoro en la mesa del bar Wembley de Barcelona donde semanalmente un grupo de jóvenes y expatriados (y expatriados no tan jovenes) se arrinconaban en silencio oyendo sus análisis del futbol del domingo, la ontología heideggeriana o las anécdotas más alucinantes del DF,  esa ciudad que quedaba lejos de los catalanes, pero que en esa mesa de este bar encontraba su más efectivo consulado. Él aprovechaba el invierno europeo para cubrirse con un abrigo rojo que era la envidia de Vila-Matas.

“¿Sabes por qué se llama así este bar?” me dijo en cuanto nos vimos; y comenzó a explicarme que en el estadio de Wembley el Barça había jugado un partido histórico y etc.

Hablamos de varias cosas (cualquier plática con, o mejor dicho de Villoro sobre-lo-que-sea puede ser brillante): Borges, Alemania, Piglia, Maradona y por supuesto, México. Esta ciudad era para mí una perfecta y fascinante desconocida. México, ya lo leía entonces, fungía y funge como escenario obsesivo de Villoro, al que vuelve en cada texto. Y a estas alturas, creo que ya no sólo es escenario: este lugar donde la imposibilidad, el cruce al otro lado de lo que sea, la amenaza del futuro, la latinoamericanidad in extremis, se convierte sin querer queriendo en personaje de la obra de Juan Villoro.

Le pregunté cómo era posible escribir una ciudad. Me respondió:

-En mi caso, describir la ciudad de México es un gran desafío. La cuidad de México desafía la experiencia humana. En 1958, Carlos Fuentes todavía pudo intentar un relato totalizador con La región más transparente, en donde la ciudad es el protagonista absoluto del texto y tiene confines bastante determinados. Esa es la época donde yo nací. Yo nací en el 56, y la ciudad tenía cuatro millones de habitantes. Ahora tiene posiblemente 18 o 20 millones, ni siquiera sabemos cuántos, y nuestro margen de error es de dos o tres millones, el tamaño de una capital europea. En este principio de incertidumbre que determina la ciudad creo que una de las cosas más difíciles e intentar un relato totalizador.

A mi me gusta mucho la expresión de los topógrafos aéreos que es “mancha urbana”, porque describe un poco la forma sin forma de una ciudad como el DF. El DF es una mancha. Entonces, creo que uno de los desafíos narrativos es tratar de inventarle un sentido a una ciudad que aparentemente no la tiene porque desde el punto de vista urbanístico y ecológico, la ciudad de México no debería existir. Es una ciudad que realmente se alza contra la razón, en un hacinamiento de personas, con enorme contaminación, inseguridad, etc. Y sin embargo, queremos estar ahí.

Nos seguimos viendo, por muy diversas razones y acabamos compartiendo ciudad y vecindario, bares y libros, y una amistad que a mi me da orgullo. Felicidades, Juan.

(Fotografía Pepe Encinas, gentileza Anagrama)

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Archivo: entrevista al dos veces ganador del Booker Prize Peter Carey

-En sus libros abundan historias reales perfectamente documentadas llenas de datos ficticios, ¿cree que este equilibrio entre lo auténtico y lo que usted llama fraude, es uno de los rasgos más destacados de su obra?

-Puede ser. Me interesa el equilibrio entre lo verdadero y lo falso a cierto nivel, pero a otro nivel puedo contradecirme. De todas maneras, ambas ideas parecen formar parte de una identidad que no es el mero fraude o la autenticidad, que va más allá. A mi me cuesta dos o tres años escribir un libro y no pretendo llegar a un hecho real; lo que quiero, sobre todo y más que nada, es llegar a algo nuevo, inventar palabras, gente que desconozco, hechos que me reinvento del todo, trajes, ropas, expresiones, maneras que nadie conoce. Puedo partir de una anécdota o de cualquier objeto que haya a mi alrededor, pero todo lo demás es puro proceso de creación. Por ejemplo, la casa de Robo. Yo viví en esa casa, y ahora pongo allí al protagonista, Butcher Boone. Pero a él no la sirve, la destruye, vive en ella como un bándalo. Yo amo esa casa. Esa casa existe, está al lado del río Nevernever, y en el río está el pato, el mismo pato de la novela.

click aquí: www.barriochino.wordpress.com/entrevistas

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Archivo: entrevista a John Banville

-Dicen de Usted que es el heredero de Nabokov…

-¿Lo soy?

-Tiene fascinada a la crítica…

-La mejor crítica que he recibido fue una vez paseando por la calle. Se me acercó un hombre en su bicicleta, yo pensé que me iba a asaltar, y me gritó: ¡de puta madre! Llevaba El libro de las pruebas. No leo las críticas, no me interesa. Yo hago mi trabajo. Y mi trabajo consiste en algo denso y exigente, como la poesía. El poema es el único tipo de arte que no puedes ignorar. Lo tomas o lo dejas. Mientras miras un cuadro en una galería, puedes pensar en la cena, pero con el poema no puedes. No hay arte si no lo haces apasionadamente, la pasión hace las cosas densas. Y densidad no es complejidad ni solemnidad. Trabajo mucho para que mis frases sean claras. La frase es el mayor logro de la humanidad. Es un privilegio poder escribir una frase.

click aquí: www.barriochino.wordpress.com/entrevistas

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PORTRAITS-DECRIVAINS-MEXICAINS-Gallimard

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Vila-Matas estaba a punto de incluirlo como un Barterbly más de la literatura latinoamericana. Cuando muchos pensaban que su destino literario había tomado un perfil similar al de una rocola con puras canciones de Lavoe en un pub de mala-muertes y buenas-niñas en Bogotá, Santiago o Lima, Iván Thays puso el último punto a una novela que, hoy se anuncia, quedó finalista del Premio Herralde, cuyo premio mayor ha quedado en manos del escritor mexicano Daniel Sada, con su novela Casi nunca.

Son muchos, por antagónicas razones, los que esperan esta nueva novela de Iván Thays. No sabemos si será el secreto mejor guardado o la joya peruana escondida, pero sí que hay en este escritor un punto de vista interesante, rico, bien alimentado de fantasmas y lecturas, un entrecruce de territorios y generaciones que le han determinado una posibilidad , una toma del lugar, de un espacio que le corresponde, un decir propio, que ya ha merecido este y otros reconocimientos.

Según parece, esta novela se ha cocido durante años, amenazada por los miedos, la abulia y cierto fetichismo, pero supongo que a la vez está enriquecida versión tras versión por el leit motiv de su personaje anterior -también escritor-, que confiesa: “Tengo todo el tiempo del mundo para demorarme en un adjetivo, para limar una aspereza, para rizar un rizo”. Este personaje de su libro La disciplina de la vanidad (Ed. PUCP), le permitió a Thays ver la profesión desde un espejo desdeñoso, es decir ver más allá de ese momento en el que alguien se sienta a escribir, y escribe. De todo eso, que en definitiva no tiene nada que ver con la literatura, hizo literatura. De la afectación de los escritores que surgen a diario o de los que no se mueren nunca, pero que llenan festivales, simposios y encuentros, antologías, bares y tiendas de ropa a la última moda, Thays detectó material para su libro de juventud. Con esta novela ganó algunos premios y se lo vio en cuanto festival, simposio, encuentro, antología, bar, o tienda de ropa hubiera por ahí.

Iván Thays, a pesar de su profusión maniática por alimentar -más o menos a diario- el blog literario en español mejor informado, va diciendo que es un escritor que no escribe, que lleva años hablando de la misma novela, y responde que no tiene ninguna respuesta a la pregunta que más tortura a los escritores: ¿Qué está escribiendo en este momento? Mientras, anota puntilloso ideas de las que se arrepiente al otro día, pero con las que al menos llena libretas (Moleskines).

Por fin se develó el secreto: Un lugar llamado oreja de perro, la nueva novela de Iván Thays, finalista del Premio Herralde de Novela 2008. Felicidades, Iván.

Fragmento de la entrevista a Iván Thays realizada en Colombia, con motivo del Hay Festival, Bogotá 39:

-¿Qué has aprendido como escritor?

-A desconfiar.

-¿Visto de cerca, cómo es un escritor?

-Un hombre con un oficio que sabe que al final, será un vano oficio. Así lo dice Cernuda en La gloria del poeta, o Flaubert citado por Julian Barnes, cuando compara al escritor con un sujeto que pretende hacer música para conmover a las estrellas y sólo consigue hacer bailar a los osos.

-¿Qué es lo peor de un escritor?

-La vanidad literaria se contrapone a la soberbia. Y las comparo con muchachas. La chica soberbia es la que sale de su casa sin mirarse en el espejo. La chica vanidosa es insegura, se arregla mil veces, nunca termina de combinar la ropa. Los escritores soberbios son aquellos que piensan que sus temas son tan imprescindibles para la humanidad, la sociedad, la vida de los demás, que simplemente escriben sin fijarse en los detalles. Los escritores vanidosos son los que acarician los detalles, como diría el fantasma de Nabokov, con quien me encuentro a veces en una torre en Elsinor.

-¿La vanidad es necesaria para negociar con el editor, para salir mejor en la foto…?

-…La vanidad es necesaria para escribir un buen libro. Cuando uno escribe un buen libro siempre sale bien en las fotos.

-“Me invitan a todos lados, pero nadie me ha leído”, ¿Qué hace un vanidoso con esa frase?

-La cuelga como lema en la cabecera de su cama. Es el mejor escenario posible para escribir en paz, sin presiones, sin rutas impuestas, sin expectativas.

-¿Cómo es el espejo de un escritor?

Hay tantos como escritores. El mío es el revés del de la madrastra de Blancanieves. Me dice lo mal que me ha salido todo, que no deje de corregir, que he fallado otra vez, que no publique nunca más, que empiece todo de cero. Y al final, al verme abatido, me dice que al final vale la pena insistir y me manda a la cama.

-¿Se animaron a leer La disciplina de la vanidad tus amigos escritores?

-Lo leyeron con técnicas detectivescas y luego me invitaron a innumerables cenas, subí 14 kilos que he demorado 7 años de silencio editorial en bajar para preguntarme, entre el postre y el café, “¿soy yo?”

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La primera entrevista que hice a un escritor fue a Andrés Rivera. Yo acababa de leer La Revolución es un sueño eterno, la novela que marcaría de manera particular a muchos que en aquellos momentos teníamos preguntas sobre la Historia argentina, sobre la literatura y el estilo.

Rivera estaba instalándose en una barriada de Córdoba, pensando que podía sentarse a escribir más o menos a salvo de los ruidos de la capital y los de su propia historia. Empecé a preguntarle por el libro (acababa de ganar el Premio Nacional de Literatura), pero cautivado por su personalidad (a priori seca, hosca), terminé indagando sobre su vida: sus padres escapados del nazismo, los trabajos en fábricas, la militancia durante la dictadura, sus seudónimos y los años en China como miembro del partido comunista. Estaba frente a un escritor enorme con una vida de novela. Luego habló de la muerte de su hijo. Entonces, le pregunté para qué sirve la literatura. El hombre me miró fijo por unos segundos, y me dijo: para sobrevivir.

Cuando entrevisto a escritores, llego a ellos atraído por su literatura, pero a veces caigo en el recurrente error del principiante y les pregunto por sus vidas, o al menos por ese personaje público que la mayoría acaba construyendo y adorando.

Al final, a casi todos les hago la misma pregunta, como un periodista novato que no logra salir de esta única duda: ¿para qué sirve la literatura?

Algunos repiten una respuesta ya muchas veces practicada (lógico: la pregunta carece de toda originalidad), otros improvisan como pueden y los más, que saben que no hay réplica posible, miran con ojos llenos de angustia, intentando saber qué es eso, para qué sirve esto que ocupa casi toda su vida y mejor vámonos a tomar un trago.

¿Para qué sirve la literatura? Lo que algunos me han dicho:

José Saramago: “Ante el frío y las desilusiones, la literatura sirve para calentarnos las manos en la misma hoguera”

Rosa Montero: “Las novelas son los sueños de la Humanidad. Y si no pudiéramos soñar, nos volveríamos aún más locos de lo que somos. La literatura nos enseña lo que somos, nos hace más sabios con respecto a nuestra propia condición, nos permite crecer y soñar”

John Banville: “No creo que la literatura, o la ficción sirva para algo, excepto iluminar un par de puntos ciegos de la realidad. El arte es inservible… o mejor dicho, inútil. Y eso es precisamente lo que lo vuelve valioso”

Enrique Vila-Matas: “Para buscar la verdad. La que busco a través de una fusión entre mi vida y la ficción”

Jorge Volpi: “La literatura sirve para creer, durante los escasos momentos de su escritura, que la incertidumbre es controlable. Al final esto se revela como un fracaso, como debe ser”

Ena Lucía Portela: “La literatura es más que una protección para mí. Es el centro de mi vida. De paso, me sirve para apartarme de todo. Y soy así, como mi literatura. Seria, pero no tan seria, y para nada solemne”

Pedro Mairal: “Uno siente que nada tiene sentido cuando no escribe. Que uno no merece esta vida. Escribir es rendir un tributo”

Peter Carey: “Para llegar a algo nuevo, inventar palabras, gente que desconozco, hechos que me reinvento del todo, trajes, ropas, expresiones, maneras que nadie conoce”

Rodrigo Fresán: “Para no ser bancario, con todo respeto a los bancarios”

Ivan Thays: “Para entender”

Bernard Schlink: “Para ayudarnos a entender la Historia”

Pedro Juan Gutierrez: “Para olvidar”

Yasmina Reza: “La literatura sirve para consolar”

Alfredo Bryce Echenique: “Para que me quieran mis amigos”

Hanif Kureishi: “[Ante el fundamentalismo] para saber que existe más de un libro”

Adam Zagajewski: “Para buscar. No se sabemos nada de nada, por eso un poeta debe seguir buscando”

Annie Proulx: “Para contar la vida”

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“¡Las nuevas aventuras de Octave Parango… ya están aquí! Esta vez, Parango viaja a las convulsas estepas rusas en busca de la cara más bonita del mundo… ¡y la encuentra! …entre gángsteres, drogas, maniquíes, prostitutas y poetas malditos. ¡No se la pierda!” Lo que podría anunciarse con vieja fórmula publicitaria no sería del todo desubicado tratándose de quién se trata. Cinco años después de 13,99 euros, Octave Parango, el alter ego de Frédéric Beigbeder, vuelve al ruedo con Socorro, perdón (Anagrama), para insistir sobre su visión del mundo con el conocido tono cínico irónico, nihilista y hedonista (que, a lo visto, tan buenos resultados le da, sumando enemigos y adeptos por todos lados). Esta vez, zarpan autor y personaje a la Rusia del Siglo XXI, y Parango deja atrás su profesión de publicista, para convertirse en talent scout y buscar la cara emblemática de una línea de cosméticos. Da con una joven muy joven de 14 años (mientras el autor y el personaje pasan la barrera de los 40, desciende la edad de sus trofeos) de la que se sentirá perdidamente enamorado. Él, justo él, que lleva 50 páginas despotricando contra todo, riéndose del estado de las cosas para de pronto, ponerse serio y reflexionar con pretensión y hacer creer que el amor puede durar más de tres años.

Con menos de cuatro horas dormidas (en Barcelona comienza el Sónar, máxima festividad elctro-moderna), Frédéric Beigbeder acaba de presentar su nuevo libro Socorro, perdón, la segunda parte de la trilogía que conforman 13,99 euros y uno que ya está escribiendo (donde, oh casualidad, Parango será presentador de televisión como… Beigbeder).

Con barba de varios días, devorando cruasanitos y simpática locuacidad finamente estudiada, el autor francés definió a su personaje como una “persona desesperada, inquieta, que pide ayuda, pero a la vez es culpable. Pide socorro, y pide perdón”. “Octave sigue en el poder, salió de la agencia de publicidad pero sigue mandando en el mundo de la imagen”, dice. Y qué mejor escenario que Rusia, “donde la estatua de Karl Marx mira el anuncio gigante de Rolex, o la tumba de Lenin está frente a una tienda de Christian Dior. Y donde el Pravda dejó lugar a Prada”. 13,99 euros tuvo muchísimo éxito en Rusia, por eso el autor viajó muchas veces. Allí, algún crítico comparó a Octave Parango con Raskolnikov (¡cuánto vodka!), por lo que el francés decidió hacer pasar una temporada a su personaje. La estancia en Rusia le sirve para reflexionar sobre la caída del comunismo, la llegada del capitalismo de una manera salvaje, todo esto que Beigbeder denomina fashismo, una mezcla de fascismo y fashion, un neologismo que dice que inventó (aunque en google encontremos más de 851 entradas). Rusia es “el lugar simbólicamente más violento de este tiempo, donde después de años de totalitarismo, desde una mañana de 1991 todo está permitido”. “Son como los barceloneses, pero a la enésima potencia”, dijo, demostrando que sólo ha pasado una noche en esta ciudad. “En Moscú han cambiado de totalitarismos, ahora el consumo y la imagen son los que mandan” y concluye: “no hay diferencias entre un anuncio de Calvin Klein y uno de Iósif Stalin. El de Klein obliga a millones de hombres a gustar de esa chica, y a millones de mujeres a parecerse a ella”. A Beigbeder, que fungió de modelo para las Galeries Lafayette, le fascina a ostentar sus contradicciones. En la foto, salvajemente retocada con photoshop (“toda persona tiene derecho a ser retocado por Photoshop”, bromea) posó con el libro La sociedad de consumo, de Jean Baudrillard. El discurso de este enfant terrible está lleno de tópicos superfluos como estos y más:

El humor es la cortesía de los desesperados

No se hace buena literatura con buenos sentimientos (de Gide)

Escribo los libros que quiero leer

Cuando haces el amor no hay que reflexionar, hay que hacerlo

La política responde al marketing

Tres grandes momentos marcaron mi vida: mayo del 68, la caída del muro de Berlín y el 11 de Septiembre

Y etc… Algunos críticos han señalado que sus libros también están llenos de clichés, pero él se defiende diciendo que los clichés dicen “algo de verdad”.

 

Beigbeder cuenta que escribió este libro saliendo de su segundo divorcio (consumada su primera separación, escribió El amor dura tres años) y en un momento de crisis personal. Nada en él parece lo suficientemente auténtico, todo resuena a postura publicitaria, pero a veces logra divertir. Leyéndolo, el Beigbeder profundo aburre por pretencioso, pero su ritmo, algunas de sus imágenes, y su prosa atrapante, pueden hacer pasar un buen rato. Conversando con él, pasa lo mismo. Y hay que reconocerle, como recordó su editor, haber sido el primero en escribir sobre el 11 de septiembre y el primero en contar sin escrúpulos la Rusia de principios de siglo. Si es que ser primero sirve para algo, se preguntaría, en coña, su personaje.

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¿A quién se parece Frank Bascombe? A su autor, según él, no. En la rueda de prensa de hace unos minutos, en la que presentó su último libro, Acción de gracias (Anagrama), Richard Ford respondió que si un actor tuviera que interpretar a su famoso personaje, el ideal sería Phillips Seymour Hoffman. No sé quién hubiera leído El Periodista deportivo, El día de la Independencia o Acción de gracias pensando en un cuerpo y una cara como la del actor de “Capote”. La segunda opción, dijo Ford, sería Kevin Spacey. ¿Y Bill Murray, no? No, respondió el autor a la pregunta de Rodrigo Fresán, que quería saber quién podría encarnar al ex periodista deportivo ahora agente inmobiliario en la televisión o en el cine. HBO ya compró las tres novelas, pero aún no hay actor. “Mi peor pesadilla es que sea Tom Cruise”.

La crítica ha considerado a Acción de gracias como la Gran Novela Norteamericana de comienzo de siglo. Una “novela política”, según su autor, que relata tiempos estos tiempos históricos, llenos de duda e incertidumbre. No por casualidad eligió esta época, con estas características, para cerrar su trilogía de Bascombe. “La literatura nos ofrece dos cosas: decirnos que la incertidumbre efectivamente existe y segundo, que aunque exista, debemos llevar unas vidas morales. No estamos exentos de asumir una responsabilidad por nuestras propias conductas, simplemente porque no estemos seguros de las cosas. No estamos atrapados en un dilema sartreano”.

Y con este doble dilema, se despide de su gran personaje, por la simple razón de estar “cansado”. A pesar de los buenos tiempos políticos que corren en su país, se privará de colocar allí a su personaje. “Existe una tentación personal de acometer un nuevo reto, que es contar la nueva etapa política que se abre, pero no es un reto de naturaleza artística. Para seguir, debería convertirla en algo más pleno, mas valioso, más bello, para el lector”. “Pero por mi parte, he llegado al límite de la comprensión del mismo”.

Dos frases:

Escribir una novela es como tomar la decisión de casarse. Si sientes que debes hacerlo, entonces estás ante algo mayor que tú.

El arte, el gran arte, siempre nos remite al pasado. Cuando estamos ante una obra excitante o estimulante, siempre te remite a tu propia vida, al pasado.

Esta noche Richard Ford y Rodrigo Fresán conversan en la biblioteca Francesca Bonnemaison.

Fragmentos de la novela, acá.

 

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Esta semana publicamos en la revista Ñ de Clarín una entrevista exclusiva a Yasmina Reza en la que repasa su exitosa carrera como dramaturga y comenta su último libro sobre Nicolas Sarkozy, El alba la tarde o la noche (Anagrama). Yasmina Reza casi no da entrevistas, pero cuando sí, las condiciones son muchas y no muy diferentes a las de una diva: hablar de Sarkozy lo justo y necesario, pero no de Carla Bruni ni de Cécilia la ex; que se transcriban textualmente sus respuestas, que se le muestre la entrevista antes de publicarla y que por ningún motivo se le fotografíe. Vale con que su agente de prensa advierta lo de las fotos una y otra vez, para que los periodistas gráficos la persigan más que a Ronaldinho, y hagan cola como si se tratara del scoop del año. Lograrán, en definitiva, un par de imágenes de desenfocadas manos tapando la lente, ella siempre desencajada y el mal humor de una actriz alérgica a los flashes, que se disipa por completo cuando se sienta a conversar. El autocontrol que demuestra en todo momento, lo refleja también en el trabajo: persigue obsesivamente cada una de las puestas en escena que se realizan de sus obras, y analiza al dedillo las adaptaciones a los 35 idiomas a los que han sido traducidas; ella misma controla el inglés, alemán, francés, y el español, pero por si acaso tiene un equipo de traductores que la asesoran constantemente. No hay fotos, la que ilustra esta entrevista es de archivo. Mi ipod calla cuando Carla Bruni debería cantar aquello de On me dit que le temps qui glisse est un salaud. Y llegará un día en que ya nadie querrá hablar de Sarkozy…

Fragmentos de la entrevista:

-El paso del tiempo es una idea presente en sus novelas y en su teatro. ¿Es su obsesión?
-Sí. En mi primer libro, que no está adaptado al teatro, Hammerklavier (Anagrama), ya escribía esta frase: “el tiempo, el único tema”. De una manera general, mis personajes, están obsesionados por el tiempo. En todo lo que escribí, la lucha contra el tiempo es el tema central. Y en El alba, la tarde o la noche lo es de modo evidente. Los hombres, en particular los hombres de acción, buscan por todos los medios distraerse de la muerte. Entablan con ella una carrera desatinada y vana pero que puede darles la ilusión de estar viviendo. Usted observará que el título del libro no contiene el tiempo presente. No está el mediodía, el día. Está siempre el mañana, y luego el mañana, y luego el mañana. Pero el mañana no existe ya que hay sólo un movimiento que cuenta. En este libro, Nicolás Sarkozy dice “la inmovilidad es la muerte”. En realidad, no hay de dónde agarrarse. Es a la vez irrisorio y trágico.

-¿Puede este libro trascender el fenómeno mediático del presidente Sarkozy?
Lo deseo profundamente. Nicolás Sarkozy me parecía emblemático de aquello sobre lo que tenía que escribir. No tanto él como persona, sino por lo que representaba. Quería dibujar la fisonomía existencial de un hombre político, y más ampliamente de un hombre de acción. Es un libro muy personal que, desde mi punto de vista, está en línea con libros más íntimos como Hammerklavier. Aquí, Sarkozy es la figura central de una constelación de hombres que observo y que trato de comprender desde hace tiempo.

-Cómo escritora, ¿tuvo que renunciar a algo al enfrentarse a un personaje real?
-No, porque me lo planteé como el trabajo de un pintor. Frente a mí tenía a un modelo, una persona que posaba todo el tiempo. Y escribía lo que quería. En cierta modo, es más un autorretrato mío…

-Al final del libro dice que él y usted ya son otras personas…
-Yo no cambié en nada, ya que mi posición siempre fue externa. Pero cuando lo vi en el Eliseo, vi que se convertía en otra persona, que ya no podía seguirlo. Vi que entraba en otro mundo…
La entrevista completa, acá.

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Esta semana presentamos en La Central del Raval de Barcelona, la edición española de De sangre y de sol , del periodista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez. El libro que Sexto Piso publica en España (con un capítulo extra) muestra otra faceta del autor de Huesos en el desierto (Anagrama): el de inquietante ensayista. En De sangre y de sol, Sergio González Rodríguez parte de símbolos universales como el sol, la sangre, la cruz, la estrella, el oro, el corazón, el infinito… y con ellos cruza caminos y traza un corpus teórico que se asemeja más a un thriller, que a cualquier otro libro conocido. Único, rayano en el delirio y la fascinación que algunos hombres sienten por la sangre, estas historias de un México atravesado por la violencia desde su fundación misma, o los asesinatos de algunos célebres –o ni tanto- visitantes como David Herbert Lawrence, Ernest Jünger o Alesteir Crowley fungen a modo de pantallazos filosóficos y malditos de un lugar y una época, que se unen por la alta calidad literaria, la reconstrucción periodística y la amplia soltura ensayística de un escritor que supo ver el horror y mejor supo contarlo. Raymond Chandler escribió en su ensayo El simple arte de matar aquella famosa frase que dice “pero por esas malas calles debe caminar un hombre”, en la que resume dos cosas: alguien debe hacerlo, alguien debe contarlo. Durante la presentación en la librería Barcelona, acompañaron a Sergio González Rodríguez los escritores Juan Gabriel Vásquez y Guadalupe Nettel. Los tres han palpado la violencia en sus historias, o en palabras de Chandler, han sabido colocar al hombre en una mala calle, enfrentándolo a la violencia social, histórica o psíquica, para poder contarlo.

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“Y ella lo hace. Ni remisa ni insegura, sin dar la más mínima impresión de que está siendo obligada: al contrario, dueña por completo de sus propios gestos e incluso contenta por realizarlos, a juzgar por la mirada festiva que me lanza antes de bajarse hasta mi barriga; ahí está, levantándome la camiseta, y empieza una tortuosa marcha de aproximación hecha de besos y de chupetones, desde el pecho hasta el costado, luego por el vello alrededor del ombligo, luego directamente sobre el ombligo; es preciso, de todas maneras, que no insista demasiado, porque se trata de una especie de tortura y hay mujeres que no se dan cuenta de lo muy insoportable que puede llegar a ser… Pero no, no insiste demasiado, sigue bajando todavía un poco más, pero cuando se encuentra con la polla clavada en la garganta lo interpreta correctamente como la señal de meta de la carrera y deja de torturarme. Ya estamos: se incorpora sobre las rodillas, acaba de desabrochar los pantalones, los baja cuanto puede, baja de la misma manera los calzoncillos, todo con la debida solemnidad, porque evidentemente es consciente del flujo de serotonina que este ceremonial produce en el cerebro de un hombre. Pero luego hace algo extraño, que no me esperaba: me coge la polla por la base y la levanta, hacia arriba, al aire, como si supiera también lo agradable que es sentir pasar por encima el vientecillo de esta noche que huele a mandarina, y se queda algunos segundos quieta, mirándola, oxigenándola, se me ocurre, como se hace con un buen vino antes de bebérselo; luego se sopla un mechón de pelo que le caía delante de los ojos y se la mete en la boca. Oh, el principio de una mamada: oh. Cada vez me sorprende que algo tan simple pueda ser también tan infalible. Una boca que se abre y adelante: ¿qué más se necesita? Todo el mundo puede hacerlo. Entonces, ¿por qué no ocurre continuamente? ¿Por qué hacemos de ella un bien tan escaso? Estamos locos, todos.” Caos Calmo, Sandro Veronesi. (Fotografía: Fandango)

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Hoy publicamos en Ñ de Clarín una entrevista al escritor italiano Sandro Veronesi. Hace poco estuvo en Barcelona, donde presentó Caos Calmo, el libro con el que ganó el premio Strega y del que se realizó una polémica adaptación cinematográfica con la actuación de Nanni Moretti. Polémica por una escena de sexo donde el director de Caro Diario sodomiza a la actriz Isabella Ferrari, haciendo gala de un realismo que ha dado que hablar a medio mundo. Sobre todo al Vaticano que, ya sabemos, le encanta hablar de sexo.


 

En un momento de la novela, el protagonista se encuentra con la mujer que salvó al inicio y mantienen una encendida relación sexual, descrita con belleza, absoluta precisión, sin eufemismos. Esto, transformado en lenguaje cinematográfico es “pura acción”, tal como dice el autor. “El film ha interpretado correctamente la escena –comenta Veronesi-. Es una escena fuerte. Tan fuerte, que me ha sorprendido hasta a mí. ¿Por qué es tan fuerte? Porque hay una niña durmiendo en la habitación del lado. No es una escena de amor, es un trampa que el padre tiende a la hija”.

 

 

Caos Calmo es un gran libro, que ojalá tenga la repercusión que se merece. A lo largo de cientos de páginas, Veronesi construye una delicada estructura en la que se permite reflexionar, con buen pulso narrativo, intensidad y humor, temas como la muerte y el sufrimiento, la locura de un hombre profundamente europeo y confundidamente contemporáneo. Su nuevo libro, publicado por Anagrama, se presenta como un pantallazo generacional, una mirada al mundo con banda sonora incluida: Radiohead cantando “we are accident waiting to happen…


 

La novela comienza con dos mujeres que se ahogan en el mar. Pietro Paladino y su hermano corren y nadan para salvarlas. Con bastante dificultad, logran arrastrarlas hasta la playa y revivirlas. En ese mismo momento y a pocos metros de ahí, la mujer de Pietro, la mujer con la que Pietro iba a casarse en unos días, muere sorpresivamente. Pietro Paladini, un cuarentón milanés bien acomodado y su niña de ocho años, regresan a la ciudad para recomenzar la vida y las clases en el colegio. Él decide no separarse de su hija, y se queda durante horas, días, meses frente a la escuela. Al borde de la locura, el protagonista se detiene, no sin placidez, en eso que los anglosajones llaman el “caos calmo”.

 

Y como si todo fuera normal, sus amigos, compañeros de trabajo, mujeres, familiares, comienzan a peregrinar hacia el lugar donde Pietro se detuvo no para consolarlo, sino a contarle sus propias penas. Veronesi descomprime la seriedad del tema, contando en qué se inspiró: “La lectura de Snoopy cuando era niño. Sobre todo cuando Lucy Van Pelt pone un banco delante de la escuela con un cartel “Ayuda Psiquiátrica, 5 centavos” y todos van a confesarse. Lucy es mala, lo hace para hacer sufrir a las personas. Pero el ejemplo es bueno, porque supongo que vivimos en una sociedad llena de dolores. Basta que una persona se detenga en un punto dando la impresión de pòder escuchar tu dolor, enseguida se hace una hilera de gente”. Fragmentos de la entrevista:


 

-¿Qué es el caos calmo?

-El peligro de no reconocer el límite en el que comienza la locura. Este título expresa la trampa de no ver a tiempo lo negativo de una situación. Reflexioné mucho sobre este oxímoron muy utilizado en el mundo anglófono, pero casi ausente en el latino.


-¿Cómo lo vive su protagonista?

-Pietro Paladini vive su luto sin sufrimiento. No sabe donde está, adónde va. Esto, para mí, representa un problema colectivo, de Italia, de Occidente. Vivimos en una sociedad en la que, como Paladini, siempre creemos que el sufrimiento es ajeno, que el problema es de los otros. Esto es una locura social, en la que nadie puede acusarte de loco, pero estás enloqueciendo.


-¿Es su libro mas personal?

-No exactamente. Pero el proceso de creación fue muy duro, estuve tres veces a punto de dejarlo. Demasiado dolor como materia prima. Me costó muchísimo llegar a la mitad, cuando mi vida dio un giro milagroso. Fue muy exultante darme cuenta que podía seguir, que podía acabarla. Después de dos años y medios de separación, pude tener la custodia de mis hijos y este acercamiento fue un milagro para mí. Nunca pensé que podía escribir con mis hijos en la casa, pero precisamente eso me desbloqueó. No sabía cómo manejar ese dolor, el dolor de los otros, mi relación con el dolor, y esta paradoja de no saber dónde quedaba la escuela de mis hijos y en escena un padre así. Demasiado para mí.


Sobre Vargas Llosa y Radiohead


 

-La canción There, there de Radiohead atraviesa la novela, “somos accidentes a punto de ocurrir”, dice la canción. ¿Por qué la eligió?

-Creo que los Radiohead son, en su todo, en su composición musical, sus letras, el manejo del éxito, la relación con la industria, una de las expresiones más profundas del pensamiento occidental contemporáneo. ¡Deberían enseñarlo en la escuela!


-Usted estudió arquitectura. ¿Cuándo decidió ser escritor?

-Cuando leí a Vargas Llosa. Yo estudié arquitectura, pero nunca ejercí. Sin embargo, siempre escribí, desde muy joven, cuando leía a Vargas Llosa y a Dostoievski, soñaba con ser escritor. Pero a Dostoievski lo leía en la escuela, era un clásico. En cambio Vargas Llosa fue para mí una sorpresa, estaba vivo. Él tenía la edad de mi padre, escribía mientras yo lo leía. Hice un viaje a Lima sólo para conocer su mundo, su ambiente. Ha escrito cinco o seis obras maestras. No conozco a otros así. Sobre todo en una época en que Italia y en Europa te enseñaban que la novela había muerto, que había que ir más allá de la novela. Yo estaba leyendo Conversaciones en la catedral, Tía Julia y el escribidor ¿La novela muerta? me preguntaba y me reía. Y detrás de él, junto a él, vienen Arguedas, Onetti, Sábato, Soriano, Galeano, Cabrera Infante, Carpienter… durante años no he leído más que escritores latinoamericanos.

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Seix Barral publica el libro que ha merecido el premio Biblioteca Breve en la edición del 50 aniversario: El infinito en la palma de la mano, de la escritora nicaragüense Gioconda Belli. Los integrantes del jurado destacaron el lenguaje inventivo, la vitalidad y la poética narrativa de la novela de Belli con la que reinterpreta el mito del Génesis. La fábula de Adán y Eva a “ritmo de versículo”, según Caballero Bonald; “un cuento a partir del cuento básico, con un final precioso y sorprendente”, ha dicho Rosa Montero. Gioconda Belli, poetiza y novelista, es autora de, entre otras, La mujer habitada, que le dio reconocimiento internacional, y El país bajo mi piel, las memorias sobre los tiempos sandinistas en su país. Tiene publicada una amplia obra poética, con la que ha ganado diversos premios, entre ellos el Casa de las Américas (cada uno de sus libro ha recibido al menos un premio). Actualmente vive en los Estados Unidos. El infinito en la palma de la mano reinterpreta el mito de Adán y Eva en el paraíso, e intenta contar cómo eran los días de la primera pareja. Descubren la vida y la crueldad de matar para sobrevivir, a la vez que se revelan en un relato poético y misterioso, y se dan cuenta –junto al lector- que el paraíso no es lo que parece ser. Belli se plantea el desafío de reescribir el mito: “Es un reto extraordinario, como un salto sin red, descubrir lo desconocido en lo conocido. Los mitos en general y éste en especial, causan mucho dolor. Sobre todo en el caso de las mujeres, por culpabilizarlas, hacerlas responsables de que nos hayan expulsado del paraíso terrenal. Pero cuando uno empieza a analizar los mitos, a desmenuzarlos para volverlos a contar, el que sale mal es dios”. El título está inspirado en aquellos versos de William Blake que tanto gustaban a Borges: “Ver un mundo en un grano de arena / Y el cielo en una flor salvaje / Contener el infinito en la palma de la mano / Y la eternidad en una hora”. Y mientras Belli escribía sobre la creación, no podía dejar de ver las noticias en la tele, con la guerra de Irak de fondo. La entrevistamos en Barcelona:

-¿Cómo fue escribir sobre la creación del hombre en medio de la Guerra de Irak?

-Mientras escribía la novela utilizaba Google Earth y con las coordenadas que da la biblia, me metía en Irak. Allí podía imaginarme dónde estaban esos ríos, cómo era el norte, cerca de Turquía, donde supuestamente estaba el paraíso. Hice una investigación para saber qué clima, qué paisajes y animales hubo en esa creación divina, con toda esa omnipotencia impresionante. Pero eso constantemente tiene un contraste, que muestra como nos estamos negando a nosotros mismos. Por un lado la enorme posibilidad de ser felices y por otro, esa naturaleza humana que hace autodestruirnos y a la vez ser humanos. En la novela hablo de esta contradicción en nosotros mismos. Pero es muy triste el contraste tan profundo del supuesto paraíso terrenal en una zona que está sufriendo tanto.

-…Sobre todo viviéndola desde Estados Unidos.

-Esta guerra me ha matado. Soy nicaragüense, y he vivido en carne propia un ataque de los Estados Unidos. Sé lo que se reporta, lo que no se dice. Puedo imaginármelo, porque conozco cómo son las mentiras, la prepotencia y la diferencia del mundo ante el horror y la muerte.

-¿Qué es el paraíso?

-Uno sigue soñando con el paraíso. El paraíso es aceptarnos tal como somos, y no sólo aquel en el que nos volvemos etéreos, buenos y siempre sonrientes. El paraíso está en cómo lograr calmar con la misma naturaleza lo que nos hace más desgraciado.

-¿El paraíso en la palma de la mano tiene que ver con eso?

-El título, tiene que ver con eso. Adán y Eva se van dando cuenta que no dejaron el paraíso, que lo llevan dentro, y van aceptando su propia condición. Descubren lo que la humanidad puede llegar a hacer. La historia puede empezar al revés. Hay un juego con el tiempo, en el que ellos se preguntan si lo que viven es el principio o el final…

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Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda…

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.

Así comienza el poema La niña de Guatemala de José Martí que todos los niños centroamericanos están obligados a recitar de memoria en las escuelas. En este poema y en los cubitos de hielo de Mario Bellatín, se encuentra el germen de la nueva novela del escritor guatemalteco-estadounidense Francisco Goldman, El esposo divino (Anagrama), una mirada divertida y heterodoxa de José Martí. Un personaje absolutamente estrafalario, una especie de Woody Allen del siglo XIX, según Goldman, quien lo muestra desafortunado con cada una de sus mujeres y amantes, dandy frustrado, loser, drogadicto, que bebía mucho, bien lejos del héroe cubano que todos conocemos. Goldman muestra su fascinación al introducirse en este mundo, laberíntico e inaccesibe, único. En su reciente viaje a Barcelona, donde presentó el libro junto a su editor Jorge Herralde, el escritor contó cómo llevaba años investigando y trabajando sobre Martí y la niña del poema cuando todavía no había encontrado la imagen que él consideraba fundamental, que le permitiera arrancar con la historia. Una noche, en una fiesta en la casa de Mario Bellatín en México, la encontró. Llevaban varios daikiris cuando se acabó el hielo. Alguien encontró trozos congelados en el fondo del freezer. A los diez minutos, sintió una patada en el estómago, que lo tumbó por días. En el delirio de la fiebre, alucinó la escena central del convento, las mujeres y los hombres indígenas, y la niña en la selva jugando con un globo rojo…

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Hace pocas semanas entrevisté a Rosa Montero, quien el 7 de mayo publica en España y Latinoamérica su nueva novela Instrucciones para salvar el mundo (Alfaguara), un fresco sobre el Madrid de comienzos de siglo, lleno de solos y solas, al borde de casi todo, malviviendo entre la muerte y los amores rotos, la inmigración, el terrorismo y la prostitución, la armonía, el caos y Second Life. Los protagonistas Daniel y Martín saben mejor que nadie aquello de llueve sobre mojado. Y para muestra, basta llegar a la escena del prostíbulo en navidad. Con tales asuntos, al libro no le queda otra que centrarse en la esperanza. Hablamos de esto, de la esperanza y recordamos dos frases bellas, terribles sobre este tema: “Hay una cantidad infinita de esperanza, sólo que no es para nosotros”, que ha dicho Kafka, y una de Walter Benjamin, “Sólo por nuestro amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza”. “La frase de Kafka es bellísima, pero para mí no es verdadera”, dice la autora. “No me siento representada por ella, no es el concepto que tengo de la vida. De hecho, para mí la novela está llena de esperanza y desde luego Matías la aprovecha toda. Matías es un superviviente y se salva sin rendiciones. En cuanto a Daniel, le tengo especial afecto y compasión porque es un personaje muy habitual en nuestra sociedad. Representa la tentación del fracaso, esa tentación que todos hemos sentido alguna vez de dejarnos llevar, de no luchar, de rendirnos. Es la antítesis de Matías y durante toda la novela te dan ganas de zarandearlo y decirle ¡Sal de esa pasividad, hombre!”

-¿Es Instrucciones para salvar el mundo su título más ambicioso?

-No creo que sea un título ambicioso, sino más bien levemente malicioso. En primer lugar, el enunciado resulta un poco humorístico. Desde el principio creo que el título deja intuir el tono de la novela. Porque es una historia en donde se habla de cosas muy graves, pero se habla de ellas con sentido del humor, con simpatía ante lo disparatado de la vida. En el libro intento escribir de lo muy grande desde lo muy pequeño, desde lo cotidiano, lo común, lo conmovedoramente risible.

-Para salvar al mundo, ¿primero hay que salvar al propio?

-Mira, en primer lugar, al mundo no hay manera de salvarlo. Es absurdo pensar que uno puede salvar el mundo, y si aparece alguien que cree tal cosa hay que salir corriendo, porque los salvadores de mundos siempre han sido los mayores asesinos, los grandes carniceros, aterradores monstruos. Ya tenemos bastante con intentar salvar nuestra pequeñísima vida, con intentar madurar, crecer, aprender y ayudar a la gente que queremos. Eso ya es dificilísimo. Vivir una vida entera con sentido, con utilidad y con dignidad es un arte al alcance de muy pocos.

-¿La literatura qué puede hacer?

-Las novelas son los sueños de la Humanidad, sueños que se sueñan con los ojos abiertos. Y si no pudiéramos soñar, nos volveríamos aún más locos de lo que somos. La literatura nos enseña lo que somos, nos hace más sabios con respecto a nuestra propia condición, nos permite crecer y soñar. ¡Cuánta esperanza hay en la lectura y en la escritura! Esperanza de entendernos unos a otros, de poder transmitir nuestras emociones y nuestros conocimientos, esperanza de ayudarnos y de no estar solos, de trascender el horror, de ser mejores. Leer y escribir es una celebración de la vida.

La entrevista completa puede leerse en la revista Ñ de Clarín.

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Nos viene bien este título de Miguel Rep para introducirnos en la la historia de Esperidiona Cenda, una liliputense cubana de tan sólo 65 centímetros, protagonista de Chiquita, la nueva novela de Antonio Orlando Rodríguez, también cubano, por la que ha merecido el Premio Alfaguara. Rodríguez narra con humor y soltura las peripecias de esta mujer que a pesar de su estatura, no tuvo impedimentos para vivir una vida llena de aventuras amorosas, gracias a su seducción e independencia. Se involucró en intrigas diplomáticas, entre elegantes salones y ferias de freaks y Sarah Bernhardt la alabó diciendo que “la grandeza no tiene tamaño”. El libro de AOR, sí. Son casi 600 páginas lo que en Alfaguara se convierten en un ladrillo de un kilo, por lo que el título y el tamaño da lugar a toda clase de chistes, casi todos malos. Alfaguara ha puesto en marcha su impresionante maquinaria promocional, así que tendremos Chiquita por un buen tiempo, mientras dure el publicity-tour. Hoy el autor se encuentra en Barcelona, firmando libros por Sant Jordi; el viernes recibió el premio en Madrid, el lunes estuvo en Valencia, y pronto parte a Latinoamérica. En el bar ruidoso de un hotel de la Rambla de Catalunya, charlamos sobre su novela y el personaje, e increíblemente no hablamos de Cuba y los Castro (ante era un Castro, ahora son dos: ¿será mejor o peor?). Antonio Orlando Rodríguez tiene una amplia trayectoria como escritor de literatura infantil; durante más de diez años se ha dedicado sólo a esto. “No te cambia el cuerpo escribir para un lector u otro, pero sí el estado de ánimo”, dice. Me cuenta que cuando está escribiendo alguna novela llamémosle para adultos, necesita tomarse vacaciones y escribir cuentos, relatos o poemas para niños. Me encantó descubrir que su guía literaria, su ídola, es María Elena Walsh, la escritora argentina con la crecimos todos. También AOR, que desde los diez años canta esas mismas canciones. Me sorprendió el dato, pero al final vamos constatando que la Walsh está desde siempre en nuestras vidas (mis amigos machacan a sus hijos recién nacidos con el Twist del Mono Liso). De María Elena Walsh aprendió algo que considera fundamental en su literatura: la desautomatización, el burlarse de lo establecido, quitarse toda solemnidad, y sobre todo, intentar conquistar al lector desde el primer párrafo. (El estilo Walsh-Burton de su poema El rock de la Momia, aquí). En ese sentido va Chiquita, la autobiografía apócrifa de esta artista de vaudeville del tamaño de una rueda de bicicleta que triunfó durante muchos años tanto en su país como en Nueva York, amasó fortunas y una vez muerta cayó en el olvido durante más de 100 años (fotos aquí). AOR descubrió la historia de casualidad y supo inmediatamente que allí tenía una historia, una gran historia, un personaje maravilloso. Le asaltó la ansiedad, con el temor de que a otra persona se le hubiera ocurrido la misma idea. Pero no. Buscó y buscó y casi no encontró material escrito sobre Espiridiona, excepto un folleto biográfico publicado en Boston a principios de siglo. Fueron cinco años de trabajo entre su meticulosidad investigativa y su obsesión de corrección que no acabó sino el mismo día que el libro entraba en imprenta. “Y ahora no lo quiero ni leer”. Es que a veces uno no encuentra las palabras, o las encuentra tarde. Como dice el poeta cuba Félix Pita Rodríguez –cita- “estas no son mis palabras / no es esto lo que quiero decir”, fantasma que persigue al escritor, que imagina una cosa y acaba escribiendo otra. Para Rodríguez, “mi subconsciente es mejor escritor que yo. Él sabe cómo contar mejor las historias. Yo que he desarrollado un oficio, sé gramática y sintaxis, pero me dejo guiar por él, porque a él se le ocurren las mejores ideas”. Pero con Chiquita no fue así: “en este caso, afortunadamente, el libro se parece bastante a lo que pensé… alguien me lo estaba dictando”. (Primer capítulo de Chiquita, acá)

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Acabo de entrevistar a Tracy Chevalier, la autora de La joven de la perla (Alfaguara), aquel libro sobre un amor del pintor holandés Johannes Vermeer, que fue llevado con éxito al cine, con Scarlett Johansson como protagonista. Chevalier se mete ahora con otro personaje histórico, el poeta, dibujante “y místico” inglés, William Blake. El libro se llama El maestro de la inocencia (Lumen) y cuenta la curiosidad y la atracción que tres niños sienten por su raro vecino, el artista. William Blake es hoy un personaje que forma parte del inconsciente colectivo inglés. Me dice la escritora que no entiende cómo este personaje profundo y a su medida extraño, se ha convertido en un alguien tan popular en su país. Tan popular es este “artista total” que hoy uno de sus poemas más crípticos, Jerusalem, es un himno que se canta en cualquier momento solemne o no tanto: es el preferido de los católicos y de los borrachos en las bodas británicas. Pero también el de los socialistas (construir Jerusalén en la verde y placentera Inglaterra como metáfora de la revolución) y hasta Emerson Lake & Palmer tuvieron su versión. Para Chevalier, si hoy es tan conocido, si pueden oírse sus poemas en la radio, en la calle, en la publicidad, si forma parte del ADN de cualquier inglés es porque él escribía sin preocuparse si lo entendían o no. Escribía solo para él, cosa imposible para cualquier escritor de hoy, que “debe tener un ojo en el lector, y otro en el editor”. De hecho, este personaje extraño, excéntrico, que veía ángeles en los árboles, absolutamente al margen del mainstream de la época, difícilmente encontraría editor hoy en día. Su espíritu libertario, su arte alternativo, sirve hoy de guía a varios jóvenes artistas que en lo único que logran emular a Blake es en morirse de hambre. La autora ha pasado tres años investigando sobre William Blake, para escribir El maestro de la inocencia, y comenta que disfruta mucho de estas investigaciones y estas “convivencias” con sus “personajes reales”. Le pasó con Vermeer, del que sigue hablando en cada entrevista. “Un libro tiene una vida muy larga”, dice, y le encanta seguir hablando de su cuadro favorito. Y agrega: “me sentiría orgullosa si sólo me recuerdan por ese libro”. Primer capítulo de El maestro de la inocencia en inglés aquí.

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