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Posts Tagged ‘Sergio González Rodríguez’

México: el autor de Huesos en el desierto analiza el fenómeno de los “narcodecapitados”.

El hombre sin cabeza, Sergio González Rodriguez, Anagrama, 2009

El Ángel de la Independencia, el monumento donde están sepultados algunos héroes nacionales como el decapitado Padre Hidalgo, se erige 42,7 metros desde el Paseo de la Reforma sobre la ciudad de México. Su altura es la misma que tendría una torre de cabezas humanas apiladas una a una; las 170 cabezas que rodaron en este país en 2008.

En El hombre sin cabeza (Anagrama), Sergio González Rodríguez busca con datos como éste comprender lo incomprensible. Luego de la extensa investigación sobre el feminicidio en Ciudad Juárez (Huesos en el desierto, Anagrama), la nueva obra del escritor y periodista se desarrolla en un espiral sin fin: lo que comienza como un intento de explicar el fenómeno de los narcodecapitados, acaba en una sociografía del horror.

En el año 2008 hubo en México cinco mil doscientos ejecutados, un promedio de diecisiete secuestros por día y al menos ciento setenta decapitados. Según este libro, el índice de impunidad total de los delitos a términos estadísticos, es de un 99%. Sergio González Rodríguez repasa los guarismos con oficio. Si por momentos falla como cronista, el pulso ensayista del autor a veces raya la brillantez. “Las decapitaciones –dice el autor- son el signo mayúsculo del ascenso de la violencia del crimen organizado, el narcotráfico y su papel disolvente; un llamado a implantar la barbarie (…) el desmembramiento social, el deshuase orgánico de una comunidad en manos de la violencia que permite al miedo configurar el tramado de convivencia con el que a partir de entonces contiene y trasciende, y a la vez anestesia contra el dolor y obliga a cancelar la memoria: paraliza y autocomplace, en beneficio del horror”.

El hombre sin cabeza traza un recorrido histórico de la práctica de cortar cabezas. Puede leerse como un cuento de cómo todo fue poniéndose peor: de la cabellera de serpientes de la Medusa a los últimos ritos narco, pasando por la Revolución Francesa. Lo que comenzó hace 7 mil años A.C. en lo que hoy es Turquía, continúa ahora mismo en alguna ciudad de México. El arte, la literatura, el periodismo, la fotografía también se han ocupado de este tema. El horror mismo que dialoga con la belleza: de Benvenuto Cellini a Mishima y a Joel-Peter Witkin, el autor de la imagen de portada. La muerte violenta “un goce magnífico, casi un espectáculo”, según Mishima.

Este libro es también una reflexión sobre el cuerpo como cicatriz y escritura, y la muerte omnipresente que calla las palabras. En el tema elegido por González Rodríguez confluye la fascinación que siente por los submundos y su obsesión por el cuerpo mutilado, tal como lo ha demostrado en trabajos anteriores. Hace su propio recuento: “llevo en mi cuerpo cicatrices y prótesis en el codo, en el antebrazo y en el tobillo hasta la rodilla producto de operaciones quirúrgicas por golpes, fracturas y caídas. También otra cicatriz en la cabeza por una trepanación curativa. Y tengo prótesis en el otro brazo, en los ojos y en el oído. Soy lo que se llama una persona normal”.

Todo el valor del libro está en decir lo indecible. En poner palabras a los hechos y revertir la idea del propio Mishima: “la carne ya estaba estropeada por las palabras”.

A lo largo de los cincos capítulos en los que se estructura el libro, se inmiscuye en un desorden adrede una apuesta personal –catártica-, una expurgación de fantasmas familiares en el intento de percibir un mal general. Pero ante una realidad que sepulta definitivamente la ficción (quién pudiera en la narrativa mexicana actual imaginar un diálogo como el del decapitador), el autor describe, relata, muestra datos como quien pasa fotografías, da cuenta de la impunidad y de la corrupción, busca señales y sigue un no siempre metafórico rastro de sangre.

En su reconocido texto sobre un poema de Paul Celan, Jacques Derrida refiere una historia del Antiguo Testamento, en la que el ejército de Jefté obliga a sus vencidos efraimitas a pronunciar la palabra de origen hebraico “shibboleth” como contraseña para cruzar el río y salvar sus vidas. Los de Efraín no poseían en su dialecto el sonido schi, por lo que esta diferencia, esta imposibilidad, era aprovechada por los soldados de Galaad para degollarlos. “La palabra importaba menos por su sentido (río, arroyo, espiga de trigo, ramilla de olivo) que por la manera en la que se pronunciaba -dice Derrida-. La relación con el sentido o con la cosa se encontraba suspendida, neutralizada, puesta entre paréntesis: lo contrario por así decir de una ‘época’ (‘époque’) fenomenológica que ante todo conserva el sentido”. Hace un par de años, la Galería Tate de Londres expuso una enorme grieta de 167 metros de la escultora colombiana Doris Salcedo, llamada, como el poema de Celan, Shibboleth. La intención de la artista, según declaró, es similar a la del poeta: “una referencia al duelo permanente”. Una demostración de la impotencia de lo innombrable, la suspensión de sentido ante la muerte y la posibilidad final de decir para rehumanizar la vida desacralizada. La grieta, como pudo verse en esta obra de Salcedo, puede ser una marca omnipresente pero invisible, trozos de horror que encontramos en todas partes, en cualquier lugar. Nombrar la grieta, darle sentido, exponerla como herida es dar sentido al imaginario, recuperar la “época fenomenológica” que reclama Derrida.

Sergio González Rodríguez ha dado con su propia fenomenología, un país entero en forma de grieta insondable, un lugar en el mapa con nombre y apellido: Pozo Meléndez, también conocido como Boca del Diablo, en la carretera de Acapulco. Un lugar, un espacio que funge como vertedero de cuerpos asesinados y mutilados, alegoría de este México de comienzos de Siglo que devora todo a su alrededor, “destino ideal para el hombre sin cabeza”. Una grieta es todo lo contrario a un puente: “es un tajo que impide transcurrir la vida”.

Publicada en España.

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Esta semana presentamos en La Central del Raval de Barcelona, la edición española de De sangre y de sol , del periodista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez. El libro que Sexto Piso publica en España (con un capítulo extra) muestra otra faceta del autor de Huesos en el desierto (Anagrama): el de inquietante ensayista. En De sangre y de sol, Sergio González Rodríguez parte de símbolos universales como el sol, la sangre, la cruz, la estrella, el oro, el corazón, el infinito… y con ellos cruza caminos y traza un corpus teórico que se asemeja más a un thriller, que a cualquier otro libro conocido. Único, rayano en el delirio y la fascinación que algunos hombres sienten por la sangre, estas historias de un México atravesado por la violencia desde su fundación misma, o los asesinatos de algunos célebres –o ni tanto- visitantes como David Herbert Lawrence, Ernest Jünger o Alesteir Crowley fungen a modo de pantallazos filosóficos y malditos de un lugar y una época, que se unen por la alta calidad literaria, la reconstrucción periodística y la amplia soltura ensayística de un escritor que supo ver el horror y mejor supo contarlo. Raymond Chandler escribió en su ensayo El simple arte de matar aquella famosa frase que dice “pero por esas malas calles debe caminar un hombre”, en la que resume dos cosas: alguien debe hacerlo, alguien debe contarlo. Durante la presentación en la librería Barcelona, acompañaron a Sergio González Rodríguez los escritores Juan Gabriel Vásquez y Guadalupe Nettel. Los tres han palpado la violencia en sus historias, o en palabras de Chandler, han sabido colocar al hombre en una mala calle, enfrentándolo a la violencia social, histórica o psíquica, para poder contarlo.

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