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Posts Tagged ‘Entrevistas’

Alain Touraine recibe  el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, que comparte con Zygmunt Bauman.

Hace unos años, llegué a París en plena efervescencia estudiantil. Jacques Chirac, en una de sus últimos actos de gobierno, pretendía firmar una ley conocida como la del primer empleo que, entre otras delicias neoliberales, permitiía un periodo de prueba de dos años y el despido sin justificación de los jóvenes menores de 26 años. Parece un siglo atrás: Villepin y Sarkozy aún compartían gabinete, y ambos afilaban el cuchillo con el que asaltarían el Eliseo.

Los estudiantes salieron a las calles, se manifestaron, tomaron las universidades, se reconocieron festivos y rebeldes, como hace años no lo hacían. Muchos podrían pensar  que estaban reviviendo Mayo del 68, pero nadie se atrevió  a tanto.  Sin embargo la nostalgia es un motor poderoso, y  sacaba a la gente a las calles, para debatirse entre volver a creer que bajo los adoquines estaba la playa, o resignarse a la política que se les venía encima. Pero nadie, insisto, se atrevió a soñar tanto. A pesar de esto, y gracias a esto también, la ley no se aprobó.

Pensaba precisamente en entrevistar al sociólogo Alain Touraine, quien tanto ha estudiado los movimientos sociales. Un hombre lúcido que nunca se ha quedado quieto en su despacho del bulevar Raspail, si no que ha recorrido el mundo, el tercer mundo sobre todo, para explicar lo que nos toca vivir. La idea de una sociedad post-industrial es suya.

Lo busqué al teléfono, por mail, fui hasta su despacho, pero no lo encontré: estaba en Argentina. De casualidad, unos días después, un día que fui a buscar a mi suegra en el mismo Instituto donde ambos trabajan, lo veo salir del ascensor charlando animosamente con los ocasionales compañeros de viaje (mi suegra entre ellos).

Le dije que lo andaba buscando, que quería entrevistarlo y me pidió que regresara luego de la comida. A las dos de la tarde -los franceses almuerzan muy temprano- estaba yo sentado con este hombre en un despacho minúsculo empapelado de libros y carpetas y con más de tres teléfonos sonando a la vez. Pedía disculpa por las constante interrupciones, pero colaboradores suyos estaban informándole en tiempo real, de lo que sucedía en Perú e Italia con sus respectivas elecciones, lo que pasaba en las calles de París con los estudiantes, y qué acababan de decir en el Eliseo.

Lo hablado hace 4 años, aún tiene vigencia. Algunos párrafos aquí:

-¿Qué tiene que ver esto con Mayo del 68?

-Nada, aquello fue una cosa muy distinta. Aquí hay que buscar puntos en común con lo sucedido en noviembre. No se olvide usted que el CPE nace como respuesta a noviembre. Los jóvenes que queman autos, lo que están haciendo es reaccionar contra la marginación a la que se les somete. Se está marginando a los jóvenes, y cada estrato social se manifiesta a la medida de sus posibilidades. Además ahí hay otro tipo de discriminación, que tiene que ver con lo étnico. Se los discrimina porque son árabes.

Pero piden lo mismo, los que queman los autos y los que se manifiestan contra el CPE piden lo mismo, son concientes del grave proceso de desintegración que están sufriendo. Dentro de la juventud está muy clara la idea de “nos echan”.

-¿Tienen representatividad?

-Lo de noviembre es más complicado porque hay una ganancia de algunos sectores detrás de todo esto. Pero que quede claro: es un grupo de violentos que van a quemar autos de sus vecinos. Por su parte, los estudiantes han conseguido hacerse eco en la sociedad, pero tampoco podremos decir que haya representatividad.

-¿Hay ideología detrás?

-En ambos casos, es un cosa vaga. Es la expresión de una incapacidad para tratar el problema.

Para leer la entrevista completa, hacer click aquí.

A continuación, la crónica sobre el París de esos días:

La “Generación precaria” se moviliza en París

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaDominique de Villepin con cara de cerdo. Nicolas Sarkozy como el mismo diablo. Los ministros del gobierno del presidente Chirac son caricaturizados en las pancartas que se arremolinan alrededor de la plaza de la República. En lo alto, la República, la inmensa estatua de casi 30 metros de los hermanos Morice, rodeada de la Igualdad, la Legalidad y la Fraternidad, evoca desde 1880 la grandeur de la France y los derechos del Hombre.

Globos, banderas, binchas y un par de fotos del Che, exegeta del merchandising gremial, dan color al Boulevard du Temple. Allí mismo, entre un Holliday Inn y un McDonalds, el movimiento gremial francés intenta mostrarse fusionado –son más de doce gremios- y declara su voluntad de unión con el movimiento estudiantil. En sus puestos de papas fritas y parrilladas, se oye indistintamente La Internacional o a Bob Marley.

Van llegando los estudiantes, Pumas pret-a-porter. Llevan calcomanías fosforescentes por todo el cuerpo y las caras pintadas, con un NO CPE en cada cachete rojo, o blanco, o negro o mulato. Francia tiene más de tres colores. Bailan, cantan canciones de Manu Chao: “…Villepin, clandestino / Sarkozy, clandestino / Jacques Chirac, ilegal!”. Sienten el fervor de las calles, tienen ganas de Historia. Son optimistas, quién no lo es en una gran manifestación, y saben que está en juego mucho más de lo que se atreven a reclamar.

El joven arrojado a un tacho de basura,  tal es el símbolo al que se recurre insistentemente,  es un espejo en el que se miran los que pronto deben ingresar –o los que ya son expulsados- a un mercado laboral que los trata menos que eso. La basura se recicla.

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaTal vez quieran proponer la imaginación al poder, pero no se atreven. No buscan la playa debajo de los adoquines, la suya es una bronca casi desahuciada, obligadamente pragmática y sin poesía: enculade, enmerdés, son las palabras en muchos letreros que reflejan un enojo que no necesita traducción.

Sin embargo, parece una fiesta la que recorre el boulevard hasta La Bastilla, y de ahí a la Gare de Austerlitz cruzando el Sena, para terminar –exhaustos, cuatro kilómetros, dos horas- en la Place d’Italie, donde como si todo estuviera perfectamente planificado, la muchedumbre se disgregará -el metro se los tragará- y unos pocos casseurs se enfrentarán a la policía, rompiendo un par de cosas.

Pero no hay ni hubo clima tenso –sí en las manifestaciones anteriores-, más bien todo lo contrario: familias enteras, jóvenes y mayores se toman de la mano (“solidaridad intergeneracional”, dice una bandera) y se miran incrédulos. París está en la calle, otra vez.

Cómo no pensar en 1968, si desde afuera todos quieren ver aquí una revolución. Pero nadie está dispuesto a tanto. Acaso sea todo lo contrario.

Los estudiantes están movilizados como nunca desde 1968. “La política de precarización es una declaración de guerra a la juventud”, ha dicho Anne Delbende, de L’Université française, la asociación de los estudiantes.

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaPor primera vez desde entonces, se tomó la Universidad de la Sorbona. Pero pronto la toma de la universidad devino en un símbolo de impotencia y confusión, todo lo contrario de aquel Mayo. Una vez desalojados por la policía intentaron tomar la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales, pero una fuerza de seguridad privada los reprimió.

Una profesora latinoamericana de la École,  señala entre nostalgias: “yo los apoyaba, aunque me daba lástima verlos tan inexpertos…”

Asambleas fallidas, desorganización, liderazgo nulo… pero están en la calle. Se convocan con mensajes de teléfonos y con infinitas cadenas de mails, pero también a la vieja usanza. Son millones en toda Francia, tienen entre 15 y 30 años. Cualquier tópico diría que no saben lo que quieren.

Una joven de menos de 20 años, desde una plataforma instalada en un camión que avanza lento a la cabeza de la manifestación, pide la dimisión del gobierno, a ritmo de hip hop, rock y hasta en canciones infantiles. Es la que canta a Manu Chao. Es versátil y afinada. Todas y todos la siguen, corean, la aplauden. Ella baila desenfrenada, porta el micrófono como una neo-diva de Operación Triunfo. Es la estrella de la maní, todas las cámaras de televisión la reverencian. Por ahí van los líderes sindicales, los políticos que quisieran sacar un rédito, pero saben que este movimiento es acéfalo. Ella –se llama Marianne- será la apertura de los noticieros de la noche. “Somos jóvenes, no tontos”, es lo que dice su canción.

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“Cuando se busca la pureza,

se derrumba la cultura”

Hace unos años, Galaxia Gutenberg emprendió la edición de las Obras Completas de Juan Goytisolo. Entonces, Barcelona procuró materializar una especie de reconciliación con un hijo pródigo que había conocido la persecución franquista y la sociedad opresiva de la burguesía catalana. Por esos días, se habían producido en Ceuta y Melilla incidentes con personas que intentaban cruzar la frontera y llegar a Europa; y en Francia jóvenes de extrarradio incendiaban automóviles en la calle. No había contexto mejor para hablar con un hombre que conoce Europa y su relación con el mundo árabe de primera mano. Un hombre que cuando vio que en su barrio de París se llenaban de magrebíes y argelinos, decidió aprender sus para comunicarse con ellos. Goytisolo vive desde hace muchos años en Marruecos y sólo regrese a Barcelona por “motivos literarios”.

Lo entrevisté luego de intentarlo durante días, de esperarlo horas en un hotel del Raval sobre las Ramblas, donde se hospeda cada vez que regresa a su ciudad. No diría que es un hombre difícil de entrevistar, simplemente, eran días de mucho trajín entre homenajes, mesas redondas, lecturas públicas y un acto en el que el autor conversó con Orhan Pamuck. De verlo cinco minutos en un lado, diez minutos en otro, resolvimos tener la plática por teléfono, a pocas calles de distancia.

Aquí algunos fragmentos de la entrevista:

-Es considerado por muchos uno de los escritores más importantes de España, pero considera que su patria es otra. ¿Qué es la patria?

-La patria es la lengua en la que escribo. También son diversas ciudades. La literatura que amo es mi verdadera patria. He aprendido tanto de algunas ciudades, como de los libros leídos.

-Ha dicho que si no fuera escritor, sería urbanista…

-Mis textos son textos-ciudades. Caminar una ciudad, es tomar posesión del territorio…

-¿Para ser escritor hay que irse?

-Yo empecé a escribir a los ocho años. Pero sí, hay que irse. Hay que irse cuando hay una dictadura sofocante como la de Franco. Y cuando uno se va, ya se ha ido. Llegar a Paris fue descubrir el abismo que tenía Barcelona en esos momentos. Salir de España fue como sacarme de encima un chapapote asqueroso. Y en Francia, aprendí catalán, inglés, árabe, turco…

-Usted defiende la hibridez ante la pureza. ¿Qué pasa cuando una cultura rechaza esa hibridez y se queda en la pretensión de pureza?

-El ejemplo de España, y el de una cultura que conozco bien como la árabe, son clarísimos ejemplos. En España había una riqueza literaria extraordinaria. La Inquisición y la presión y persecución a los conversos, de los racionalistas, de los protestantes, acabaron con la cultura. En el Siglo XVII, España era desierto. Algo parecido ocurrió con la cultura árabe en el siglo XIV, una cultura que era extraordinaria y entró en busca de la pureza religiosa y de lengua. En España, hubo limpieza étnica, y también limpieza lingüística. No hay que olvidar que (Antonio de) Nebrija fue el primer gramático que decía que la lengua es compañera del Imperio, sacó del idioma español muchas palabras de origen árabe. Hay 4000 palabras árabes en el castellano. E ideas como la asociación de testículos con huevo, o leche con el semen, vienen del refranero morero. Cuando se busca la pureza, la cultura se derrumba. La cultura española es fecunda cuando tiene interés sobre culturas ajenas. La falta de interés la lastra.

-Lo que ha pasado hace unos días en Melilla y Ceuta, lo que pasa estos días en Francia… ¿es por allí donde va Europa?

-El continente africano, sobretodo el norte de Marruecos, se ha convertido en lo mismo que Tijuana o el Río Grande. La frontera con el sueño americano, y con el sueño europeo. Esto es imposible de detener, lo están deteniendo por ahora, pero entrarán de otra manera.

-Y duplican las cercas, las elevan, las coronan de espinas… Usted se mofaba de esto hace poco en un artículo…

-Lo paradójico es que mientras estos subsaharianos, y el resto de africanos, intentan desesperadamente, entrar en el sueño europeo, poniendo en riesgo su vida, los que ya están en el sueño europeo están quemando automóviles. Es algo que hay que reflexionar seriamente.

-“Liberté, égalité, fraternité”, al final no es para todos…

-Significativamente, son las mismas leyes que aplicaron en 1955 con la población argelina en París, durante la guerra de Argelia, y no resultaron. El toque de queda, y todo esto, cuando yo llegué a París. Es exactamente igual…

La entrevista completa aquí.

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Mientras esperamos que se materialice el polémico pase editorial del año y Seix Barral publique Dublinesca, lo nuevo de Enrique Vila-Matas (“una novela que parodia lo apocalíptico, al tiempo que reflexiona sobre el fin de una época de la literatura”, según la oficina de prensa), pongo en la sección Entrevistas de Barrio Chino una que le hice hace muchos años, y que fue publicada en Argentina. Si bien fue citada en varios lados, hasta ahora no estaba disponible en línea.

Esta charla de dos tímidos fue con motivo de la publicación de Doctor Pasavento (Anagrama), en un ambiente propio de alguno de sus libros, en el que viajamos desde Suiza a la Córdoba de Barón Biza, sin salir de un hotel en Passeig de Gracia de Barcelona, bajo el signo de algún trago y el factor Walser:

-¿De verdad fue al psiquiátrico y pidió que lo internaran?

-Sólo tenía pensando ver el edificio del manicomio y los alrededores de Herisau. Pero mis amigas Yvette y Beatrix, sin consultármelo,  establecieron una cita con el doctor Kägi, el director. Al entrar en el despacho del doctor, yo no sabía qué podía decirle a ese hombre y por eso se me ocurrió pedirle que me internara por unos días para que pudiera saber cómo continuaba mi novela.

-No le creo.

-Debe creerme, es verdad…

“Me miro a mí mismo y veo a un escritor que funde su vida con la literatura”

“Me quejo de lo mucho que me impiden escribir cuando me persiguen para todo tipo de entrevistas, fotografías y otras zarandajas. Pero si alguna mañana en Barcelona no suena el teléfono en mi casa, me quedo muy inquieto y me pregunto aterrado si no se habrán olvidado de mí”

“La ironía crea escritores”

La entrevista completa aquí.

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Los entusiastas seguidores de Juan Villoro agradecemos esa lectura privilegiada de la realidad que lo hace único, su ocurrencia desbordante y esas frases que conducen a la felicidad de la reflexión. Villoro, cronista de fútbol, de rock, de literatura, de México, premiado autor de novelas, de cuentos, de literatura infantil, recién estrenado dramaturgo y ensayista multifacético, es capaz de observar como pocos un lugar y un tiempo preciso: el suyo, que es el nuestro.

Acaba de recibir el Premio Internacional de Periodismo Rey de España en el apartado Iberoamericano por una crónica sobre la cultura narco en México, publicada en El Periódico de Catalunya, y que puede consultarse aquí. Se enteró esta mañana, cuando fue a llevar a su hija al colegio y otro padre le dijo que acababa de oír la noticia en la radio.

“Hay una cierta cultura del narco en la calle, en los informativos, en las canciones (con los narcocorridos), que pueden dar una cierta apariencia de normalidad a lo que en ningún modo debe serlo”, dice Villoro en esta crónica que también publicó en la revista colombiana El Malpensante. Y luego: “La descarada tendencia de la época a la satisfacción exprés se ha aliado en México con la impunidad. En el mundo narco, la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas carecen de sentido en ese territorio. Solo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, joyas que parecen insectos de la Amazonia, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa.”

No es el primer premio que recibe por sus textos periodísticos -otros importantísimos, como el Anagrama,  ha ganado por su ficción-, y es un reconocimiento a un compromiso con el lenguaje y un punto de vista brillante, inteligente, certero y tan poco frecuente.

Conocí a Juan Villoro en la mesa del bar Wembley de Barcelona donde semanalmente un grupo de jóvenes y expatriados (y expatriados no tan jovenes) se arrinconaban en silencio oyendo sus análisis del futbol del domingo, la ontología heideggeriana o las anécdotas más alucinantes del DF,  esa ciudad que quedaba lejos de los catalanes, pero que en esa mesa de este bar encontraba su más efectivo consulado. Él aprovechaba el invierno europeo para cubrirse con un abrigo rojo que era la envidia de Vila-Matas.

“¿Sabes por qué se llama así este bar?” me dijo en cuanto nos vimos; y comenzó a explicarme que en el estadio de Wembley el Barça había jugado un partido histórico y etc.

Hablamos de varias cosas (cualquier plática con, o mejor dicho de Villoro sobre-lo-que-sea puede ser brillante): Borges, Alemania, Piglia, Maradona y por supuesto, México. Esta ciudad era para mí una perfecta y fascinante desconocida. México, ya lo leía entonces, fungía y funge como escenario obsesivo de Villoro, al que vuelve en cada texto. Y a estas alturas, creo que ya no sólo es escenario: este lugar donde la imposibilidad, el cruce al otro lado de lo que sea, la amenaza del futuro, la latinoamericanidad in extremis, se convierte sin querer queriendo en personaje de la obra de Juan Villoro.

Le pregunté cómo era posible escribir una ciudad. Me respondió:

-En mi caso, describir la ciudad de México es un gran desafío. La cuidad de México desafía la experiencia humana. En 1958, Carlos Fuentes todavía pudo intentar un relato totalizador con La región más transparente, en donde la ciudad es el protagonista absoluto del texto y tiene confines bastante determinados. Esa es la época donde yo nací. Yo nací en el 56, y la ciudad tenía cuatro millones de habitantes. Ahora tiene posiblemente 18 o 20 millones, ni siquiera sabemos cuántos, y nuestro margen de error es de dos o tres millones, el tamaño de una capital europea. En este principio de incertidumbre que determina la ciudad creo que una de las cosas más difíciles e intentar un relato totalizador.

A mi me gusta mucho la expresión de los topógrafos aéreos que es “mancha urbana”, porque describe un poco la forma sin forma de una ciudad como el DF. El DF es una mancha. Entonces, creo que uno de los desafíos narrativos es tratar de inventarle un sentido a una ciudad que aparentemente no la tiene porque desde el punto de vista urbanístico y ecológico, la ciudad de México no debería existir. Es una ciudad que realmente se alza contra la razón, en un hacinamiento de personas, con enorme contaminación, inseguridad, etc. Y sin embargo, queremos estar ahí.

Nos seguimos viendo, por muy diversas razones y acabamos compartiendo ciudad y vecindario, bares y libros, y una amistad que a mi me da orgullo. Felicidades, Juan.

(Fotografía Pepe Encinas, gentileza Anagrama)

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Archivo: entrevista al dos veces ganador del Booker Prize Peter Carey

-En sus libros abundan historias reales perfectamente documentadas llenas de datos ficticios, ¿cree que este equilibrio entre lo auténtico y lo que usted llama fraude, es uno de los rasgos más destacados de su obra?

-Puede ser. Me interesa el equilibrio entre lo verdadero y lo falso a cierto nivel, pero a otro nivel puedo contradecirme. De todas maneras, ambas ideas parecen formar parte de una identidad que no es el mero fraude o la autenticidad, que va más allá. A mi me cuesta dos o tres años escribir un libro y no pretendo llegar a un hecho real; lo que quiero, sobre todo y más que nada, es llegar a algo nuevo, inventar palabras, gente que desconozco, hechos que me reinvento del todo, trajes, ropas, expresiones, maneras que nadie conoce. Puedo partir de una anécdota o de cualquier objeto que haya a mi alrededor, pero todo lo demás es puro proceso de creación. Por ejemplo, la casa de Robo. Yo viví en esa casa, y ahora pongo allí al protagonista, Butcher Boone. Pero a él no la sirve, la destruye, vive en ella como un bándalo. Yo amo esa casa. Esa casa existe, está al lado del río Nevernever, y en el río está el pato, el mismo pato de la novela.

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Archivo: entrevista a John Banville

-Dicen de Usted que es el heredero de Nabokov…

-¿Lo soy?

-Tiene fascinada a la crítica…

-La mejor crítica que he recibido fue una vez paseando por la calle. Se me acercó un hombre en su bicicleta, yo pensé que me iba a asaltar, y me gritó: ¡de puta madre! Llevaba El libro de las pruebas. No leo las críticas, no me interesa. Yo hago mi trabajo. Y mi trabajo consiste en algo denso y exigente, como la poesía. El poema es el único tipo de arte que no puedes ignorar. Lo tomas o lo dejas. Mientras miras un cuadro en una galería, puedes pensar en la cena, pero con el poema no puedes. No hay arte si no lo haces apasionadamente, la pasión hace las cosas densas. Y densidad no es complejidad ni solemnidad. Trabajo mucho para que mis frases sean claras. La frase es el mayor logro de la humanidad. Es un privilegio poder escribir una frase.

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PORTRAITS-DECRIVAINS-MEXICAINS-Gallimard

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