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Posts Tagged ‘Periodismo’

¨Contra la fugacidad, la letra. Contra la muerte, el relato¨ Tomás Eloy Martínez

Murió Tomás Eloy Martínez, una de las figuras imprescindibles de la literatura y el periodismo en Argentina. Murió por un cáncer que lo tenía en lucha desde hace años, él que sobrevivió a tantas cosas.

Comenzó su carrera periodística en el diario La Gaceta de la ciudad de Tucumán, donde nació en 1934. En Buenos Aires fue crítico de cine del diario La Nación, donde escribió sobre diversos temas hasta sus últimos días, jefe de redacción del semanario Primera Plana entre 1962 y 1969 (trabajando aquí entrevistó por primera vez a Juan Domingo Perón), fue corresponsal en París y en la década del 70 trabajó en dos medios míticos como el semanario Panorama y el diario La Opinión. Fue un periodista excepcional. Llevado por su talento, pero obligado por las circunstancias, narró la dictadura, su antes y su después, sus horrores e intríngulis como si fuera ficción. En la narración dio forma a la valentía y supo de la libertad imposible de las calles y las redacciones. Tuvo que exiliarse en Venezuela y México, donde fundó periódicos. Fue profesor en la universidad Rutgerts de Nueva Jersey, a cargo de un programa de Estudios Latinoamericanos, y fue uno de los creadoores de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside su amigo Gabriel García Márquez. Amistad que se remonta a los años 60 cuando la revista que dirigía en Buenos Aires Martínez, Primera Plana, había puesto en portada la foto de un colombiano desconocido , que acababa de publicar Cien años de soledad, y que en pocos días se había convertido en la más vendida de Argentina. Tomás Eloy Martinez, fue también, vaya mérito, el que inauguró la corriente de elogios del Nobel.

Su paso natural del periodismo a la literatura se dan en tres libros inmensos, vivos e ineludibles: La pasión según Trelew, el libro que cuenta en diferentes versiones los asesinatos de los militares en la Patagonia, libro que ardió junto a otros textos ¨subversivos¨ en las hogueras de la dictadura en Córdoba; La Novela de Perón y Santa Evita, el libro argentino más traducido en el mundo. Estos tres libros tienen la llave para empezar a intentar comprender ciertos aspectos de la vida política argentina. La novela de Perón y Santa Evita, ficciones realizadas a partir de entrevistas con el propio caudillo y una exhasutiva investigación periodística tras el cuerpo embalsamado y desaparecido de Evita, se han convertido en clásicos de la literatura argentina. La clave puede estar, según Beatriz Sarlo en que ¨La novela de Perón, junto a Respiración artificial de Ricardo Piglia, Nada que perder de Andres Rivera y Cuerpo a cuerpo, de David Viñas, se remiten a la historia como lugar donde el estallido de las certidumbres y el desquiciamiento de la experiencia puedan buscar un principio de sentido, aunque al mismo tiempo, ese sentido se presente a la narración como un enigma a resolver, o el mosaico cuya figura secreta el movimiento de la ficción desea percibir mientras que desespera de lograrlo¨.

De La novela de Perón, cuenta el propio Tomás Eloy Martínez:

Esta es una novela donde todo es verdad. Durante diez años reuní millares de documentos, cartas, voces de testigos, páginas de diarios, fotografias. Muchos eran desconocidos. En el exilio de Caracas reconstruí las Memorias que Perón me dictó entre 1966 – 1972 y las que López Rega me leyó en 1970, explicándome que pertenecían al General aunque él las hubiera escrito. Luego, en Maryland, decidí que las verdades de este libro no admitian otro lenguaje que el de la imaginación. Así fue apareciendo un Perón que nadie había querido ver: no el Perón de la historia sino el de la intimidad.

Juan Cruz, en una entrevista que publicó El País, le comenta que en América Latina se estaba haciendo el nuevo periodismo que recién se estaba inventando en Estados Unidos. Y Martínez responde:

Creo que además entre nosotros nació por instinto, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer novelas y por estar disconformes con el modo que se tenía de narrar la realidad. ¿Por qué no podemos narrar en periodismo como en las novelas? En dos de mis primeras novelas trabajo el nuevo periodismo: en La novela de Perón narro de modo novelesco una investigación muy seria, y en Santa Evita decido invertir los términos del nuevo periodismo. Si en la primera había contado, con los recursos de la novela, lo que me parecía periodísticamente cierto, en Santa Evita narro con los recursos del periodismo una ficción absoluta, y la gente se la creyó.

El origen de La novela de Perón se remonta a 1966, cuando Tomás Eloy Martinez estaba en Madrid, armando una nota sobre españa a treinta años de la Guerra Civil, mientras en Argentina los militares estaban a punto de dar un nuevo golpe. Martínez había acordado con su jefe en Buenos Aires, que si sucedìa el golpe, iría a entrevistar a Perón, exiliado en la capital española. Le llegó un telegrama con la frase `traiga marcha militares´, que en clave lo decía todo. Se pasó la mañana llamando a Puerta de Hierro, residencia de Perón, sin suerte, hasta que finalmente un allegado le arregló la cita para esa misma tarde. Estuvieron tres horas encerrados en el despacho del General. Éste bebía té y jugos de naranjas, estaba animoso, fumaba sin parar y vestía un pantalón blanco cuya pulcritud cuidaba al sentarse, dice la crónica. Salió de la entrevista buscando un correo para mandar un telegrama con el texto. Estaba satisfecho y contecto. En la madrugada, lo despertaron en el hotel para decirles que Perón negaba todo lo dicho y que estaba muy disgustado con él. La policía franquista había interceptado la nota y se la había llevado a Perón.
Martinez en pijamas llamó ahí mismo a los periodistas de guardia de las grandes agencias de noticias, para confirmar la entrevista haciéndoles escuchar fragmentos de sus grabaciones. Así fue como al otro día, las palabras del General, su desmentida y la confirmación del periodista se publicaron juntas en varios diarios de Argentina. Tres días después, hombres de Perón volvieron a buscar a Martínez.
-El general quiere agradecerle todo lo que hizo, y decirle que está muy satisfecho con su comportamiento.
Martínez terminó de confesar lo que sospechaba: que Perón lo había usado para difundir algo que no podía decir oficialmente. Cuatro años después, volvió a llamar a Martínez para armar una versión de sus memorias. Todo esto lo cuentan Eduardo Anguita y Martín Caparrós en La Voluntad, tomo I)

Algunos otros libros de Tomás Eloy Martínez son: Lugar común la muerte (1979); La mano del amo (1991), El vuelo de la reina (2002, Premio Alfaguara de Novela); El cantor de tango (2004) y Purgatorio (2008). Recibió el premio a la mejor novela extranjera de People’s Literary Publication House, en Beijing-Shanghai. En 2005 Tomás Eloy Martínez fue finalista del Man International Booker Prize por el conjunto de su obra.

Actualmente era columnista de La Nación, El País y el New York Times.

Su texto al recibir el Premio Ortega y Gasset sobre la labor del periodismo puede leerse aquí.

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Los entusiastas seguidores de Juan Villoro agradecemos esa lectura privilegiada de la realidad que lo hace único, su ocurrencia desbordante y esas frases que conducen a la felicidad de la reflexión. Villoro, cronista de fútbol, de rock, de literatura, de México, premiado autor de novelas, de cuentos, de literatura infantil, recién estrenado dramaturgo y ensayista multifacético, es capaz de observar como pocos un lugar y un tiempo preciso: el suyo, que es el nuestro.

Acaba de recibir el Premio Internacional de Periodismo Rey de España en el apartado Iberoamericano por una crónica sobre la cultura narco en México, publicada en El Periódico de Catalunya, y que puede consultarse aquí. Se enteró esta mañana, cuando fue a llevar a su hija al colegio y otro padre le dijo que acababa de oír la noticia en la radio.

“Hay una cierta cultura del narco en la calle, en los informativos, en las canciones (con los narcocorridos), que pueden dar una cierta apariencia de normalidad a lo que en ningún modo debe serlo”, dice Villoro en esta crónica que también publicó en la revista colombiana El Malpensante. Y luego: “La descarada tendencia de la época a la satisfacción exprés se ha aliado en México con la impunidad. En el mundo narco, la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas carecen de sentido en ese territorio. Solo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, joyas que parecen insectos de la Amazonia, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa.”

No es el primer premio que recibe por sus textos periodísticos -otros importantísimos, como el Anagrama,  ha ganado por su ficción-, y es un reconocimiento a un compromiso con el lenguaje y un punto de vista brillante, inteligente, certero y tan poco frecuente.

Conocí a Juan Villoro en la mesa del bar Wembley de Barcelona donde semanalmente un grupo de jóvenes y expatriados (y expatriados no tan jovenes) se arrinconaban en silencio oyendo sus análisis del futbol del domingo, la ontología heideggeriana o las anécdotas más alucinantes del DF,  esa ciudad que quedaba lejos de los catalanes, pero que en esa mesa de este bar encontraba su más efectivo consulado. Él aprovechaba el invierno europeo para cubrirse con un abrigo rojo que era la envidia de Vila-Matas.

“¿Sabes por qué se llama así este bar?” me dijo en cuanto nos vimos; y comenzó a explicarme que en el estadio de Wembley el Barça había jugado un partido histórico y etc.

Hablamos de varias cosas (cualquier plática con, o mejor dicho de Villoro sobre-lo-que-sea puede ser brillante): Borges, Alemania, Piglia, Maradona y por supuesto, México. Esta ciudad era para mí una perfecta y fascinante desconocida. México, ya lo leía entonces, fungía y funge como escenario obsesivo de Villoro, al que vuelve en cada texto. Y a estas alturas, creo que ya no sólo es escenario: este lugar donde la imposibilidad, el cruce al otro lado de lo que sea, la amenaza del futuro, la latinoamericanidad in extremis, se convierte sin querer queriendo en personaje de la obra de Juan Villoro.

Le pregunté cómo era posible escribir una ciudad. Me respondió:

-En mi caso, describir la ciudad de México es un gran desafío. La cuidad de México desafía la experiencia humana. En 1958, Carlos Fuentes todavía pudo intentar un relato totalizador con La región más transparente, en donde la ciudad es el protagonista absoluto del texto y tiene confines bastante determinados. Esa es la época donde yo nací. Yo nací en el 56, y la ciudad tenía cuatro millones de habitantes. Ahora tiene posiblemente 18 o 20 millones, ni siquiera sabemos cuántos, y nuestro margen de error es de dos o tres millones, el tamaño de una capital europea. En este principio de incertidumbre que determina la ciudad creo que una de las cosas más difíciles e intentar un relato totalizador.

A mi me gusta mucho la expresión de los topógrafos aéreos que es “mancha urbana”, porque describe un poco la forma sin forma de una ciudad como el DF. El DF es una mancha. Entonces, creo que uno de los desafíos narrativos es tratar de inventarle un sentido a una ciudad que aparentemente no la tiene porque desde el punto de vista urbanístico y ecológico, la ciudad de México no debería existir. Es una ciudad que realmente se alza contra la razón, en un hacinamiento de personas, con enorme contaminación, inseguridad, etc. Y sin embargo, queremos estar ahí.

Nos seguimos viendo, por muy diversas razones y acabamos compartiendo ciudad y vecindario, bares y libros, y una amistad que a mi me da orgullo. Felicidades, Juan.

(Fotografía Pepe Encinas, gentileza Anagrama)

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México: el autor de Huesos en el desierto analiza el fenómeno de los “narcodecapitados”.

El hombre sin cabeza, Sergio González Rodriguez, Anagrama, 2009

El Ángel de la Independencia, el monumento donde están sepultados algunos héroes nacionales como el decapitado Padre Hidalgo, se erige 42,7 metros desde el Paseo de la Reforma sobre la ciudad de México. Su altura es la misma que tendría una torre de cabezas humanas apiladas una a una; las 170 cabezas que rodaron en este país en 2008.

En El hombre sin cabeza (Anagrama), Sergio González Rodríguez busca con datos como éste comprender lo incomprensible. Luego de la extensa investigación sobre el feminicidio en Ciudad Juárez (Huesos en el desierto, Anagrama), la nueva obra del escritor y periodista se desarrolla en un espiral sin fin: lo que comienza como un intento de explicar el fenómeno de los narcodecapitados, acaba en una sociografía del horror.

En el año 2008 hubo en México cinco mil doscientos ejecutados, un promedio de diecisiete secuestros por día y al menos ciento setenta decapitados. Según este libro, el índice de impunidad total de los delitos a términos estadísticos, es de un 99%. Sergio González Rodríguez repasa los guarismos con oficio. Si por momentos falla como cronista, el pulso ensayista del autor a veces raya la brillantez. “Las decapitaciones –dice el autor- son el signo mayúsculo del ascenso de la violencia del crimen organizado, el narcotráfico y su papel disolvente; un llamado a implantar la barbarie (…) el desmembramiento social, el deshuase orgánico de una comunidad en manos de la violencia que permite al miedo configurar el tramado de convivencia con el que a partir de entonces contiene y trasciende, y a la vez anestesia contra el dolor y obliga a cancelar la memoria: paraliza y autocomplace, en beneficio del horror”.

El hombre sin cabeza traza un recorrido histórico de la práctica de cortar cabezas. Puede leerse como un cuento de cómo todo fue poniéndose peor: de la cabellera de serpientes de la Medusa a los últimos ritos narco, pasando por la Revolución Francesa. Lo que comenzó hace 7 mil años A.C. en lo que hoy es Turquía, continúa ahora mismo en alguna ciudad de México. El arte, la literatura, el periodismo, la fotografía también se han ocupado de este tema. El horror mismo que dialoga con la belleza: de Benvenuto Cellini a Mishima y a Joel-Peter Witkin, el autor de la imagen de portada. La muerte violenta “un goce magnífico, casi un espectáculo”, según Mishima.

Este libro es también una reflexión sobre el cuerpo como cicatriz y escritura, y la muerte omnipresente que calla las palabras. En el tema elegido por González Rodríguez confluye la fascinación que siente por los submundos y su obsesión por el cuerpo mutilado, tal como lo ha demostrado en trabajos anteriores. Hace su propio recuento: “llevo en mi cuerpo cicatrices y prótesis en el codo, en el antebrazo y en el tobillo hasta la rodilla producto de operaciones quirúrgicas por golpes, fracturas y caídas. También otra cicatriz en la cabeza por una trepanación curativa. Y tengo prótesis en el otro brazo, en los ojos y en el oído. Soy lo que se llama una persona normal”.

Todo el valor del libro está en decir lo indecible. En poner palabras a los hechos y revertir la idea del propio Mishima: “la carne ya estaba estropeada por las palabras”.

A lo largo de los cincos capítulos en los que se estructura el libro, se inmiscuye en un desorden adrede una apuesta personal –catártica-, una expurgación de fantasmas familiares en el intento de percibir un mal general. Pero ante una realidad que sepulta definitivamente la ficción (quién pudiera en la narrativa mexicana actual imaginar un diálogo como el del decapitador), el autor describe, relata, muestra datos como quien pasa fotografías, da cuenta de la impunidad y de la corrupción, busca señales y sigue un no siempre metafórico rastro de sangre.

En su reconocido texto sobre un poema de Paul Celan, Jacques Derrida refiere una historia del Antiguo Testamento, en la que el ejército de Jefté obliga a sus vencidos efraimitas a pronunciar la palabra de origen hebraico “shibboleth” como contraseña para cruzar el río y salvar sus vidas. Los de Efraín no poseían en su dialecto el sonido schi, por lo que esta diferencia, esta imposibilidad, era aprovechada por los soldados de Galaad para degollarlos. “La palabra importaba menos por su sentido (río, arroyo, espiga de trigo, ramilla de olivo) que por la manera en la que se pronunciaba -dice Derrida-. La relación con el sentido o con la cosa se encontraba suspendida, neutralizada, puesta entre paréntesis: lo contrario por así decir de una ‘época’ (‘époque’) fenomenológica que ante todo conserva el sentido”. Hace un par de años, la Galería Tate de Londres expuso una enorme grieta de 167 metros de la escultora colombiana Doris Salcedo, llamada, como el poema de Celan, Shibboleth. La intención de la artista, según declaró, es similar a la del poeta: “una referencia al duelo permanente”. Una demostración de la impotencia de lo innombrable, la suspensión de sentido ante la muerte y la posibilidad final de decir para rehumanizar la vida desacralizada. La grieta, como pudo verse en esta obra de Salcedo, puede ser una marca omnipresente pero invisible, trozos de horror que encontramos en todas partes, en cualquier lugar. Nombrar la grieta, darle sentido, exponerla como herida es dar sentido al imaginario, recuperar la “época fenomenológica” que reclama Derrida.

Sergio González Rodríguez ha dado con su propia fenomenología, un país entero en forma de grieta insondable, un lugar en el mapa con nombre y apellido: Pozo Meléndez, también conocido como Boca del Diablo, en la carretera de Acapulco. Un lugar, un espacio que funge como vertedero de cuerpos asesinados y mutilados, alegoría de este México de comienzos de Siglo que devora todo a su alrededor, “destino ideal para el hombre sin cabeza”. Una grieta es todo lo contrario a un puente: “es un tajo que impide transcurrir la vida”.

Publicada en España.

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Una luna, Martín Caparrós, Anagrama, 2009

¿Es posible seguir llamando crónica a lo que hace Martín Caparrós? A la vista de cada uno de sus libros de viajes –Larga distancia (1992/2004), Dios mío (1994), La guerra moderna (1999), El interior (2006)– puede decirse que con cada uno de ellos viene moldeando un estilo personal, mezcla de muchos estilos, y una voz única que da forma a una especie de nuevo-nuevo periodismo. El argentino Caparrós (Buenos Aires, 1957) es heredero de una tradición que incluye tanto a Sarmiento como a Kapuscinski, a Capote, a García Márquez y a Martínez, y por algo frecuentemente es considerado el mejor cronista en lengua española. Su último trabajo, Una luna, publicado primero como livre d’amis (“cotillón” de cumpleaños número cincuenta para amigos) y que ahora edita Anagrama, es la cara literaria de un encargo de Naciones Unidas para contar la vida de jóvenes migrantes del Tercer Mundo. En los veintiocho días del ciclo lunar Caparrós salta de país en país en busca de las historias de este nuevo libro que él llama no de crónicas sino “diario de hiperviaje”. Una luna constituye el relato íntimo del paso por nueve ciudades: de Kishinau a Monrovia, de Barcelona a Johannesburgo y Ámsterdam, Lusaka, Madrid, Pittsburgh y París. Un recorrido por un puñado de vidas al límite, historias que resumen lo peor y lo mejor de este mundo, y que tienen en Caparrós un observador exquisito, un cazador que viaja para escribir y escribe para entender; un escritor que ha reinventado la crónica periodística para hacerla aún más grande, más ambiciosa, y que pueda –por fin– medirse con la novela.

El libro comienza en un avión con la proyección de una película basada en una novela de conspiraciones de Le Carré. Detalles como este le permiten al autor desplegar una serie de reflexiones sobre lo que sea, la nieve, París, la Historia, la luna llena, el capitalismo, el comunismo, el viaje. En apariencia estas digresiones son casuales, pero en realidad dan forma al esqueleto sobre el que se construye su crónica: “Viajar sigue siendo un gesto de desesperación: rozar, por un momento o unos días, todas esas vidas que nunca podré”; “Viajar es la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares”; etcétera.

En esta bitácora de viaje estructurada en nueve capítulos –nueve ciudades– Caparrós parte de Francia para reunirse con jóvenes cuyas vidas se han visto marcadas por la migración. Las historias son terribles y perturbadoras. Uno de los encuentros es con Natalia, una joven campesina moldava vendida por su marido a una red de prostitución extranjera; otro es con Richard, un niño exiliado de las guerras civiles de Liberia, testigo de masacres, de la desaparición de su familia y de cómo se comieron a su abuela. De los quince grados bajo cero en la ex Unión Soviética a los 35 sobre cero en África; unas pocas horas de vuelo, una joven violada, un niño soldado: el mismo horror. A este ritmo le siguen Ámsterdam, donde una holandesa hija de marroquíes cuenta lo propio, luego El Salvador de Freddy, un mara; la España de Koné y Adama, dos jóvenes de Costa de Marfil y Burkina Faso que demoraron años en llegar a Europa “para nada”; Edna, seropositiva en Zambia, esposa, madre, hermana de seropositivos en un país donde uno de cada cinco lo es. Y finalmente Kakenya, una muchacha enviada por su tribu a estudiar a Estados Unidos. Hábil entrevistador, Caparrós arranca confesiones estremecedoras del tipo: maté, violé, me violaron, me quiero morir, o quiero ser presidente. Desde el principio, el lector se ve consternado por estas vidas, y el autor siente el peso de las narraciones y afirma que “cada historia nueva se posa sobre el suelo pedregoso de las anteriores, y es cada vez más roca, más rasposa: más el mundo como una hostilidad, noche sin luna”.

Como una definición del periodismo de viaje, explica su trabajo: “pensar y preparar durante semanas algún tema, viajar uno o dos días desde la otra punta del mundo, encontrarse con quienes me van a permitir el acceso a esa persona, organizarlo, leer sobre el asunto, preparar preguntas, dormir en hoteles donde hablan en idiomas, mirar televisiones imposibles, comer polentas que no son polentas, frutas guarangas, quesos excesivos y, de pronto, en una hora tres cuartos, dos horas, cuatro horas, jugarse todo en una entrevista”.

Los textos de Caparrós no tienen nada que ver con la mayoría de las crónicas onanistas que han florecido en los últimos años. Si propongo esta distinción, es para comprender que el (inevitable) egocentrismo del autor no es mero egoísmo (subterfugio muy normal en el tipo de crónica-reportero-vive-la-experiencia-del-reporteado), sino una excusa que permite entender; entender para ponerse en entredicho y con él a su interlocutor, y finalmente al lector. Su estilo es frontal, íntimo, astuto: “Anoche cené foie gras y fue en París; esta noche, polenta con queso en Kishinau, capital de Moldavia. Hay algo en esos saltos que me atrae más que nada.” Caparrós obliga a leer entre líneas, atrapa al lector y lo arrastra al centro de las historias, a la perturbación del mundo, a la provocación de la duda. Lo lleva de viaje. ~

Publicada en México (Letras Libres)

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Archivo: entrevista al dos veces ganador del Booker Prize Peter Carey

-En sus libros abundan historias reales perfectamente documentadas llenas de datos ficticios, ¿cree que este equilibrio entre lo auténtico y lo que usted llama fraude, es uno de los rasgos más destacados de su obra?

-Puede ser. Me interesa el equilibrio entre lo verdadero y lo falso a cierto nivel, pero a otro nivel puedo contradecirme. De todas maneras, ambas ideas parecen formar parte de una identidad que no es el mero fraude o la autenticidad, que va más allá. A mi me cuesta dos o tres años escribir un libro y no pretendo llegar a un hecho real; lo que quiero, sobre todo y más que nada, es llegar a algo nuevo, inventar palabras, gente que desconozco, hechos que me reinvento del todo, trajes, ropas, expresiones, maneras que nadie conoce. Puedo partir de una anécdota o de cualquier objeto que haya a mi alrededor, pero todo lo demás es puro proceso de creación. Por ejemplo, la casa de Robo. Yo viví en esa casa, y ahora pongo allí al protagonista, Butcher Boone. Pero a él no la sirve, la destruye, vive en ella como un bándalo. Yo amo esa casa. Esa casa existe, está al lado del río Nevernever, y en el río está el pato, el mismo pato de la novela.

click aquí: www.barriochino.wordpress.com/entrevistas

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Archivo:  entrevista al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.

-¿Qué pasó con el boom?

-El boom latinoamericano se acaba cuando se separan Simon & Garfunkel, y dejan de hacer su insoportable versión de El cóndor pasa. En aquellos años, Paris estaba fascinado con lo indigenista, y bastaba con ser latinoamericano para estar de moda. Estaba Atahualpa Yupanqui, pero también una cantidad de grupos con quenas, charangos, y arpas de pésima calidad que tocaban todo el tiempo El cóndor pasa. Era insoportable. En la universidad tenía que hablar todo el tiempo de lo andino.

-¡Y usted iba vestido con un poncho!

-Era muy gracioso. Yo no sabía usarlo, una vez casi muero ahorcado en el metro, porque la puerta me atrapó el poncho. Pero tenía mucho éxito cuando me lo ponía.

-¿Éxito con las mujeres o como profesor?

-¡Con las mujeres, con las mujeres! Morían por un indiecito! Todas mis alumnas eran europeas gauchistas, de izquierdas, y estaban fascinadas con los indios latinoamericanos.

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Archivo: entrevista a John Banville

-Dicen de Usted que es el heredero de Nabokov…

-¿Lo soy?

-Tiene fascinada a la crítica…

-La mejor crítica que he recibido fue una vez paseando por la calle. Se me acercó un hombre en su bicicleta, yo pensé que me iba a asaltar, y me gritó: ¡de puta madre! Llevaba El libro de las pruebas. No leo las críticas, no me interesa. Yo hago mi trabajo. Y mi trabajo consiste en algo denso y exigente, como la poesía. El poema es el único tipo de arte que no puedes ignorar. Lo tomas o lo dejas. Mientras miras un cuadro en una galería, puedes pensar en la cena, pero con el poema no puedes. No hay arte si no lo haces apasionadamente, la pasión hace las cosas densas. Y densidad no es complejidad ni solemnidad. Trabajo mucho para que mis frases sean claras. La frase es el mayor logro de la humanidad. Es un privilegio poder escribir una frase.

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