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Posts Tagged ‘Barcelona’

Resaca de Sant Jordi

Se vendió todo.

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Nos viene bien este título de Miguel Rep para introducirnos en la la historia de Esperidiona Cenda, una liliputense cubana de tan sólo 65 centímetros, protagonista de Chiquita, la nueva novela de Antonio Orlando Rodríguez, también cubano, por la que ha merecido el Premio Alfaguara. Rodríguez narra con humor y soltura las peripecias de esta mujer que a pesar de su estatura, no tuvo impedimentos para vivir una vida llena de aventuras amorosas, gracias a su seducción e independencia. Se involucró en intrigas diplomáticas, entre elegantes salones y ferias de freaks y Sarah Bernhardt la alabó diciendo que “la grandeza no tiene tamaño”. El libro de AOR, sí. Son casi 600 páginas lo que en Alfaguara se convierten en un ladrillo de un kilo, por lo que el título y el tamaño da lugar a toda clase de chistes, casi todos malos. Alfaguara ha puesto en marcha su impresionante maquinaria promocional, así que tendremos Chiquita por un buen tiempo, mientras dure el publicity-tour. Hoy el autor se encuentra en Barcelona, firmando libros por Sant Jordi; el viernes recibió el premio en Madrid, el lunes estuvo en Valencia, y pronto parte a Latinoamérica. En el bar ruidoso de un hotel de la Rambla de Catalunya, charlamos sobre su novela y el personaje, e increíblemente no hablamos de Cuba y los Castro (ante era un Castro, ahora son dos: ¿será mejor o peor?). Antonio Orlando Rodríguez tiene una amplia trayectoria como escritor de literatura infantil; durante más de diez años se ha dedicado sólo a esto. “No te cambia el cuerpo escribir para un lector u otro, pero sí el estado de ánimo”, dice. Me cuenta que cuando está escribiendo alguna novela llamémosle para adultos, necesita tomarse vacaciones y escribir cuentos, relatos o poemas para niños. Me encantó descubrir que su guía literaria, su ídola, es María Elena Walsh, la escritora argentina con la crecimos todos. También AOR, que desde los diez años canta esas mismas canciones. Me sorprendió el dato, pero al final vamos constatando que la Walsh está desde siempre en nuestras vidas (mis amigos machacan a sus hijos recién nacidos con el Twist del Mono Liso). De María Elena Walsh aprendió algo que considera fundamental en su literatura: la desautomatización, el burlarse de lo establecido, quitarse toda solemnidad, y sobre todo, intentar conquistar al lector desde el primer párrafo. (El estilo Walsh-Burton de su poema El rock de la Momia, aquí). En ese sentido va Chiquita, la autobiografía apócrifa de esta artista de vaudeville del tamaño de una rueda de bicicleta que triunfó durante muchos años tanto en su país como en Nueva York, amasó fortunas y una vez muerta cayó en el olvido durante más de 100 años (fotos aquí). AOR descubrió la historia de casualidad y supo inmediatamente que allí tenía una historia, una gran historia, un personaje maravilloso. Le asaltó la ansiedad, con el temor de que a otra persona se le hubiera ocurrido la misma idea. Pero no. Buscó y buscó y casi no encontró material escrito sobre Espiridiona, excepto un folleto biográfico publicado en Boston a principios de siglo. Fueron cinco años de trabajo entre su meticulosidad investigativa y su obsesión de corrección que no acabó sino el mismo día que el libro entraba en imprenta. “Y ahora no lo quiero ni leer”. Es que a veces uno no encuentra las palabras, o las encuentra tarde. Como dice el poeta cuba Félix Pita Rodríguez –cita- “estas no son mis palabras / no es esto lo que quiero decir”, fantasma que persigue al escritor, que imagina una cosa y acaba escribiendo otra. Para Rodríguez, “mi subconsciente es mejor escritor que yo. Él sabe cómo contar mejor las historias. Yo que he desarrollado un oficio, sé gramática y sintaxis, pero me dejo guiar por él, porque a él se le ocurren las mejores ideas”. Pero con Chiquita no fue así: “en este caso, afortunadamente, el libro se parece bastante a lo que pensé… alguien me lo estaba dictando”. (Primer capítulo de Chiquita, acá)

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Que una ciudad se paralice por un día y todo el mundo lleve en la mano un libro y una flor, es una idea por demás atractiva. Esto es lo que pasa en Barcelona cada 23 de abril. Las ramblas y las calles se llenan de puestos de flores y libros. La tradición señala que los hombres regalan un rosa a las mujeres y éstas, analfabetas, regalan un libro a los hombres. Parece que las mujeres han aprendido a leer en Catalunya, así que en los últimos años el intercambio de regalos se ha equilibrado. Ves a la gente corriendo de un lado a otro, con la flor, con el libro, y en busca del escritor que lo dedique. En las librerías, los escritores se sientan en un puestito, uno al lado del otro, bajo un tinglado especialmente preparado, y allí, en el mejor de los casos, firman y dedican sus libros. Casi todos se quejan, pero año tras años ves a unos cuantos cumpliendo con el mandato promocional de su editorial. Y sufriendo, espiando de reojo, midiendo a ver quién la tiene más larga. Las filas entorno a algún personaje televisivo que este año saca libro, la del gurú de la autoayuda, la del descubrimiento literario de turno suelen ser las que tienen más éxito. Mañana miércoles estarán todos o casi todos, implorando que su fila no se acabe, que no se queden solos. Y es lo que casi siempre pasa. Uno o dos tienen largas colas de lectores, y los demás charlan entre ellos, quejándose de la situación. Es el último año que vengo, dicen y hasta el próximo año. Pasado mañana saldrá en los diarios quién vendió más, quién firmó más. Mañana estarán Quino, Isabel Allende, Javier Marías, Tracy Chavelier y el Señor del tiempo, entre muchos otros. Sí, porque todos (no voy a decir cualquiera) sacan sus libros, hasta quien da clases de bricolage por la tele. Mientras tanto, el mundillo literario-editorial, aprovecha la ocasión para hacer fiestas, cenas, encuentros. Están casi los mismos en todas partes, y la periodista que persigue a Jonathan Littell, la presencia más excéntrica si se quiere; la guindilla de la crema catalana literaria. Pero este año, las ramblas tendrán un componente extra, que nada tiene que ver con la literatura. Las expectativas ya no se centran en el libro más vendido (se sabe que contra el nuevo libro de Ruiz Zafón, la se-cuela “no se-cuela” de La sombra del viento, Planeta, no hay nada que hacer), sino en cómo convivirán miles de personas con libro y flor en la mano, y otros miles (lo mas probable) borrachos. El mismo día de la tradición de Sant Jordi, juega el Barça contra el Manchester United. Cada vez que un equipo inglés juega en Barcelona, las ramblas se convierten en una pasarela de hooligans sedientos. Los bares de la zona, según el periódico, calculan vender más de 3000 litros de cerveza por local. Los floristas, cinco millones de rosas, y Ruiz Zafón, todo lo demás.

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