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Archive for the ‘Libros’ Category

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(Celebrando los 85 años de Gabriel García Márquez, y como último post de este blog, publico completa la crónica del viaje a Aracataca, Colombia)

Viaje al centro de Gabolandia

El pueblo colombiano donde nació Gabriel García Márquez, Aracataca, asumió el imaginario de Cien años de soledad como particularidad identitaria para crear la versión real del Macondo de la novela, el lugar más universal de la literatura latinoamericana, el origen mismo de Gabolandia.

Si uno llega a Aracataca buscando tópicos, los encuentra: lluvia, calor y mariposas amarillas. Ver volar a alguien puede ser más difícil, pero historias alucinantes se oyen todo el tiempo. Los perros se tiran en la calle como si estuvieran muertos, y ni siquiera reviven ante el repiqueteo de las bocinas de las motocicletas y los bicitaxis. Las casas se viven fuera. La televisión se mira desde la acera y se oye desde todos lados. El tren que pasa por Aracataca no es amarillo. Ni verde. Es negro carbón. Es un tren demasiado largo, de 120 vagones que desde las cinco y media de la mañana y hasta las doce de la noche, cada hora, durante varios minutos, irrumpe con su ruido y el polvo negro que cubre la estación. Ya nadie se detiene en ella. Nada altera un paraje estancado en el esplendor del pasado.

Los perros que duermen, la propaganda política que llena paredes, el garaje que cobijó alguna vez una fábrica de hielo, el tren que pasa. Pura escenografía para arropar una leyenda.

Si bien el pueblo de Aracataca (Ara, “río de aguas claras”; Cataca, “cacique de la tribu”, en chimila) se fundó en 1885, nadie reparó en él hasta casi un siglo después, cuando el más famoso de quien ha nacido allí se convirtiera en celebridad mundial. Pueblo de vallenato y son, fundado por italianos y crecido a la vera de la United Fruits Company, hoy sobrevive gracias al biocombustible y el mito. Aracataca, el pueblo del departamento de Magdalena en el caribe colombiano, es el lugar más universal de la literatura latinoamericana: Macondo.

Los niños hablan de Gabriel García Márquez como de un tío-abuelo, ahora estrella de televisión o presidente de la República. Un señor demasiado importante, pero cercano. Lo llaman Gabo, Gabito. Los más grandes, lo llaman Maestroypremionobelgabrielgarcíamárquez, así de un tirón. De todas maneras, una leyenda total, infinita.

Han leído sus cuentos, sus novelas más flacas. Van a leer todos sus libros, al menos mientras vayan a la escuela. Gabolectura, una iniciativa que estimula la lectura en niños y mayores, lleva años realizándose con el fin de promover el conocimiento de la obra y “predicar con el ejemplo”. “Si él, que nació aquí, hizo todo lo que hizo, por qué estos niños no” dice Aura Ballesteros, la maestra. Al  lado del bolillero con las preguntas, una niña recita de memoria fragmentos del cuento “Eva está dentro de su gato”. ¿Cómo se llamaba la abuela del Maestroypremionobelgabrielgarcíamárquez? ¡Tranquilina Iguarán! ¿Qué libro publicó Gabito en 1955? ¡La Hojarasca! ¿Cómo se llama el personaje que come tierra en Cien años de soledad? ¡Rebeca!

Aracataca no tiene agua potable, pero concentra una alta densidad de niños artistas con verdadero talento. Escritores, dibujantes, escultores, cantantes, músicos… hay un banda sinfónica con diez niños violines, un escultor de 12 años que da clases en la universidad, un cantante al que llaman Pavarotti. Pronto dejarán la escuela y se pondrán a cosechar palma para aceite, como todo el mundo. La Fundación Pro-Aracataca y la Casa Museo, a cargo de Bernardo López Silva y Rafael Darío Jiménez, entre otras instituciones, bregan  por conseguir apoyos y medios que fomenten las vocaciones de estos jóvenes.

Ni en Gdansk, la ciudad donde nació Günter Grass, ni en la de Kenzaburo Oé, Ose, el premio Nobel debe significar tanto ni ha sido más celebrado. En Aracataca todos se sienten campeón del mundo, campeón de algo. Un hombre nacido aquí llevó a Colombia al Olimpo. Ese orgullo los mueve como una fuerza centrípeta. Quien escribe, escribe cuentos a Gabito, quien dibuja, dibuja retratos de Gabito. Y hay canciones, discos enteros como el de Los soneros de Macondo, en homenaje al maestro. Aracataca es un pueblo de y para el mito García Márquez. Los pequeños autobuses de la zona se reparten entre las líneas Nobel y Transmacondo. En pocas calles podemos encontrar el billar La Hojarasca, la gomería El Nobel y la clínica Macon-salud. La biblioteca se llama Remedios, la bella. El bus escolar –amarillo- lleva su foto; las escuelas, su nombre. Y el recién inaugurado restaurante Macondo, ofrece en su menú “carne en salsa de mariposas amarillas”, “café al gusto de Melquíades” y “postres de dulce de icaco con lágrimas de Amaranta”.


De los 35 mil habitantes del pueblo, sólo dos se muestran adversos y críticos con el escritor. El cura de la iglesia San José donde fue bautizado, porque “García Márquez es medio ateo”; y un cantante flaco y desgarbado que por unas monedas o un trago te canta una canción de protesta. De protesta contra… García Márquez. A ritmo de vallenato, recita “él se olvidó que Macondo es una tierra sufrida”, y “hoy tiene plata y no ha querido regresar”.

Pero después de 25 años, un día regresó y el pueblo vivió su acontecimiento en años. Ni la llegada del hielo habrá producido tanto alboroto. Leyendas urbanas mitigaban la ausencia de hijo pródigo diciendo que se aparecía cada tanto, que durante toda una noche se dedicaba a parrandear con sus amigos y al aclarar el alba, subía a la camioneta de cristales oscuros en la que había llegado y partía. Difícil de creer, sobre todo porque la zona estuvo durante mucho tiempo cercada por el cocktail colombiano de guerrilla-ejército-paramilitares-narcotráfico. El escritor volvió muy pocas veces desde que partió cuando niño. Con su madre a vender la enorme casa en la navidad de 1950, cierta vez como vendedor de enciclopedias y una vez más, al recibir el Premio Nobel.

Cuando su cumpleaños número 80, a 40 años de la publicación de Cien años de soledad y 25 del Nobel, contra aquella superstición guajira que dice que “quien recoge sus pasos muere más pronto”, Gabriel García Márquez volvió. Y en un tren amarillo. “Miren todo lo que está pasando, y después se preguntan quién inventó Macondo” decía emocionado. Una multitud –el pueblo entero, menos dos- salió a recibirlo, a saludarlo hasta el agobio.

García Márquez vivió en Aracataca hasta los 8 años, al cobijo de las historias de su abuela, matrona de una pléyade de extraordinarias mujeres caribeñas. Su abuelo, el coronel Márquez, se hizo cargo de su educación, rigurosa pero estimulante y creativa. Con él aprendió a leer, escribir y rayar paredes, para escándalo de los demás. El coronel le cedió un muro del cuarto donde fabricaba sus pececitos de oro; el niño dibujaba historias, y cada sábado las borraba con cal. Tras la muerte de este hombre, en 1935, García Márquez se mudó con sus padres a Barranquilla, en la costa. “Desde entonces, nada importante me ha ocurrido en la vida”, dijo, incluso luego de convertirse en el escritor vivo más leído. El abuelo le había enseñado tres cosas fundamentales: la muerte, la valentía y el diccionario.

Respecto a la casa, “todos los días de mi vida despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa vieja y enorme, como si nunca hubiera salido”, confesó. Luego de la venta, pasó por varios propietarios que fueron transformándola hasta desaparecerla. Con motivo de los aniversarios, el gobierno colombiano decidió reconstruirla y crear allí la Casa-museo. El día que Gabriel García Márquez regresó a Aracataca, paseado en carruaje y apiñado de vecinos, dijo frente a la nueva edificación, “esa no es mi casa”. Todos enmudecieron. “La hicimos según la descripción de su autobiografía Vivir para contarla”, alegaron las autoridades. Rubiela Reyes, la guía del museo, ríe cómplice, “es que Gabito se inventa muchas cosas”.

En Gabriel García Márquez, Historia de un deicidio, Mario Vargas Llosa escribió que “Aracataca vivía de recuerdos, mitos, fantasmas, soledad y nostalgias cuando él nació; sus ficciones vivirán de sus recuerdos de Aracataca”. Hoy esto se ha invertido. Aracataca vive de la ficción que García Márquez ha construido de aquellos mitos.

El imaginario de creación de García Márquez, extraído de la idiosincrasia de este pueblo, se ha reconvertido en imaginario colectivo mediante la celebración referencial, la alegoría constante y los monumentos a personajes de novelas (Remedios, la bella tiene su escultura en la calle de los Almendros, existe un homenaje de “Comala a Macondo”).

La literatura en este lugar ha cumplido una función identitaria, ha dado singularidad y particularidad a un espacio concreto del mundo: somos Macondo, el pueblo de Cien años de soledad.

Comprar libros de García Márquez en Gabolandia no es tarea sencilla. No existen librerías, y uno de los pocos sitios donde se consiguen es en un bar que a la vez es ciber, fotocopiadora, que vende cuadernos, lápices, escuadras y rompecabezas con el mapa de Colombia. Aquí pueden encontrarse algunas de las obras del Nobel, pero escondidas tras la nevera. Son ediciones piratas, fotocopiadas y hasta con errores de ortografía: “La mala hora, de Gabriel García Marques”.

(Publicado en Cultura/s de La Vanguardia, España en octubre de 2009)

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El joven escritor colombiano Antonio Ungar ganó el Premio Herralde de Novela 2010 con Tres ataúdes blancos, un ¨thriller bizarro¨, lleno de humor, según el jurado. Ungar cuenta con un pasado profesional que incluye las tareas de arquitecto, mesero, urbanista, periodista, repartidor de correo, asistente social, traductor, diseñador gráfico, blogger, escritor y sobre todo viajero. Ha escrito cuentos, novelas y periodisimo, a la manera del cazador que atrapa los textos que se le aparecen.  Y se le parecen, también. Son de todos lados, inquietos.  Antonio Ungar nació en Bogotá en 1974. Vivió en Manchester, la selva del Guainia (Colombia), Barcelona, Nueva York, Mexico DF y actualmente, “gracias a una tarjeta de periodista colombiano”, entre Palestina e Israel, donde formó familia.  “Un lujo que muy pocos tienen”, aclara. En Palestina duerme en Ramala y en Israel en Jaffa.

Antonio Ungar por Daniel Mordzinski


Antonio Ungar escribió los libros de cuentos Trece circos comunes, De ciertos animales tristes y las novelas Zanahorias voladoras y Las orejas del lobo, narrada por la mirada de un niño sobre un mundo que preferiría no ver. Aquí un fragmento de la entrevista que le hice para el libro Bogotá 39, la inicitaiva del Hay Festival:

¿Cómo se escribe un libro con la voz de un niño?

Las orejas del lobo empezó como un falso diario de infancia, como el desafío de poder reinventarse la infancia como si fuera real.

¿Qué tiene de interesante la mirada de un niño para contar historias?

Lo que me interesa de la mirada de un niño tan pequeño como el de Las orejas del lobo es que en muchos casos tiene que definir la realidad desde el principio, como si no la conociera. No puede decir mesa, sino describir la mesa. Además la percepción de los conflictos adultos desde el punto de vista de un niño abrió posibilidades narrativas muy amplias.

¿Este niño, desde dónde escribe?

Si te refieres al lugar geográfico del niño, lo hace desde la sabana de Bogotá; si es el lugar geográfico del escritor, México DF. Pero el lugar espiritual desde donde escribe este niño, es la admiración, el desconcierto y la rabia que le producen los adultos.

¿Cómo es la vida de un escritor latinoamericano en Palestina?

Escribo cada día, como siempre. Compro los libros a dos argentinos que tienen una librería en español en Tel Aviv. El ritual, si es que importa, no cambió mucho respecto a cuando vivía en América Latina.

Selva, desierto… ¿se modifica tu literatura con estas vivencias personales?

Tardo mucho en digerir lo que vivo para convertirlo en literatura. Solamente ahora empiezo a entender lo que viví en Inglaterra cuando tenía quince años. Tal vez en

veinte o treinta años pueda escribir acerca de Palestina.

¿A quién le escribes?

Escribo para mis amigos y para un lector imaginario que está por ahí

¿Y cómo te leen?

Cada lector es único, eso es lo apasionante de escribir.

Dices que tus textos se aparecen ¿Cómo lo hacen?

Son el resultado de un proceso incontrolable. La entrada de información incluye sueños, lecturas, vivencias. Todo. Bob Dylan decía “Cierro los ojos, los abro: estoy influenciado”. El escritor no controla el proceso. Y los escritores que lo controlan no me interesan.

¿Cuándo el arquitecto dio paso al escritor?

Sabía que iba a escribir desde que tenía quince años. Estudié arquitectura para poder financiar la escritura

El fallo del jurado del Premio Herralde:

Tres ataúdes blancos es un thriller en el que un tipo solitario y antisocial es forzado a suplantar la identidad del líder del partido político de oposición y a vivir todo tipo de aventuras para acabar con el régimen totalitario de un país latinoamericano llamado Miranda. Ese argumento de thriller bizarro es, sin embargo, una suerte de estructura vacía, un esqueleto en el que la novela crece, salvaje, impredecible, saliendo a borbotones de la voz del protagonista. Desaforado, desquiciado, hilarante, el narrador usa todas sus palabras para cuestionar, ridiculizar y destruir la realidad (y para reconstruirla de nuevo, desde cero, como nueva). Perseguido sin descanso por el régimen del terror que en Miranda todo lo controla y por lo abyectos políticos de su propio bando, solo contra el mundo, el protagonista es finalmente alcanzado y cazado. Su enamorada en cambio consigue huir milagrosamente, y con ella queda viva la esperanza de un nuevo comienzo para la historia. Tres ataúdes blancos es un texto abierto, polifónico, dispuesto para múltiples lecturas. Puede ser entendido como una sátira feroz de la política en América Latina, como una refinada reflexión acerca de la identidad individual y la suplantación, como una exploración de los límites de la amistad, como un ensayo sobre la fragilidad de lo real, como una historia de amor imposible. Envuelta en un envase de thriller fácil de abrir y de leer, llena de humor, esta novela propone sin duda un juego literario complejo y fascinante. La novela que consagra indiscutiblemente a uno de los autores mayores de su generación en lengua española.

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Que no era así, le pareció. No amarilla, como crema; más pegajosa que la crema. Pegajosa, pastosa. Se pega por las ropa, cruza la boca de los gabanes, pasa los borceguíes, pringa las media. Entre los dedos, fría, se la siente después.

-¡Presente! –dijo una voz abotagada.

-Pasa –respondió. No “pasá” sino “pasa”. Así debían decir.

Entonces la vos de fuera dijo “calor” y haciendo ruido rodó hacia él un muchacho encastrado de barro.

-No hace frío –habló el llegado-, pero habría que apuntalar algo más el durmiente…

-Después se hará –le dijo, mientras sentía que el otro se acomodaba enfrente, embarrado, húmedo, respirando de a saltos.

Imaginaba la nieve blanca, liviana, bajando en línea recta hacia el suelo y apoyándose luego sobre el el suelo hasta taparlo con un manto blanco de nieve. Pero esa nieve ahí amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las cosas, se arrastraba después por el suelo y entre los pastos para chupar el polvillo de la tierra; se hacía marrón, se volvía barro. Y a eso llamaban nieve cuando decían que los accesos tenían nieve. Nieve: barro pesado, helado, frío y pegajoso.

En su pueblo, dos veces nevó, él estaba durmiendo, y cuando despertó y pudo mirar por la ventana la nieve ya estaba derretida. En el televisor la nieve es blanca. Cubre todo. Allí la gente esquía y patina sobre la nieve. Y la nieve no se hunde ni se hace barro ni atraviesa la ropa, y tiene trineos con campanillas y hasta flores. Afuera no: en la peña una oveja, un jeep y varios muchachos se habían desbarrancado por culpa de la nieve jabonosa y marrón. Y no había flores ni árboles ni música. Nada más viento y frío tenían afuera.

-¿Sigue nevando? –quiso saber.”

Así comienza Los Pichiciegos, la novela sobre la Guerra de Malvinas escrita por Fogwill en 1982. Una de las mejores novelas argentinas de todos los tiempos.

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Hay Festival Zacatecas

Sigue el blog del Hay Festival Zacatecas que realizan Daniel Mordzinski y Gastón García M. haciendo click aquí.

El Hay Festival según Mordzinski

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“Miau Tsé Tung y Miss Oginia van de una punta a la otra de la casa al ritmo de Schumman o de un bolero. Se posan sobre textos inacabados, apuntes de siglos y periódicos de ayer. Los gatos más cultos del país rastrean los libros y se topan con la crónica definitiva de México. Carlos Monsiváis los acaricia y escribe. Construye y explica con la lucidez de los sabios, una historia social y cultural que ya nadie entiende,  de Portraits d’écrivains mexicains, de Daniel Mordzinski y Gastón García

Carlos Monsivais en el Hay Festival de Cartagenas, fotografía de Daniel Mordzinski

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Saramago en Lanzarote, fotografía de Daniel Mordzinski

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Alain Touraine recibe  el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, que comparte con Zygmunt Bauman.

Hace unos años, llegué a París en plena efervescencia estudiantil. Jacques Chirac, en una de sus últimos actos de gobierno, pretendía firmar una ley conocida como la del primer empleo que, entre otras delicias neoliberales, permitiía un periodo de prueba de dos años y el despido sin justificación de los jóvenes menores de 26 años. Parece un siglo atrás: Villepin y Sarkozy aún compartían gabinete, y ambos afilaban el cuchillo con el que asaltarían el Eliseo.

Los estudiantes salieron a las calles, se manifestaron, tomaron las universidades, se reconocieron festivos y rebeldes, como hace años no lo hacían. Muchos podrían pensar  que estaban reviviendo Mayo del 68, pero nadie se atrevió  a tanto.  Sin embargo la nostalgia es un motor poderoso, y  sacaba a la gente a las calles, para debatirse entre volver a creer que bajo los adoquines estaba la playa, o resignarse a la política que se les venía encima. Pero nadie, insisto, se atrevió a soñar tanto. A pesar de esto, y gracias a esto también, la ley no se aprobó.

Pensaba precisamente en entrevistar al sociólogo Alain Touraine, quien tanto ha estudiado los movimientos sociales. Un hombre lúcido que nunca se ha quedado quieto en su despacho del bulevar Raspail, si no que ha recorrido el mundo, el tercer mundo sobre todo, para explicar lo que nos toca vivir. La idea de una sociedad post-industrial es suya.

Lo busqué al teléfono, por mail, fui hasta su despacho, pero no lo encontré: estaba en Argentina. De casualidad, unos días después, un día que fui a buscar a mi suegra en el mismo Instituto donde ambos trabajan, lo veo salir del ascensor charlando animosamente con los ocasionales compañeros de viaje (mi suegra entre ellos).

Le dije que lo andaba buscando, que quería entrevistarlo y me pidió que regresara luego de la comida. A las dos de la tarde -los franceses almuerzan muy temprano- estaba yo sentado con este hombre en un despacho minúsculo empapelado de libros y carpetas y con más de tres teléfonos sonando a la vez. Pedía disculpa por las constante interrupciones, pero colaboradores suyos estaban informándole en tiempo real, de lo que sucedía en Perú e Italia con sus respectivas elecciones, lo que pasaba en las calles de París con los estudiantes, y qué acababan de decir en el Eliseo.

Lo hablado hace 4 años, aún tiene vigencia. Algunos párrafos aquí:

-¿Qué tiene que ver esto con Mayo del 68?

-Nada, aquello fue una cosa muy distinta. Aquí hay que buscar puntos en común con lo sucedido en noviembre. No se olvide usted que el CPE nace como respuesta a noviembre. Los jóvenes que queman autos, lo que están haciendo es reaccionar contra la marginación a la que se les somete. Se está marginando a los jóvenes, y cada estrato social se manifiesta a la medida de sus posibilidades. Además ahí hay otro tipo de discriminación, que tiene que ver con lo étnico. Se los discrimina porque son árabes.

Pero piden lo mismo, los que queman los autos y los que se manifiestan contra el CPE piden lo mismo, son concientes del grave proceso de desintegración que están sufriendo. Dentro de la juventud está muy clara la idea de “nos echan”.

-¿Tienen representatividad?

-Lo de noviembre es más complicado porque hay una ganancia de algunos sectores detrás de todo esto. Pero que quede claro: es un grupo de violentos que van a quemar autos de sus vecinos. Por su parte, los estudiantes han conseguido hacerse eco en la sociedad, pero tampoco podremos decir que haya representatividad.

-¿Hay ideología detrás?

-En ambos casos, es un cosa vaga. Es la expresión de una incapacidad para tratar el problema.

Para leer la entrevista completa, hacer click aquí.

A continuación, la crónica sobre el París de esos días:

La “Generación precaria” se moviliza en París

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaDominique de Villepin con cara de cerdo. Nicolas Sarkozy como el mismo diablo. Los ministros del gobierno del presidente Chirac son caricaturizados en las pancartas que se arremolinan alrededor de la plaza de la República. En lo alto, la República, la inmensa estatua de casi 30 metros de los hermanos Morice, rodeada de la Igualdad, la Legalidad y la Fraternidad, evoca desde 1880 la grandeur de la France y los derechos del Hombre.

Globos, banderas, binchas y un par de fotos del Che, exegeta del merchandising gremial, dan color al Boulevard du Temple. Allí mismo, entre un Holliday Inn y un McDonalds, el movimiento gremial francés intenta mostrarse fusionado –son más de doce gremios- y declara su voluntad de unión con el movimiento estudiantil. En sus puestos de papas fritas y parrilladas, se oye indistintamente La Internacional o a Bob Marley.

Van llegando los estudiantes, Pumas pret-a-porter. Llevan calcomanías fosforescentes por todo el cuerpo y las caras pintadas, con un NO CPE en cada cachete rojo, o blanco, o negro o mulato. Francia tiene más de tres colores. Bailan, cantan canciones de Manu Chao: “…Villepin, clandestino / Sarkozy, clandestino / Jacques Chirac, ilegal!”. Sienten el fervor de las calles, tienen ganas de Historia. Son optimistas, quién no lo es en una gran manifestación, y saben que está en juego mucho más de lo que se atreven a reclamar.

El joven arrojado a un tacho de basura,  tal es el símbolo al que se recurre insistentemente,  es un espejo en el que se miran los que pronto deben ingresar –o los que ya son expulsados- a un mercado laboral que los trata menos que eso. La basura se recicla.

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaTal vez quieran proponer la imaginación al poder, pero no se atreven. No buscan la playa debajo de los adoquines, la suya es una bronca casi desahuciada, obligadamente pragmática y sin poesía: enculade, enmerdés, son las palabras en muchos letreros que reflejan un enojo que no necesita traducción.

Sin embargo, parece una fiesta la que recorre el boulevard hasta La Bastilla, y de ahí a la Gare de Austerlitz cruzando el Sena, para terminar –exhaustos, cuatro kilómetros, dos horas- en la Place d’Italie, donde como si todo estuviera perfectamente planificado, la muchedumbre se disgregará -el metro se los tragará- y unos pocos casseurs se enfrentarán a la policía, rompiendo un par de cosas.

Pero no hay ni hubo clima tenso –sí en las manifestaciones anteriores-, más bien todo lo contrario: familias enteras, jóvenes y mayores se toman de la mano (“solidaridad intergeneracional”, dice una bandera) y se miran incrédulos. París está en la calle, otra vez.

Cómo no pensar en 1968, si desde afuera todos quieren ver aquí una revolución. Pero nadie está dispuesto a tanto. Acaso sea todo lo contrario.

Los estudiantes están movilizados como nunca desde 1968. “La política de precarización es una declaración de guerra a la juventud”, ha dicho Anne Delbende, de L’Université française, la asociación de los estudiantes.

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaPor primera vez desde entonces, se tomó la Universidad de la Sorbona. Pero pronto la toma de la universidad devino en un símbolo de impotencia y confusión, todo lo contrario de aquel Mayo. Una vez desalojados por la policía intentaron tomar la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales, pero una fuerza de seguridad privada los reprimió.

Una profesora latinoamericana de la École,  señala entre nostalgias: “yo los apoyaba, aunque me daba lástima verlos tan inexpertos…”

Asambleas fallidas, desorganización, liderazgo nulo… pero están en la calle. Se convocan con mensajes de teléfonos y con infinitas cadenas de mails, pero también a la vieja usanza. Son millones en toda Francia, tienen entre 15 y 30 años. Cualquier tópico diría que no saben lo que quieren.

Una joven de menos de 20 años, desde una plataforma instalada en un camión que avanza lento a la cabeza de la manifestación, pide la dimisión del gobierno, a ritmo de hip hop, rock y hasta en canciones infantiles. Es la que canta a Manu Chao. Es versátil y afinada. Todas y todos la siguen, corean, la aplauden. Ella baila desenfrenada, porta el micrófono como una neo-diva de Operación Triunfo. Es la estrella de la maní, todas las cámaras de televisión la reverencian. Por ahí van los líderes sindicales, los políticos que quisieran sacar un rédito, pero saben que este movimiento es acéfalo. Ella –se llama Marianne- será la apertura de los noticieros de la noche. “Somos jóvenes, no tontos”, es lo que dice su canción.

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MARCOS GIRALT TORRENTE

Tiempo de vida

Barcelona, Anagrama, 2010. 200 pp.

“Todo el mundo tiene padres y todos los padres mueren.

Todas las historias de padres e hijos están inclusas,

todas se parecen”.

Los padres, el padre, la muerte del padre, la muerte de los padres conforman una categoría temática dentro de la literatura, un tema universal. Son muchos los libros que muestran el trajinar de estas relaciones humanas, la mirada de unos y otros afincados en los extremos de la vida; es decir, galoperos de las muertes y otra vez los nacimientos. Escritores en todas las lenguas han recurrido alguna vez a sus propias carta al padre para, al igual que Kafka, hacer catarsis, una confesión tardía, o intentar hablar con sus muertos y lograr, en la medida de lo posible, saldar deudas. María Zambrano escribió en La confesión: género literario: “Lo grave es ser un extraño para sí mismo, haber perdido o no haber llegado a poseer intimidad consigo mismo; andar enajenado, huésped extraño en la propia casa. ¿No estaremos necesitando de una verdadera e implacable confesión?” Al hablar con el padre muerto lo que se busca es dejar de ser ese huésped extraño en propia casa.

Dentro del rubro “muerte del padre”, Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) acaba de publicar Tiempo de vida (Anagrama): una confesión elegíaca donde intenta poner en claro la relación con su padre, la relación del mundo respecto a su padre. Esta manera de expurgar lo vivido, es utilizada por el autor para conformar su propio duelo, pero principalmente para crear una pieza literaria sobresaliente en el panorama español (de España). Uno lee a Giralt Torrente ahora y recuerda que lo leyó hace unos años cuando ganó el Premio Herralde de Novela con París, y recuerda aquel libro también maravilloso y se pregunta cómo es que está casi siempre ausente cuando se habla de las grandes ligas literarias de su país. No ocupa espacio en debates inocuos, prescinde de generaciones-merenderas, evita parsimonias mediáticas; y todo esto lo pone en un lugar extraño, casi olvidado, de bajo perfil, como en el closet, recluido en ese Madrid que desde aquí no se ve. También una libertad absoluta, vale celebrar, que comparte a veces con compañeros de generación como Ray Loriga o Francisco Casavella.

Pero volvamos a Tiempo de vida. Su última novela tiene varios puntos en común con las anteriores, Los seres felices pero sobre todo París: el discurso confesional, la dinámica psicológica, el estilo ágil en lo formal; y la relación con los padres, sus ausencias, encuentros y desencuentros, en lo temático. Pero el propio autor deja claro desde el inicio de su nueva obra que aquello era ficción, esto no. Advierte desde el prefacio con aquella máxima de Nietzche: “Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya”. Aquí tenemos un padre de verdad, que vive de verdad, que lo abandona de verdad, que vuelve de verdad y que se muere de verdad. Del otro lado tenemos un relator que no requiere de artilugios metaliterarios para decir que Marcos Giralt Torrente es Marcos Giralt Torrente, un escritor en duelo, “exhausto y vacío”, que viene a contarnos lo que (le) pasa sin ánimos terapéuticos, si no simplemente porque es escritor y lo que quiere contar aquí es su vida y la vida de su padre, el tiempo de vida juntos, y la muerte.

Nada original, podríamos decir, en vista de nuestro primer párrafo: Cohen, Auster, Kureishi, Ford, Ackerley, Roth, Didion (la lista es de Giralt Torrent) han escrito sobre el tema. Agrego a Shakespeare, Kafka, Naipaul, Ribeyro; aquí más cerca (y con diversas suertes) Garcés, Perez Gay, Abad Facciolince … la lista es infinita. Y para el autor, los oficios solitarios de padre e hijo (pintor y escritor) tienen absoluta relación: “Diré algo más de mi oficio, ya que tiene que ver con nuestra relación. En cierto modo fue una vocación forjada a sus espaldas, elegida para distanciarme de él pero no en exceso, como si me hubiera interrogado por la profesión más parecida a la suya y hubiese elegido la literatura por ser la que estaba más a mano. A menudo he pensado que, de haber mantenido con él un trato más frecuente cuando en la adolescencia las vocaciones se consolidan, de haber visitado su estudio a diario, de haber disfrutado de su estímulo y guía, de haber tenido a mi disposición su material de trabajo o sus cámaras fotográficas, posiblemente no estaría hoy apresado por la palabra.”

Giralt Torrente cuenta la historia de una relación en la que “se pierden, se atascan”. A la vez reflexiona, busca con valentía respuestas imposibles, el duelo lo cubre todo. Algo se perdió y hay que recomponer lo imposible. Sin embargo, le dice al lector que va a intentar contar la historia de su padre, conocido pintor español, que ha ido y vuelto de la familia, que lo ha abandonado con displicencia y que ha regresado otra vez para ensayar algo parecido a la felicidad de los últimos tiempos. Piensa los hechos fortuitos que conforman todas nuestras vidas: “Se derivan infinitas posibilidades de cada decisión que tomamos, por no hablar de los efectos que sobre nosotros tienen las decisiones de los otros. El futuro es incierto, vivimos en el presente. El pasado es lo único que parece inamovible y tendemos a mitificarlo. Nos proporciona una referencia contra la que rebelarnos o con la que reconciliarnos. Eso pueden ser o no ser los padres, y basta que así sea para que representen un conflicto. Como poco, tienen la culpa de habernos lanzado al mundo”.  El hijo, el autor, no disimula enojos y rencores, pero tampoco el amor. Será capaz de paralizar su vida durante los dos años en los que la enfermedad pone entre las cuerdas a su padre. Lo cuida, lo asiste y no escribe: vive. Parece que aquí, la vida, el vivir, tiene una función antagónica a la escritura. Pero no es así, según lo que demuestra al final. El padre muere, el hijo se convierte en padre, y todo es vida y todo es literatura en forma de “homenaje de amor”. Vida que sobrevive y gana (siempre); literatura -comprometida con la literatura como la suya- que se impone también, para enterrar la muerte.

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MARIO LEVRERO

La novela luminosa

Buenos Aires, Mondadori, 2008. 567 pp.

Por razones aún no explicadas del todo, en Uruguay se ha dado una estirpe de autores que la crítica califica, si no como admirables, al menos sí como raros. Una broma sobre la literatura latinoamericana explica los aportes más significativos de algunas naciones: Chile ha generado poetas; Argentina, cuentistas; México, novelistas, y Uruguay, raros. Esta sensación de extrañeza se apoya, inevitablemente, en la obra de escritores como Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández, Armonía Somers y Mario Levrero.

Levrero (Montevideo, 1940-2004) ha construido su obra como un científico loco que experimenta con polvos y restos de cacharros, pero cuyo alto conocimiento alquímico le permite minimizar errores y dar con resultados, acaso no esperados, siempre bienvenidos. Autor de culto desde la década de los setenta, Levrero se dio a conocer en la colección “Literatura diferente” de la editorial uruguaya Tierra Nueva. Allí publicó los cuentos de La máquina de pensar en Gladys (1970) y la novela La ciudad (1970), que junto a París (1979) y El lugar (1982) hoy se encuentran en la Trilogía involuntaria (2008). Otros de sus libros son Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (1975) –divertidísima historia de un detective loco y su secretaria ninfómana–, Los muertos (1985), Dejen todo en mis manos (1994) y El discurso vacío (1996). Mario Levrero, seudónimo de Jorge Varlotta, trabajó además como crucigramista durante varios años –oficio que lo hermana con el escritor francés Georges Perec– y también fue librero, tallerista literario y autor de un manual de parapsicología. Su obra de excepción se ha ido recuperando poco a poco al ritmo de reediciones en España, Argentina y otros países.

En 2005, poco tiempo después de su muerte, Alfaguara Uruguay publicó La novela luminosa, y ahora lo hace la editorial Mondadori. Desde entonces, este libro se convirtió no sólo en su más perfecto artilugio sino en una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana de los últimos años. Su trabajo, ajeno a las modas y la tradición, se define por la heterodoxia y una vocación transfronteriza.

Para continuar un proyecto empezado y fracasado veinte años antes, el autor uruguayo solicita una beca a la John Simon Guggenheim Foundation. Cuando se la otorgan, y resuelto el asunto económico, empieza con el “Diario de la beca” (que será el “prólogo” de 450 páginas de La novela luminosa), en el que cuenta cómo es que se gasta el dinero sin escribir ni una línea. De esta manera, Levrero lleva a cabo la imposibilidad novelada de la novela, al estilo de El libro vacío (1958) de Josefina Vicens. Estamos ante el diario de lo inasible y el día a día de la no escritura. El relato pormenorizado del tiempo diluyéndose hasta acabar en relato.

Desde el primer momento, Levrero abduce al lector con la letanía de la cotidianidad y los detalles de su no metodología para organizar la estancia y la escritura: “Una de las primeras cosas que hice con la primera mitad del dinero de la beca fue comprarme unos sillones”, “hice venir al electricista y cambié de lugar los enchufes de la computadora”, “no, hoy tampoco me afeité”, “vino mi amigo, se fue mi amigo”, “me picó un mosquito”, “fui hasta el cajero automático y saqué doscientos dólares del señor Guggenheim”, “estoy listo para el proyecto, ya tengo aire acondicionado”, etcétera. A lo largo de un año describe sus obsesiones y sus sueños con desesperanza y humor. Da cuenta de las visitas, los talleres literarios que dirige vía e-mail, si escribe con la Rotring o no, su fascinación por la computadora, los programas que él mismo diseña para organizar las tomas de sus medicinas, la discusión con el Word (“el diccionario del Word no acepta la palabra pene pero sí puta”), la reclusión voluntaria en un departamento en Montevideo, los breves paseos, algún trámite y sus lecturas de Santa Teresa, Rosa Chacel, W. Somerset Maugham, Thomas Bernhard, Philip K. Dick, y la evocación constante a Raymond Chandler. La descripción de sus mundos íntimos puede ser apabullante: la compra compulsiva de novelas policiales, la salud, la vejez, la muerte de sus padres, las palomas. El autor nos cuenta que observa con particular detenimiento las palomas en su balcón mientras hace bicicleta o no hace nada. Llegan de a una, en familia, en pareja, o a morir. “Me pregunté qué sabrían de la muerte las palomas”, apunta en noviembre para responder meses después, mientras el cadáver de una de ellas sigue ahí: “La cabeza de una paloma sin plumas ni carne es puro pico, enorme en relación al cráneo. Con razón son tan estúpidas.” Metidos en el diario de Levrero, la tensión sobre si escribirá la novela o no, no importa (sabemos que algo nos espera al final: eso dice el índice). El interés se centra en las llegadas y partidas de una mujer a la que simplemente llama “Chl” –una relación que se parece al amor porque lo acompaña de vez en cuando y le lleva milanesas que él va descongelando en el microondas. Lo que importa son esas madrugadas eternas (“una única, eterna madrugada”), los anuncios de muerte de los amigos que se acumulan en el contestador automático, el tiempo que pasa. Al final del diario, casi como epílogo, encontramos unas cien páginas del proyecto de La novela luminosa tal como se escribió en 1984, sin correcciones. La totalidad es efectivamente una novela, y no porque él mismo lo diga con cinismo: “Me di cuenta que igualmente será una novela, quiera o no quiera, porque actualmente, lo es casi cualquier cosa que se ponga entre tapa y contratapa.” De principio a fin, estamos ante un desafiante recorrido por la cabeza lúcida de un gran escritor. Ante el delirio de los sueños literarios, los suyos y los ajenos, La novela luminosa recobra todo sentido en plena vorágine. “La mente –asegura– es como una dentadura que necesita masticar todo el tiempo.”

Escrita al mismo tiempo que 2666, una en Uruguay, la otra en España, La novela luminosa sorprende por su familiaridad con el libro de Roberto Bolaño, no sólo por el ambiente hipnótico del relato, o porque ambos pertenecen a una misma generación, sino porque los dos fueron escritos en la agonía física de sus autores, al trote lento pero seguro de los caballos de la muerte. No me sorprendería que este libro se convirtiese, después de la novela del escritor chileno, en el faro de mucho de lo que se escribirá en nuestro continente en el futuro próximo. ~

Reseña publica en Letras Libres.

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“Cuando se busca la pureza,

se derrumba la cultura”

Hace unos años, Galaxia Gutenberg emprendió la edición de las Obras Completas de Juan Goytisolo. Entonces, Barcelona procuró materializar una especie de reconciliación con un hijo pródigo que había conocido la persecución franquista y la sociedad opresiva de la burguesía catalana. Por esos días, se habían producido en Ceuta y Melilla incidentes con personas que intentaban cruzar la frontera y llegar a Europa; y en Francia jóvenes de extrarradio incendiaban automóviles en la calle. No había contexto mejor para hablar con un hombre que conoce Europa y su relación con el mundo árabe de primera mano. Un hombre que cuando vio que en su barrio de París se llenaban de magrebíes y argelinos, decidió aprender sus para comunicarse con ellos. Goytisolo vive desde hace muchos años en Marruecos y sólo regrese a Barcelona por “motivos literarios”.

Lo entrevisté luego de intentarlo durante días, de esperarlo horas en un hotel del Raval sobre las Ramblas, donde se hospeda cada vez que regresa a su ciudad. No diría que es un hombre difícil de entrevistar, simplemente, eran días de mucho trajín entre homenajes, mesas redondas, lecturas públicas y un acto en el que el autor conversó con Orhan Pamuck. De verlo cinco minutos en un lado, diez minutos en otro, resolvimos tener la plática por teléfono, a pocas calles de distancia.

Aquí algunos fragmentos de la entrevista:

-Es considerado por muchos uno de los escritores más importantes de España, pero considera que su patria es otra. ¿Qué es la patria?

-La patria es la lengua en la que escribo. También son diversas ciudades. La literatura que amo es mi verdadera patria. He aprendido tanto de algunas ciudades, como de los libros leídos.

-Ha dicho que si no fuera escritor, sería urbanista…

-Mis textos son textos-ciudades. Caminar una ciudad, es tomar posesión del territorio…

-¿Para ser escritor hay que irse?

-Yo empecé a escribir a los ocho años. Pero sí, hay que irse. Hay que irse cuando hay una dictadura sofocante como la de Franco. Y cuando uno se va, ya se ha ido. Llegar a Paris fue descubrir el abismo que tenía Barcelona en esos momentos. Salir de España fue como sacarme de encima un chapapote asqueroso. Y en Francia, aprendí catalán, inglés, árabe, turco…

-Usted defiende la hibridez ante la pureza. ¿Qué pasa cuando una cultura rechaza esa hibridez y se queda en la pretensión de pureza?

-El ejemplo de España, y el de una cultura que conozco bien como la árabe, son clarísimos ejemplos. En España había una riqueza literaria extraordinaria. La Inquisición y la presión y persecución a los conversos, de los racionalistas, de los protestantes, acabaron con la cultura. En el Siglo XVII, España era desierto. Algo parecido ocurrió con la cultura árabe en el siglo XIV, una cultura que era extraordinaria y entró en busca de la pureza religiosa y de lengua. En España, hubo limpieza étnica, y también limpieza lingüística. No hay que olvidar que (Antonio de) Nebrija fue el primer gramático que decía que la lengua es compañera del Imperio, sacó del idioma español muchas palabras de origen árabe. Hay 4000 palabras árabes en el castellano. E ideas como la asociación de testículos con huevo, o leche con el semen, vienen del refranero morero. Cuando se busca la pureza, la cultura se derrumba. La cultura española es fecunda cuando tiene interés sobre culturas ajenas. La falta de interés la lastra.

-Lo que ha pasado hace unos días en Melilla y Ceuta, lo que pasa estos días en Francia… ¿es por allí donde va Europa?

-El continente africano, sobretodo el norte de Marruecos, se ha convertido en lo mismo que Tijuana o el Río Grande. La frontera con el sueño americano, y con el sueño europeo. Esto es imposible de detener, lo están deteniendo por ahora, pero entrarán de otra manera.

-Y duplican las cercas, las elevan, las coronan de espinas… Usted se mofaba de esto hace poco en un artículo…

-Lo paradójico es que mientras estos subsaharianos, y el resto de africanos, intentan desesperadamente, entrar en el sueño europeo, poniendo en riesgo su vida, los que ya están en el sueño europeo están quemando automóviles. Es algo que hay que reflexionar seriamente.

-“Liberté, égalité, fraternité”, al final no es para todos…

-Significativamente, son las mismas leyes que aplicaron en 1955 con la población argelina en París, durante la guerra de Argelia, y no resultaron. El toque de queda, y todo esto, cuando yo llegué a París. Es exactamente igual…

La entrevista completa aquí.

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Mientras esperamos que se materialice el polémico pase editorial del año y Seix Barral publique Dublinesca, lo nuevo de Enrique Vila-Matas (“una novela que parodia lo apocalíptico, al tiempo que reflexiona sobre el fin de una época de la literatura”, según la oficina de prensa), pongo en la sección Entrevistas de Barrio Chino una que le hice hace muchos años, y que fue publicada en Argentina. Si bien fue citada en varios lados, hasta ahora no estaba disponible en línea.

Esta charla de dos tímidos fue con motivo de la publicación de Doctor Pasavento (Anagrama), en un ambiente propio de alguno de sus libros, en el que viajamos desde Suiza a la Córdoba de Barón Biza, sin salir de un hotel en Passeig de Gracia de Barcelona, bajo el signo de algún trago y el factor Walser:

-¿De verdad fue al psiquiátrico y pidió que lo internaran?

-Sólo tenía pensando ver el edificio del manicomio y los alrededores de Herisau. Pero mis amigas Yvette y Beatrix, sin consultármelo,  establecieron una cita con el doctor Kägi, el director. Al entrar en el despacho del doctor, yo no sabía qué podía decirle a ese hombre y por eso se me ocurrió pedirle que me internara por unos días para que pudiera saber cómo continuaba mi novela.

-No le creo.

-Debe creerme, es verdad…

“Me miro a mí mismo y veo a un escritor que funde su vida con la literatura”

“Me quejo de lo mucho que me impiden escribir cuando me persiguen para todo tipo de entrevistas, fotografías y otras zarandajas. Pero si alguna mañana en Barcelona no suena el teléfono en mi casa, me quedo muy inquieto y me pregunto aterrado si no se habrán olvidado de mí”

“La ironía crea escritores”

La entrevista completa aquí.

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Leer y releer El Quijote

“Llenósele la fantasía todo aquello que leía en los libros”

¿Y si todo fuera un sueño? ¿Si, finalmente, su locura no fuera más que un sueño, pura imaginería del mismísimo Sancho? Entonces nos daría que el ingenioso hidalgo, el caballero de la triste figura, no existió nunca,  ni aquí ni en la Mancha, ni en la delirada cabeza de Alonso Quijano.

La tesis le pertenece a Kafka, febril (re) lector del Quijote en la mesa más oscura del café Savoy de Praga. Escribió en La muralla china (Beim Bau der Chinesischen Mauer, 1917):

“…Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote”.

Agrega Kafka –una idea maravillosa- que Sancho, “hombre libre, pero en razón de cierto sentido de la responsabilidad”, envía a Don Quijote a las andanzas, a las más locas aventuras, sólo para seguirlo.

Ir tras el sueño. Los dos pordioseros de la epopeya, soñador y soñado, parten de Castilla al mundo, del siglo XVII a los Tiempos, de la locura a la belleza. Nunca un viaje duró tanto, ni fue tan hermoso. Y tanto duró, que aún lo seguimos viajando, subiéndonos a su galopar dulce, recorriendo las montañas, asombrándonos frente al mar. Surcar en gateras los molinos, otear el horizonte desde el lomo de un pasaporte vencido. Incluso en la España de hoy, donde llegan Quijotes en balsas y  en aviones y donde los abraza como una madre manca.

Encerrado en una cárcel de Sevilla, Miguel de Cervantes soñó la  historia de un hombre que pierde la cabeza, y busca la libertad entre “un loco noble y su vulgar escudero”, como dice Nabokov en su Curso sobre el Quijote. Durante siete años, el escritor rumió la historia entre sus pesadillas, luchando palmo a palmo con los malos recuerdos, recuerdos de la guerra, de la mano perdida, de las deudas presentes, del trunco viaje a América, de otras cárceles. A lo largo de los años, en la misma casa de Valladolid que cobija su chifladura y a sus sobrinas, putas de profesión, riñe tanto con la miseria, que su sueño de gloria con la pluma y la palabra se ahoga una y otra vez en los vinos de nieve. Pelea con las comas y les gana porque las quita. Y los puntos y coma, también. Pone mal los puntos… ¡en pleno Siglo de Oro! Escribe una vez “mismo” y luego “mesmo”. Le da igual “dozientas” que “duzienta”. Don Francisco de Robles, editor, le ofrece mil quinientos reales y promete más si el libro vende por lo menos mil ejemplares.

Hace calor, mucho calor en España, es 1604 y Miguel de Cervantes Saavedra acaba de fundar la novela. Y el road movie.

Y no bastan cuatrocientos años para que sus páginas insondables, infinitas, puedan retirarse (¿retirarse a dónde?). “Un libro que no cesa de decir lo que tiene que decir”, dijo Italo Calvino. Y es el Hombre, el hombre frente al hombre, mirándose en su Yo partido como espejitos de colores. Es la imaginación al poder, el sueño eterno de la vida, de alzarse ante el futuro en mirada sin yelmo. El andar.

Me gusta que se use el verbo quijotear como andar. Caminar al horizonte, por aquello de la utopía. Entonces, no dejamos de caminar con él, cruzando todas las fronteras, sin visas, para llegar quién sabe a dónde. No volvió a hacerse camino sin seguir la huella del Quijote, aunque el caminante no lo sepa. Nada volvió a escribirse, sin la sombra de la locura de Quijano. Si en todo poema épico está La Ilíada, en toda novela está el Quijote. “¿No es, acaso, Madame Bovary un Quijote con faldas?”, se pregunta Ortega y Gasset.

Cervantes traza el destino de los hombres, del hombre que sale al mundo, errante eterno, solitario pero jamás solo. En el otro, el compañero, puro reflejo del Uno, está el contrapunto. El que habla (grita) cuando callamos. Es tan auténtico el espejo como el modelo. Somos los dos, Quijote y Sancho, el que amanece cada día. Esto es pura literatura, dirán, pero ni Cervantes ni su personaje Quijano encontraron jamás la diferencia entre los libros y la vida. El Quijote ve el mundo según lo leyó. Y el sueño de uno de los dos, el mismo (¿Sancho o Quijote?), no produce los monstruos de la razón dormida. Llama a la valentía. Al honor perdido. Nuestro héroe empuña la espada con torpeza y se le ríen. Se le ríen para hacerlo eterno, como soñó Borges, que soñó con la fortuna de que un hombre como Cervantes se ría de nosotros. “Pero seamos optimistas y pensemos que podrá ocurrir”. Don Quijote sufre, en la melancolía eterna del que hace el camino de la vida.

Cuando las fronteras amenazan y la realidad abate, a quijotear. Y la incertidumbre de la existencia, ese laberinto, podrá alumbrarse con cada uno de las páginas del máximo libro. Leerlo (digamos, por fin, releerlo) será oír el sonido de una conciencia, de un sueño. De todos los sueños.

(Imágenes de la edición de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, ilustrado por el gran Rep)

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¨Contra la fugacidad, la letra. Contra la muerte, el relato¨ Tomás Eloy Martínez

Murió Tomás Eloy Martínez, una de las figuras imprescindibles de la literatura y el periodismo en Argentina. Murió por un cáncer que lo tenía en lucha desde hace años, él que sobrevivió a tantas cosas.

Comenzó su carrera periodística en el diario La Gaceta de la ciudad de Tucumán, donde nació en 1934. En Buenos Aires fue crítico de cine del diario La Nación, donde escribió sobre diversos temas hasta sus últimos días, jefe de redacción del semanario Primera Plana entre 1962 y 1969 (trabajando aquí entrevistó por primera vez a Juan Domingo Perón), fue corresponsal en París y en la década del 70 trabajó en dos medios míticos como el semanario Panorama y el diario La Opinión. Fue un periodista excepcional. Llevado por su talento, pero obligado por las circunstancias, narró la dictadura, su antes y su después, sus horrores e intríngulis como si fuera ficción. En la narración dio forma a la valentía y supo de la libertad imposible de las calles y las redacciones. Tuvo que exiliarse en Venezuela y México, donde fundó periódicos. Fue profesor en la universidad Rutgerts de Nueva Jersey, a cargo de un programa de Estudios Latinoamericanos, y fue uno de los creadoores de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside su amigo Gabriel García Márquez. Amistad que se remonta a los años 60 cuando la revista que dirigía en Buenos Aires Martínez, Primera Plana, había puesto en portada la foto de un colombiano desconocido , que acababa de publicar Cien años de soledad, y que en pocos días se había convertido en la más vendida de Argentina. Tomás Eloy Martinez, fue también, vaya mérito, el que inauguró la corriente de elogios del Nobel.

Su paso natural del periodismo a la literatura se dan en tres libros inmensos, vivos e ineludibles: La pasión según Trelew, el libro que cuenta en diferentes versiones los asesinatos de los militares en la Patagonia, libro que ardió junto a otros textos ¨subversivos¨ en las hogueras de la dictadura en Córdoba; La Novela de Perón y Santa Evita, el libro argentino más traducido en el mundo. Estos tres libros tienen la llave para empezar a intentar comprender ciertos aspectos de la vida política argentina. La novela de Perón y Santa Evita, ficciones realizadas a partir de entrevistas con el propio caudillo y una exhasutiva investigación periodística tras el cuerpo embalsamado y desaparecido de Evita, se han convertido en clásicos de la literatura argentina. La clave puede estar, según Beatriz Sarlo en que ¨La novela de Perón, junto a Respiración artificial de Ricardo Piglia, Nada que perder de Andres Rivera y Cuerpo a cuerpo, de David Viñas, se remiten a la historia como lugar donde el estallido de las certidumbres y el desquiciamiento de la experiencia puedan buscar un principio de sentido, aunque al mismo tiempo, ese sentido se presente a la narración como un enigma a resolver, o el mosaico cuya figura secreta el movimiento de la ficción desea percibir mientras que desespera de lograrlo¨.

De La novela de Perón, cuenta el propio Tomás Eloy Martínez:

Esta es una novela donde todo es verdad. Durante diez años reuní millares de documentos, cartas, voces de testigos, páginas de diarios, fotografias. Muchos eran desconocidos. En el exilio de Caracas reconstruí las Memorias que Perón me dictó entre 1966 – 1972 y las que López Rega me leyó en 1970, explicándome que pertenecían al General aunque él las hubiera escrito. Luego, en Maryland, decidí que las verdades de este libro no admitian otro lenguaje que el de la imaginación. Así fue apareciendo un Perón que nadie había querido ver: no el Perón de la historia sino el de la intimidad.

Juan Cruz, en una entrevista que publicó El País, le comenta que en América Latina se estaba haciendo el nuevo periodismo que recién se estaba inventando en Estados Unidos. Y Martínez responde:

Creo que además entre nosotros nació por instinto, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer novelas y por estar disconformes con el modo que se tenía de narrar la realidad. ¿Por qué no podemos narrar en periodismo como en las novelas? En dos de mis primeras novelas trabajo el nuevo periodismo: en La novela de Perón narro de modo novelesco una investigación muy seria, y en Santa Evita decido invertir los términos del nuevo periodismo. Si en la primera había contado, con los recursos de la novela, lo que me parecía periodísticamente cierto, en Santa Evita narro con los recursos del periodismo una ficción absoluta, y la gente se la creyó.

El origen de La novela de Perón se remonta a 1966, cuando Tomás Eloy Martinez estaba en Madrid, armando una nota sobre españa a treinta años de la Guerra Civil, mientras en Argentina los militares estaban a punto de dar un nuevo golpe. Martínez había acordado con su jefe en Buenos Aires, que si sucedìa el golpe, iría a entrevistar a Perón, exiliado en la capital española. Le llegó un telegrama con la frase `traiga marcha militares´, que en clave lo decía todo. Se pasó la mañana llamando a Puerta de Hierro, residencia de Perón, sin suerte, hasta que finalmente un allegado le arregló la cita para esa misma tarde. Estuvieron tres horas encerrados en el despacho del General. Éste bebía té y jugos de naranjas, estaba animoso, fumaba sin parar y vestía un pantalón blanco cuya pulcritud cuidaba al sentarse, dice la crónica. Salió de la entrevista buscando un correo para mandar un telegrama con el texto. Estaba satisfecho y contecto. En la madrugada, lo despertaron en el hotel para decirles que Perón negaba todo lo dicho y que estaba muy disgustado con él. La policía franquista había interceptado la nota y se la había llevado a Perón.
Martinez en pijamas llamó ahí mismo a los periodistas de guardia de las grandes agencias de noticias, para confirmar la entrevista haciéndoles escuchar fragmentos de sus grabaciones. Así fue como al otro día, las palabras del General, su desmentida y la confirmación del periodista se publicaron juntas en varios diarios de Argentina. Tres días después, hombres de Perón volvieron a buscar a Martínez.
-El general quiere agradecerle todo lo que hizo, y decirle que está muy satisfecho con su comportamiento.
Martínez terminó de confesar lo que sospechaba: que Perón lo había usado para difundir algo que no podía decir oficialmente. Cuatro años después, volvió a llamar a Martínez para armar una versión de sus memorias. Todo esto lo cuentan Eduardo Anguita y Martín Caparrós en La Voluntad, tomo I)

Algunos otros libros de Tomás Eloy Martínez son: Lugar común la muerte (1979); La mano del amo (1991), El vuelo de la reina (2002, Premio Alfaguara de Novela); El cantor de tango (2004) y Purgatorio (2008). Recibió el premio a la mejor novela extranjera de People’s Literary Publication House, en Beijing-Shanghai. En 2005 Tomás Eloy Martínez fue finalista del Man International Booker Prize por el conjunto de su obra.

Actualmente era columnista de La Nación, El País y el New York Times.

Su texto al recibir el Premio Ortega y Gasset sobre la labor del periodismo puede leerse aquí.

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Los entusiastas seguidores de Juan Villoro agradecemos esa lectura privilegiada de la realidad que lo hace único, su ocurrencia desbordante y esas frases que conducen a la felicidad de la reflexión. Villoro, cronista de fútbol, de rock, de literatura, de México, premiado autor de novelas, de cuentos, de literatura infantil, recién estrenado dramaturgo y ensayista multifacético, es capaz de observar como pocos un lugar y un tiempo preciso: el suyo, que es el nuestro.

Acaba de recibir el Premio Internacional de Periodismo Rey de España en el apartado Iberoamericano por una crónica sobre la cultura narco en México, publicada en El Periódico de Catalunya, y que puede consultarse aquí. Se enteró esta mañana, cuando fue a llevar a su hija al colegio y otro padre le dijo que acababa de oír la noticia en la radio.

“Hay una cierta cultura del narco en la calle, en los informativos, en las canciones (con los narcocorridos), que pueden dar una cierta apariencia de normalidad a lo que en ningún modo debe serlo”, dice Villoro en esta crónica que también publicó en la revista colombiana El Malpensante. Y luego: “La descarada tendencia de la época a la satisfacción exprés se ha aliado en México con la impunidad. En el mundo narco, la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas carecen de sentido en ese territorio. Solo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, joyas que parecen insectos de la Amazonia, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa.”

No es el primer premio que recibe por sus textos periodísticos -otros importantísimos, como el Anagrama,  ha ganado por su ficción-, y es un reconocimiento a un compromiso con el lenguaje y un punto de vista brillante, inteligente, certero y tan poco frecuente.

Conocí a Juan Villoro en la mesa del bar Wembley de Barcelona donde semanalmente un grupo de jóvenes y expatriados (y expatriados no tan jovenes) se arrinconaban en silencio oyendo sus análisis del futbol del domingo, la ontología heideggeriana o las anécdotas más alucinantes del DF,  esa ciudad que quedaba lejos de los catalanes, pero que en esa mesa de este bar encontraba su más efectivo consulado. Él aprovechaba el invierno europeo para cubrirse con un abrigo rojo que era la envidia de Vila-Matas.

“¿Sabes por qué se llama así este bar?” me dijo en cuanto nos vimos; y comenzó a explicarme que en el estadio de Wembley el Barça había jugado un partido histórico y etc.

Hablamos de varias cosas (cualquier plática con, o mejor dicho de Villoro sobre-lo-que-sea puede ser brillante): Borges, Alemania, Piglia, Maradona y por supuesto, México. Esta ciudad era para mí una perfecta y fascinante desconocida. México, ya lo leía entonces, fungía y funge como escenario obsesivo de Villoro, al que vuelve en cada texto. Y a estas alturas, creo que ya no sólo es escenario: este lugar donde la imposibilidad, el cruce al otro lado de lo que sea, la amenaza del futuro, la latinoamericanidad in extremis, se convierte sin querer queriendo en personaje de la obra de Juan Villoro.

Le pregunté cómo era posible escribir una ciudad. Me respondió:

-En mi caso, describir la ciudad de México es un gran desafío. La cuidad de México desafía la experiencia humana. En 1958, Carlos Fuentes todavía pudo intentar un relato totalizador con La región más transparente, en donde la ciudad es el protagonista absoluto del texto y tiene confines bastante determinados. Esa es la época donde yo nací. Yo nací en el 56, y la ciudad tenía cuatro millones de habitantes. Ahora tiene posiblemente 18 o 20 millones, ni siquiera sabemos cuántos, y nuestro margen de error es de dos o tres millones, el tamaño de una capital europea. En este principio de incertidumbre que determina la ciudad creo que una de las cosas más difíciles e intentar un relato totalizador.

A mi me gusta mucho la expresión de los topógrafos aéreos que es “mancha urbana”, porque describe un poco la forma sin forma de una ciudad como el DF. El DF es una mancha. Entonces, creo que uno de los desafíos narrativos es tratar de inventarle un sentido a una ciudad que aparentemente no la tiene porque desde el punto de vista urbanístico y ecológico, la ciudad de México no debería existir. Es una ciudad que realmente se alza contra la razón, en un hacinamiento de personas, con enorme contaminación, inseguridad, etc. Y sin embargo, queremos estar ahí.

Nos seguimos viendo, por muy diversas razones y acabamos compartiendo ciudad y vecindario, bares y libros, y una amistad que a mi me da orgullo. Felicidades, Juan.

(Fotografía Pepe Encinas, gentileza Anagrama)

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México: el autor de Huesos en el desierto analiza el fenómeno de los “narcodecapitados”.

El hombre sin cabeza, Sergio González Rodriguez, Anagrama, 2009

El Ángel de la Independencia, el monumento donde están sepultados algunos héroes nacionales como el decapitado Padre Hidalgo, se erige 42,7 metros desde el Paseo de la Reforma sobre la ciudad de México. Su altura es la misma que tendría una torre de cabezas humanas apiladas una a una; las 170 cabezas que rodaron en este país en 2008.

En El hombre sin cabeza (Anagrama), Sergio González Rodríguez busca con datos como éste comprender lo incomprensible. Luego de la extensa investigación sobre el feminicidio en Ciudad Juárez (Huesos en el desierto, Anagrama), la nueva obra del escritor y periodista se desarrolla en un espiral sin fin: lo que comienza como un intento de explicar el fenómeno de los narcodecapitados, acaba en una sociografía del horror.

En el año 2008 hubo en México cinco mil doscientos ejecutados, un promedio de diecisiete secuestros por día y al menos ciento setenta decapitados. Según este libro, el índice de impunidad total de los delitos a términos estadísticos, es de un 99%. Sergio González Rodríguez repasa los guarismos con oficio. Si por momentos falla como cronista, el pulso ensayista del autor a veces raya la brillantez. “Las decapitaciones –dice el autor- son el signo mayúsculo del ascenso de la violencia del crimen organizado, el narcotráfico y su papel disolvente; un llamado a implantar la barbarie (…) el desmembramiento social, el deshuase orgánico de una comunidad en manos de la violencia que permite al miedo configurar el tramado de convivencia con el que a partir de entonces contiene y trasciende, y a la vez anestesia contra el dolor y obliga a cancelar la memoria: paraliza y autocomplace, en beneficio del horror”.

El hombre sin cabeza traza un recorrido histórico de la práctica de cortar cabezas. Puede leerse como un cuento de cómo todo fue poniéndose peor: de la cabellera de serpientes de la Medusa a los últimos ritos narco, pasando por la Revolución Francesa. Lo que comenzó hace 7 mil años A.C. en lo que hoy es Turquía, continúa ahora mismo en alguna ciudad de México. El arte, la literatura, el periodismo, la fotografía también se han ocupado de este tema. El horror mismo que dialoga con la belleza: de Benvenuto Cellini a Mishima y a Joel-Peter Witkin, el autor de la imagen de portada. La muerte violenta “un goce magnífico, casi un espectáculo”, según Mishima.

Este libro es también una reflexión sobre el cuerpo como cicatriz y escritura, y la muerte omnipresente que calla las palabras. En el tema elegido por González Rodríguez confluye la fascinación que siente por los submundos y su obsesión por el cuerpo mutilado, tal como lo ha demostrado en trabajos anteriores. Hace su propio recuento: “llevo en mi cuerpo cicatrices y prótesis en el codo, en el antebrazo y en el tobillo hasta la rodilla producto de operaciones quirúrgicas por golpes, fracturas y caídas. También otra cicatriz en la cabeza por una trepanación curativa. Y tengo prótesis en el otro brazo, en los ojos y en el oído. Soy lo que se llama una persona normal”.

Todo el valor del libro está en decir lo indecible. En poner palabras a los hechos y revertir la idea del propio Mishima: “la carne ya estaba estropeada por las palabras”.

A lo largo de los cincos capítulos en los que se estructura el libro, se inmiscuye en un desorden adrede una apuesta personal –catártica-, una expurgación de fantasmas familiares en el intento de percibir un mal general. Pero ante una realidad que sepulta definitivamente la ficción (quién pudiera en la narrativa mexicana actual imaginar un diálogo como el del decapitador), el autor describe, relata, muestra datos como quien pasa fotografías, da cuenta de la impunidad y de la corrupción, busca señales y sigue un no siempre metafórico rastro de sangre.

En su reconocido texto sobre un poema de Paul Celan, Jacques Derrida refiere una historia del Antiguo Testamento, en la que el ejército de Jefté obliga a sus vencidos efraimitas a pronunciar la palabra de origen hebraico “shibboleth” como contraseña para cruzar el río y salvar sus vidas. Los de Efraín no poseían en su dialecto el sonido schi, por lo que esta diferencia, esta imposibilidad, era aprovechada por los soldados de Galaad para degollarlos. “La palabra importaba menos por su sentido (río, arroyo, espiga de trigo, ramilla de olivo) que por la manera en la que se pronunciaba -dice Derrida-. La relación con el sentido o con la cosa se encontraba suspendida, neutralizada, puesta entre paréntesis: lo contrario por así decir de una ‘época’ (‘époque’) fenomenológica que ante todo conserva el sentido”. Hace un par de años, la Galería Tate de Londres expuso una enorme grieta de 167 metros de la escultora colombiana Doris Salcedo, llamada, como el poema de Celan, Shibboleth. La intención de la artista, según declaró, es similar a la del poeta: “una referencia al duelo permanente”. Una demostración de la impotencia de lo innombrable, la suspensión de sentido ante la muerte y la posibilidad final de decir para rehumanizar la vida desacralizada. La grieta, como pudo verse en esta obra de Salcedo, puede ser una marca omnipresente pero invisible, trozos de horror que encontramos en todas partes, en cualquier lugar. Nombrar la grieta, darle sentido, exponerla como herida es dar sentido al imaginario, recuperar la “época fenomenológica” que reclama Derrida.

Sergio González Rodríguez ha dado con su propia fenomenología, un país entero en forma de grieta insondable, un lugar en el mapa con nombre y apellido: Pozo Meléndez, también conocido como Boca del Diablo, en la carretera de Acapulco. Un lugar, un espacio que funge como vertedero de cuerpos asesinados y mutilados, alegoría de este México de comienzos de Siglo que devora todo a su alrededor, “destino ideal para el hombre sin cabeza”. Una grieta es todo lo contrario a un puente: “es un tajo que impide transcurrir la vida”.

Publicada en España.

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Una luna, Martín Caparrós, Anagrama, 2009

¿Es posible seguir llamando crónica a lo que hace Martín Caparrós? A la vista de cada uno de sus libros de viajes –Larga distancia (1992/2004), Dios mío (1994), La guerra moderna (1999), El interior (2006)– puede decirse que con cada uno de ellos viene moldeando un estilo personal, mezcla de muchos estilos, y una voz única que da forma a una especie de nuevo-nuevo periodismo. El argentino Caparrós (Buenos Aires, 1957) es heredero de una tradición que incluye tanto a Sarmiento como a Kapuscinski, a Capote, a García Márquez y a Martínez, y por algo frecuentemente es considerado el mejor cronista en lengua española. Su último trabajo, Una luna, publicado primero como livre d’amis (“cotillón” de cumpleaños número cincuenta para amigos) y que ahora edita Anagrama, es la cara literaria de un encargo de Naciones Unidas para contar la vida de jóvenes migrantes del Tercer Mundo. En los veintiocho días del ciclo lunar Caparrós salta de país en país en busca de las historias de este nuevo libro que él llama no de crónicas sino “diario de hiperviaje”. Una luna constituye el relato íntimo del paso por nueve ciudades: de Kishinau a Monrovia, de Barcelona a Johannesburgo y Ámsterdam, Lusaka, Madrid, Pittsburgh y París. Un recorrido por un puñado de vidas al límite, historias que resumen lo peor y lo mejor de este mundo, y que tienen en Caparrós un observador exquisito, un cazador que viaja para escribir y escribe para entender; un escritor que ha reinventado la crónica periodística para hacerla aún más grande, más ambiciosa, y que pueda –por fin– medirse con la novela.

El libro comienza en un avión con la proyección de una película basada en una novela de conspiraciones de Le Carré. Detalles como este le permiten al autor desplegar una serie de reflexiones sobre lo que sea, la nieve, París, la Historia, la luna llena, el capitalismo, el comunismo, el viaje. En apariencia estas digresiones son casuales, pero en realidad dan forma al esqueleto sobre el que se construye su crónica: “Viajar sigue siendo un gesto de desesperación: rozar, por un momento o unos días, todas esas vidas que nunca podré”; “Viajar es la confesión de la impotencia: ir a buscar lo que te falta a otros lugares”; etcétera.

En esta bitácora de viaje estructurada en nueve capítulos –nueve ciudades– Caparrós parte de Francia para reunirse con jóvenes cuyas vidas se han visto marcadas por la migración. Las historias son terribles y perturbadoras. Uno de los encuentros es con Natalia, una joven campesina moldava vendida por su marido a una red de prostitución extranjera; otro es con Richard, un niño exiliado de las guerras civiles de Liberia, testigo de masacres, de la desaparición de su familia y de cómo se comieron a su abuela. De los quince grados bajo cero en la ex Unión Soviética a los 35 sobre cero en África; unas pocas horas de vuelo, una joven violada, un niño soldado: el mismo horror. A este ritmo le siguen Ámsterdam, donde una holandesa hija de marroquíes cuenta lo propio, luego El Salvador de Freddy, un mara; la España de Koné y Adama, dos jóvenes de Costa de Marfil y Burkina Faso que demoraron años en llegar a Europa “para nada”; Edna, seropositiva en Zambia, esposa, madre, hermana de seropositivos en un país donde uno de cada cinco lo es. Y finalmente Kakenya, una muchacha enviada por su tribu a estudiar a Estados Unidos. Hábil entrevistador, Caparrós arranca confesiones estremecedoras del tipo: maté, violé, me violaron, me quiero morir, o quiero ser presidente. Desde el principio, el lector se ve consternado por estas vidas, y el autor siente el peso de las narraciones y afirma que “cada historia nueva se posa sobre el suelo pedregoso de las anteriores, y es cada vez más roca, más rasposa: más el mundo como una hostilidad, noche sin luna”.

Como una definición del periodismo de viaje, explica su trabajo: “pensar y preparar durante semanas algún tema, viajar uno o dos días desde la otra punta del mundo, encontrarse con quienes me van a permitir el acceso a esa persona, organizarlo, leer sobre el asunto, preparar preguntas, dormir en hoteles donde hablan en idiomas, mirar televisiones imposibles, comer polentas que no son polentas, frutas guarangas, quesos excesivos y, de pronto, en una hora tres cuartos, dos horas, cuatro horas, jugarse todo en una entrevista”.

Los textos de Caparrós no tienen nada que ver con la mayoría de las crónicas onanistas que han florecido en los últimos años. Si propongo esta distinción, es para comprender que el (inevitable) egocentrismo del autor no es mero egoísmo (subterfugio muy normal en el tipo de crónica-reportero-vive-la-experiencia-del-reporteado), sino una excusa que permite entender; entender para ponerse en entredicho y con él a su interlocutor, y finalmente al lector. Su estilo es frontal, íntimo, astuto: “Anoche cené foie gras y fue en París; esta noche, polenta con queso en Kishinau, capital de Moldavia. Hay algo en esos saltos que me atrae más que nada.” Caparrós obliga a leer entre líneas, atrapa al lector y lo arrastra al centro de las historias, a la perturbación del mundo, a la provocación de la duda. Lo lleva de viaje. ~

Publicada en México (Letras Libres)

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Archivo: entrevista al dos veces ganador del Booker Prize Peter Carey

-En sus libros abundan historias reales perfectamente documentadas llenas de datos ficticios, ¿cree que este equilibrio entre lo auténtico y lo que usted llama fraude, es uno de los rasgos más destacados de su obra?

-Puede ser. Me interesa el equilibrio entre lo verdadero y lo falso a cierto nivel, pero a otro nivel puedo contradecirme. De todas maneras, ambas ideas parecen formar parte de una identidad que no es el mero fraude o la autenticidad, que va más allá. A mi me cuesta dos o tres años escribir un libro y no pretendo llegar a un hecho real; lo que quiero, sobre todo y más que nada, es llegar a algo nuevo, inventar palabras, gente que desconozco, hechos que me reinvento del todo, trajes, ropas, expresiones, maneras que nadie conoce. Puedo partir de una anécdota o de cualquier objeto que haya a mi alrededor, pero todo lo demás es puro proceso de creación. Por ejemplo, la casa de Robo. Yo viví en esa casa, y ahora pongo allí al protagonista, Butcher Boone. Pero a él no la sirve, la destruye, vive en ella como un bándalo. Yo amo esa casa. Esa casa existe, está al lado del río Nevernever, y en el río está el pato, el mismo pato de la novela.

click aquí: www.barriochino.wordpress.com/entrevistas

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Archivo:  entrevista al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique.

-¿Qué pasó con el boom?

-El boom latinoamericano se acaba cuando se separan Simon & Garfunkel, y dejan de hacer su insoportable versión de El cóndor pasa. En aquellos años, Paris estaba fascinado con lo indigenista, y bastaba con ser latinoamericano para estar de moda. Estaba Atahualpa Yupanqui, pero también una cantidad de grupos con quenas, charangos, y arpas de pésima calidad que tocaban todo el tiempo El cóndor pasa. Era insoportable. En la universidad tenía que hablar todo el tiempo de lo andino.

-¡Y usted iba vestido con un poncho!

-Era muy gracioso. Yo no sabía usarlo, una vez casi muero ahorcado en el metro, porque la puerta me atrapó el poncho. Pero tenía mucho éxito cuando me lo ponía.

-¿Éxito con las mujeres o como profesor?

-¡Con las mujeres, con las mujeres! Morían por un indiecito! Todas mis alumnas eran europeas gauchistas, de izquierdas, y estaban fascinadas con los indios latinoamericanos.

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Archivo: entrevista a John Banville

-Dicen de Usted que es el heredero de Nabokov…

-¿Lo soy?

-Tiene fascinada a la crítica…

-La mejor crítica que he recibido fue una vez paseando por la calle. Se me acercó un hombre en su bicicleta, yo pensé que me iba a asaltar, y me gritó: ¡de puta madre! Llevaba El libro de las pruebas. No leo las críticas, no me interesa. Yo hago mi trabajo. Y mi trabajo consiste en algo denso y exigente, como la poesía. El poema es el único tipo de arte que no puedes ignorar. Lo tomas o lo dejas. Mientras miras un cuadro en una galería, puedes pensar en la cena, pero con el poema no puedes. No hay arte si no lo haces apasionadamente, la pasión hace las cosas densas. Y densidad no es complejidad ni solemnidad. Trabajo mucho para que mis frases sean claras. La frase es el mayor logro de la humanidad. Es un privilegio poder escribir una frase.

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PORTRAITS-DECRIVAINS-MEXICAINS-Gallimard

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Vila-Matas estaba a punto de incluirlo como un Barterbly más de la literatura latinoamericana. Cuando muchos pensaban que su destino literario había tomado un perfil similar al de una rocola con puras canciones de Lavoe en un pub de mala-muertes y buenas-niñas en Bogotá, Santiago o Lima, Iván Thays puso el último punto a una novela que, hoy se anuncia, quedó finalista del Premio Herralde, cuyo premio mayor ha quedado en manos del escritor mexicano Daniel Sada, con su novela Casi nunca.

Son muchos, por antagónicas razones, los que esperan esta nueva novela de Iván Thays. No sabemos si será el secreto mejor guardado o la joya peruana escondida, pero sí que hay en este escritor un punto de vista interesante, rico, bien alimentado de fantasmas y lecturas, un entrecruce de territorios y generaciones que le han determinado una posibilidad , una toma del lugar, de un espacio que le corresponde, un decir propio, que ya ha merecido este y otros reconocimientos.

Según parece, esta novela se ha cocido durante años, amenazada por los miedos, la abulia y cierto fetichismo, pero supongo que a la vez está enriquecida versión tras versión por el leit motiv de su personaje anterior -también escritor-, que confiesa: “Tengo todo el tiempo del mundo para demorarme en un adjetivo, para limar una aspereza, para rizar un rizo”. Este personaje de su libro La disciplina de la vanidad (Ed. PUCP), le permitió a Thays ver la profesión desde un espejo desdeñoso, es decir ver más allá de ese momento en el que alguien se sienta a escribir, y escribe. De todo eso, que en definitiva no tiene nada que ver con la literatura, hizo literatura. De la afectación de los escritores que surgen a diario o de los que no se mueren nunca, pero que llenan festivales, simposios y encuentros, antologías, bares y tiendas de ropa a la última moda, Thays detectó material para su libro de juventud. Con esta novela ganó algunos premios y se lo vio en cuanto festival, simposio, encuentro, antología, bar, o tienda de ropa hubiera por ahí.

Iván Thays, a pesar de su profusión maniática por alimentar -más o menos a diario- el blog literario en español mejor informado, va diciendo que es un escritor que no escribe, que lleva años hablando de la misma novela, y responde que no tiene ninguna respuesta a la pregunta que más tortura a los escritores: ¿Qué está escribiendo en este momento? Mientras, anota puntilloso ideas de las que se arrepiente al otro día, pero con las que al menos llena libretas (Moleskines).

Por fin se develó el secreto: Un lugar llamado oreja de perro, la nueva novela de Iván Thays, finalista del Premio Herralde de Novela 2008. Felicidades, Iván.

Fragmento de la entrevista a Iván Thays realizada en Colombia, con motivo del Hay Festival, Bogotá 39:

-¿Qué has aprendido como escritor?

-A desconfiar.

-¿Visto de cerca, cómo es un escritor?

-Un hombre con un oficio que sabe que al final, será un vano oficio. Así lo dice Cernuda en La gloria del poeta, o Flaubert citado por Julian Barnes, cuando compara al escritor con un sujeto que pretende hacer música para conmover a las estrellas y sólo consigue hacer bailar a los osos.

-¿Qué es lo peor de un escritor?

-La vanidad literaria se contrapone a la soberbia. Y las comparo con muchachas. La chica soberbia es la que sale de su casa sin mirarse en el espejo. La chica vanidosa es insegura, se arregla mil veces, nunca termina de combinar la ropa. Los escritores soberbios son aquellos que piensan que sus temas son tan imprescindibles para la humanidad, la sociedad, la vida de los demás, que simplemente escriben sin fijarse en los detalles. Los escritores vanidosos son los que acarician los detalles, como diría el fantasma de Nabokov, con quien me encuentro a veces en una torre en Elsinor.

-¿La vanidad es necesaria para negociar con el editor, para salir mejor en la foto…?

-…La vanidad es necesaria para escribir un buen libro. Cuando uno escribe un buen libro siempre sale bien en las fotos.

-“Me invitan a todos lados, pero nadie me ha leído”, ¿Qué hace un vanidoso con esa frase?

-La cuelga como lema en la cabecera de su cama. Es el mejor escenario posible para escribir en paz, sin presiones, sin rutas impuestas, sin expectativas.

-¿Cómo es el espejo de un escritor?

Hay tantos como escritores. El mío es el revés del de la madrastra de Blancanieves. Me dice lo mal que me ha salido todo, que no deje de corregir, que he fallado otra vez, que no publique nunca más, que empiece todo de cero. Y al final, al verme abatido, me dice que al final vale la pena insistir y me manda a la cama.

-¿Se animaron a leer La disciplina de la vanidad tus amigos escritores?

-Lo leyeron con técnicas detectivescas y luego me invitaron a innumerables cenas, subí 14 kilos que he demorado 7 años de silencio editorial en bajar para preguntarme, entre el postre y el café, “¿soy yo?”

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Día de muertos en México

Homenaje a Octavio Paz, que así por fin lo quieren: bien muerto.

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Ítalo Calvino: “Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que sólo la literatura, con sus medios específicos, puede dar” Seis propuestas para el próximo milenio.

Marcel Proust: “Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que otro ve de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes no serían tan desconocidos como los que puede haber en la luna” À la recherche du temps perdu.

Francis Bacon: “La lectura hace a un hombre completo, la conversación hace a un hombre alerta, y la escritura hace a un hombre cabal”. Of Studies, Essays.

Aristóteles: “Representar es una tendencia natural de los hombres -y éstos se diferencian de los otros animales en que son seres muy propensos a representar y que comienzan a aprender mediante la representación- como la tendencia, común a todos, de encontrar placer en las representaciones”. Poética.

Paul Ricoeur: “La novela es irremplazable para configurar la experiencia humana, empezando por la experiencia del tiempo”.

Jean Paul Sartre: “El quehacer literario – incluso si no existe libro alguno que haya impedido a un niño morir- tiene el poder de permitirnos escapar de las fuerzas de alienación o de opresión” Que peut la littérature?

Henri Bergson: “Hay desde hace siglos hombres cuya función consiste precisamente en ver y en hacernos ver lo que no percibimos de forma natural. Esos hombres son los artistas”. La pensé et le nouvant.

Roland Barthes: “La literatura no permite andar, pero permite respirar”. Ensayos críticos.

Samuel Johnson: “La única finalidad de la literatura es hacer a los lectores capaces de gozar mejor de su vida, o de soportarla mejor”. Review of Soame Jenyns.

T.S.Eliot: “La cultura puede ser descrita simplemente como aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida”. Notas para la definición de la cultura.

Harold Bloom: La respuesta definitiva a la pregunta ‘por qué leer’ es que sólo la lectura atenta y constante proporciona desarrolla plenamente una personalidad autónoma”. Cómo leer y por qué.

Milan Kundera: “La novela desgarra el telón de los prejuicios”. El telón.

de ¿Para qué sirve la literatura? de Antoine Compagnon, Acantilado (2008), trad. Manuel Arranz

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Editorial Acantilado publica estos días en España el nuevo libro de Antoine Compagnon, surgido de la lección inaugural de la cátedra de Literatura Francesa en Collège de France. El libro se origina con una duda fractal que no deja de multiplicarse y reproducirse en todo el ensayo. Compagnon se pregunta, y su pregunta da título al libro: ¿Para qué sirve la literatura? En estos tiempos, ¿para qué enseñar literatura? ¿Qué sentido tiene la literatura a estas alturas? Compagnon lleva más de 30 años dando clases (en la Sorbona y en la Universidad de Columbia de Nueva York)  y como nunca, ve amenazado el sentido de su doble profesión de maestro-escritor.

Ya no es patrimonio exclusivo de las novelas la iniciación moral, ni la educación sentimental. El papel de la literatura en la sociedad se empobrece día a día: en las escuelas está siendo sepultada bajo textos documentales; el periodismo gráfico contempla mustio el deceso de sus propias páginas literarias (junto al resto). Y en el ocio, la avanzada digital y audiovisual reduce el tiempo dedicado a la lectura.

Ante este panorama, el autor se pregunta para qué sirve la literatura con esa carga filosófica -no exenta de angustia- que lleva a preguntar para qué sirve la vida.

Pero… ¿ servir? ¿Puede la literatura, el arte, la vida… servir para algo? Como un equilibrista, Compagnon evita la noción utilitarista del término y reflexiona sobre si la literatura ha llegado a un camino sin salida ni continuidad. Lo hace motivado por el aporismo. La amenaza del fin, la sensación de sinsentido, el camino acabado de las letras, el miedo de toda pluma ante la pistola de Los Soprano.

¿Es que la literatura ya no sirve para contar la aventura del alma humana?  “La verdad es que las obras maestras de la novela contemporánea dicen mucho más sobre el hombre y la naturaleza que algunas obras de filosofía, historia y crítica”, escribió Émile Zola, quien nunca vio Lost. ¿Una serie de televisión es todo lo que podíamos esperar como reflejo de los hombres? Acaso el siglo XXI, el que será de Google o de no será de nadie, tenía esta sorpresa deparada apenas en su inicio.

¿Hasta aquí hemos llegado? ¿Esto fue todo, amigos? El autor de Los antimodernos colecciona una serie de buenas preguntas con respuestas inscritas a medio camino entre el optimismo y la noción heiddegeriana del ser. ¿Va a seguir la literatura? ¿Va a seguir… simplemente-porque-sí?

Para disipar su duda, Compagnon hace un repaso de la enseñanza de la literatura en Francia (y por extensión en gran parte del mundo). Desde finales del Siglo XVIII su sillón del Collège lo ocupó Jean-Louis Aubert, Antoine de Cournand y Francois Andrieux; y ya en el siglo XX Paul Valéry, Roland Barthes y Marc Fumaroli, entre otros. Unos y otros, dirimieron sus clases entre la historia, la teoría o la crítica.  A la tensión secular de texto y contexto o autor y lector, Compagnon pretende dar un paso adelante.

Cuestiona, con Valéry, la tradición historicista de la enseñanza literaria: “La biografía, las costumbres, las influencias, son los medios de disimulo que se otorga a la crítica para ocultar su ignorancia de la finalidad y del tema”, a decir el autor de Cementerio marino. Pero también discute la vertiente teoricista. Y propone una lectura que supere esta tensión y descanse en ambas a la vez. El proyecto de Compagnon, entonces, es dejar atrás dicotomías que entiende impotentes, sólo para sumar teoría + historia (como “maneras”) + crítica (como “razón de ser”) e intentar entender ya no el presente de la literatura, sino el futuro. De esta manera, tal vez pueda ayudarnos a responder la duda que da título al libro: La littérature, pour quoi faire? ¿Hay realmente todavía cosas que sólo la literatura puede procurarnos? ¿La literatura es indispensable o, por el contrario, es reemplazable?

Se supone, a muchos les encanta decir, que la vida es más agradable, más rica para aquellos que leen que para los que no.

Leer porque sí. “En lo sucesivo -dice Compagnon- la lectura deberá estar justificada, no sólo la lectura corriente, la del lector, las del hombre de la calle, sino también la lectura culta, la del intelectual, la del profesional”.

Leer, por qué no. La finalidad sin fin de Kant. El futuro no es imposible, desea Compagnon. La muerte de la literatura se anuncia año a año y aquí estamos. Pero ahora, valdría aclarar, HBO ha puesto manos en el asunto. Hace pocos días El País publicó un reportaje que comenzaba así: “¿Quiere usted disfrutar de una buena historia? Cierre el libro, póngase cómodo y encienda la televisión. Sí, la televisión”.

Buenos tiempos para los apocalípticos, sobre todo hoy, que dan Six feet Under.

En conclusión, es hora de volver a hacer elogio de la lectura, defenderla en la escuela y en el mundo, apunta Compagnon en ¿Para qué sirve la literatura? y cita a Calvino: “Las cosas que la literatura puede buscar y enseñar son pocas pero insustituibles: la forma de mirar al prójimo y a sí mismo, de atribuir valor a las cosas grandes y a cosas pequeñas, de encontrar las proporciones de la vida, el lugar que en ella ocupa el amor, así como su fuerza y su ritmo, y el lugar que corresponde a la muerte, la forma de pensar en ella o de  no pensar en ella. Y otras cosas necesarias y difíciles, como la duración, la piedad, la tristeza, la ironía y el humor”.

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La primera entrevista que hice a un escritor fue a Andrés Rivera. Yo acababa de leer La Revolución es un sueño eterno, la novela que marcaría de manera particular a muchos que en aquellos momentos teníamos preguntas sobre la Historia argentina, sobre la literatura y el estilo.

Rivera estaba instalándose en una barriada de Córdoba, pensando que podía sentarse a escribir más o menos a salvo de los ruidos de la capital y los de su propia historia. Empecé a preguntarle por el libro (acababa de ganar el Premio Nacional de Literatura), pero cautivado por su personalidad (a priori seca, hosca), terminé indagando sobre su vida: sus padres escapados del nazismo, los trabajos en fábricas, la militancia durante la dictadura, sus seudónimos y los años en China como miembro del partido comunista. Estaba frente a un escritor enorme con una vida de novela. Luego habló de la muerte de su hijo. Entonces, le pregunté para qué sirve la literatura. El hombre me miró fijo por unos segundos, y me dijo: para sobrevivir.

Cuando entrevisto a escritores, llego a ellos atraído por su literatura, pero a veces caigo en el recurrente error del principiante y les pregunto por sus vidas, o al menos por ese personaje público que la mayoría acaba construyendo y adorando.

Al final, a casi todos les hago la misma pregunta, como un periodista novato que no logra salir de esta única duda: ¿para qué sirve la literatura?

Algunos repiten una respuesta ya muchas veces practicada (lógico: la pregunta carece de toda originalidad), otros improvisan como pueden y los más, que saben que no hay réplica posible, miran con ojos llenos de angustia, intentando saber qué es eso, para qué sirve esto que ocupa casi toda su vida y mejor vámonos a tomar un trago.

¿Para qué sirve la literatura? Lo que algunos me han dicho:

José Saramago: “Ante el frío y las desilusiones, la literatura sirve para calentarnos las manos en la misma hoguera”

Rosa Montero: “Las novelas son los sueños de la Humanidad. Y si no pudiéramos soñar, nos volveríamos aún más locos de lo que somos. La literatura nos enseña lo que somos, nos hace más sabios con respecto a nuestra propia condición, nos permite crecer y soñar”

John Banville: “No creo que la literatura, o la ficción sirva para algo, excepto iluminar un par de puntos ciegos de la realidad. El arte es inservible… o mejor dicho, inútil. Y eso es precisamente lo que lo vuelve valioso”

Enrique Vila-Matas: “Para buscar la verdad. La que busco a través de una fusión entre mi vida y la ficción”

Jorge Volpi: “La literatura sirve para creer, durante los escasos momentos de su escritura, que la incertidumbre es controlable. Al final esto se revela como un fracaso, como debe ser”

Ena Lucía Portela: “La literatura es más que una protección para mí. Es el centro de mi vida. De paso, me sirve para apartarme de todo. Y soy así, como mi literatura. Seria, pero no tan seria, y para nada solemne”

Pedro Mairal: “Uno siente que nada tiene sentido cuando no escribe. Que uno no merece esta vida. Escribir es rendir un tributo”

Peter Carey: “Para llegar a algo nuevo, inventar palabras, gente que desconozco, hechos que me reinvento del todo, trajes, ropas, expresiones, maneras que nadie conoce”

Rodrigo Fresán: “Para no ser bancario, con todo respeto a los bancarios”

Ivan Thays: “Para entender”

Bernard Schlink: “Para ayudarnos a entender la Historia”

Pedro Juan Gutierrez: “Para olvidar”

Yasmina Reza: “La literatura sirve para consolar”

Alfredo Bryce Echenique: “Para que me quieran mis amigos”

Hanif Kureishi: “[Ante el fundamentalismo] para saber que existe más de un libro”

Adam Zagajewski: “Para buscar. No se sabemos nada de nada, por eso un poeta debe seguir buscando”

Annie Proulx: “Para contar la vida”

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La editorial Melusina ha tenido la muy buena idea de publicar un libro extraño en el panorama español. Un libro de crónicas periodísticas. No sabemos si es parte de una colección que así se inicia o una gran idea suelta. La cuestión es que la periodista y escritora peruana Gabriela Wiener ha realizado un compendio de sus mejores notas para publicarlas bajo el nombre de Sexografías. Crónicas conocidas en Latinoamérica, publicadas en revistas como Soho, Paula, Caretas y Etiqueta Negra, entre otros, que relatan los viajes a submundos latentes, fáciles de mirar, pero nunca sencillos de aprehender. Mirones y reyes del sexo, transexuales exiliados, viajes de ayahusca, los 27 centímetros más famosos de Nacho Vidal, tunning de extrarradios (bueno, nadie está en el centro en estas crónicas, está claro que a Wiener no le interesa el centro), swingers, un baile pegadito en una cárcel de alto peligro, sus propios ovarios y finalmente, un magnífico relato pormenorizado de la experiencia del embarazo, mezclado con cyberpornografía de mujeres con panza. La periodista no los indaga sin cuestionarse ella misma. Se ve en ellos como en un espejo, no roto, pero sí difuso que permite mejorar la figura. Se mete, se acuesta con sus personajes, baila, los acaricia si es que es eso lo que necesitan. Mejor los describe. Es enorme el talento de W para inmiscuirse en historias que espantan a las madres y provocan la envidia de cualquier gonzo de turno. El sexo como recurso periodístico, el atrevimiento como motor y la non-fiction como arma. Lo demás, es pura literatura al servicio del periodismo ególatra (pero no egoísta), consciente de que de este lado tiene a sus babosos lectores-voyeur que queremos más, sí, así, más…

 

Gabriela ha abierto su propio cochon-blog

 

Fragmento de una de las crónicas, “El planeta de los swingers”:

 

Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido. La puerta del 6&9 es tan discreta que nos hemos pasado de largo dos veces. Llevo encima un abrigo para camuflar mi look temerario y tres tragos de cerveza. J lleva una barba de cuatro días, lo veo tan guapo y tan mío que no puedo imaginar que en unos minutos se irá a la cama con alguien que no soy yo. Son las once de la noche de un jueves cualquiera en Barcelona. En el televisor sobre la barra se ve una película porno en la que un camionero la emprende contra una rubia quebradiza. ¿Es la primera vez? Sí. Vengan conmigo, nos repite la relaciones públicas (lúbricas) del lugar.

La noche promete ser intergeneracional, multirracial y multiorgásmica. A diferencia de otros clubs que se llenan de adinerados sesentones cuesta abajo, el 6&9 es popular por su buena disposición para recibir jóvenes en la plenitud de sus apetitos. Además tiene fama de «higiénico», un tema que yo había soslayado inicialmente por mi creencia de que el sexo es sucio sólo si se hace bien, pero que terminó siendo un punto a su favor. Una vez adentro, seguimos a nuestra anfitriona en un recorrido relámpago que tiene por finalidad explicarnos las reglas del juego. Ésta es la sala del calentamiento, dice ella, aquí podéis bailar una pieza o echar un vistazo a la porno mientras bebéis algo. Bajamos las escaleras hacia un sótano que es la versión erótica de la caverna de Platón o, a lo mejor, la cueva donde se divierte una pandilla de antropófagos. A partir de aquí sólo se puede pasear como se vino al mundo. La llave para el casillero se pide en la barra, y luego aparece el impresionante escenario del escarceo: los treinta metros de cama en forma de ele que los fines de semana hacen crujir hasta cincuenta parejas a la vez y que a esta hora todavía luce vacante. Justo al frente, un dispensador de preservativos. A la derecha de los camerinos, el jacuzzi, más allá las duchas para parejas y el cuarto oscuro, una especie de minidiscoteca nudista.

–Si no queréis nada con alguna persona basta con tocarle el hombro.

Ésta es la contraseña del 6&9. Cada club recomienda a los clientes una manera delicada de informar a los demás cuáles son tus límites.

–¿Y para qué es esta habitación? –pregunto.

–Es la habitación de las orgías. Aquí vale todo.

No me froto las manos, no trago saliva, sólo miro de reojo a J con un signo de interrogación en la cabeza. Esto recién comienza.

La de Nacho Vidal en la revista Soho, acá.

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“¡Las nuevas aventuras de Octave Parango… ya están aquí! Esta vez, Parango viaja a las convulsas estepas rusas en busca de la cara más bonita del mundo… ¡y la encuentra! …entre gángsteres, drogas, maniquíes, prostitutas y poetas malditos. ¡No se la pierda!” Lo que podría anunciarse con vieja fórmula publicitaria no sería del todo desubicado tratándose de quién se trata. Cinco años después de 13,99 euros, Octave Parango, el alter ego de Frédéric Beigbeder, vuelve al ruedo con Socorro, perdón (Anagrama), para insistir sobre su visión del mundo con el conocido tono cínico irónico, nihilista y hedonista (que, a lo visto, tan buenos resultados le da, sumando enemigos y adeptos por todos lados). Esta vez, zarpan autor y personaje a la Rusia del Siglo XXI, y Parango deja atrás su profesión de publicista, para convertirse en talent scout y buscar la cara emblemática de una línea de cosméticos. Da con una joven muy joven de 14 años (mientras el autor y el personaje pasan la barrera de los 40, desciende la edad de sus trofeos) de la que se sentirá perdidamente enamorado. Él, justo él, que lleva 50 páginas despotricando contra todo, riéndose del estado de las cosas para de pronto, ponerse serio y reflexionar con pretensión y hacer creer que el amor puede durar más de tres años.

Con menos de cuatro horas dormidas (en Barcelona comienza el Sónar, máxima festividad elctro-moderna), Frédéric Beigbeder acaba de presentar su nuevo libro Socorro, perdón, la segunda parte de la trilogía que conforman 13,99 euros y uno que ya está escribiendo (donde, oh casualidad, Parango será presentador de televisión como… Beigbeder).

Con barba de varios días, devorando cruasanitos y simpática locuacidad finamente estudiada, el autor francés definió a su personaje como una “persona desesperada, inquieta, que pide ayuda, pero a la vez es culpable. Pide socorro, y pide perdón”. “Octave sigue en el poder, salió de la agencia de publicidad pero sigue mandando en el mundo de la imagen”, dice. Y qué mejor escenario que Rusia, “donde la estatua de Karl Marx mira el anuncio gigante de Rolex, o la tumba de Lenin está frente a una tienda de Christian Dior. Y donde el Pravda dejó lugar a Prada”. 13,99 euros tuvo muchísimo éxito en Rusia, por eso el autor viajó muchas veces. Allí, algún crítico comparó a Octave Parango con Raskolnikov (¡cuánto vodka!), por lo que el francés decidió hacer pasar una temporada a su personaje. La estancia en Rusia le sirve para reflexionar sobre la caída del comunismo, la llegada del capitalismo de una manera salvaje, todo esto que Beigbeder denomina fashismo, una mezcla de fascismo y fashion, un neologismo que dice que inventó (aunque en google encontremos más de 851 entradas). Rusia es “el lugar simbólicamente más violento de este tiempo, donde después de años de totalitarismo, desde una mañana de 1991 todo está permitido”. “Son como los barceloneses, pero a la enésima potencia”, dijo, demostrando que sólo ha pasado una noche en esta ciudad. “En Moscú han cambiado de totalitarismos, ahora el consumo y la imagen son los que mandan” y concluye: “no hay diferencias entre un anuncio de Calvin Klein y uno de Iósif Stalin. El de Klein obliga a millones de hombres a gustar de esa chica, y a millones de mujeres a parecerse a ella”. A Beigbeder, que fungió de modelo para las Galeries Lafayette, le fascina a ostentar sus contradicciones. En la foto, salvajemente retocada con photoshop (“toda persona tiene derecho a ser retocado por Photoshop”, bromea) posó con el libro La sociedad de consumo, de Jean Baudrillard. El discurso de este enfant terrible está lleno de tópicos superfluos como estos y más:

El humor es la cortesía de los desesperados

No se hace buena literatura con buenos sentimientos (de Gide)

Escribo los libros que quiero leer

Cuando haces el amor no hay que reflexionar, hay que hacerlo

La política responde al marketing

Tres grandes momentos marcaron mi vida: mayo del 68, la caída del muro de Berlín y el 11 de Septiembre

Y etc… Algunos críticos han señalado que sus libros también están llenos de clichés, pero él se defiende diciendo que los clichés dicen “algo de verdad”.

 

Beigbeder cuenta que escribió este libro saliendo de su segundo divorcio (consumada su primera separación, escribió El amor dura tres años) y en un momento de crisis personal. Nada en él parece lo suficientemente auténtico, todo resuena a postura publicitaria, pero a veces logra divertir. Leyéndolo, el Beigbeder profundo aburre por pretencioso, pero su ritmo, algunas de sus imágenes, y su prosa atrapante, pueden hacer pasar un buen rato. Conversando con él, pasa lo mismo. Y hay que reconocerle, como recordó su editor, haber sido el primero en escribir sobre el 11 de septiembre y el primero en contar sin escrúpulos la Rusia de principios de siglo. Si es que ser primero sirve para algo, se preguntaría, en coña, su personaje.

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¿A quién se parece Frank Bascombe? A su autor, según él, no. En la rueda de prensa de hace unos minutos, en la que presentó su último libro, Acción de gracias (Anagrama), Richard Ford respondió que si un actor tuviera que interpretar a su famoso personaje, el ideal sería Phillips Seymour Hoffman. No sé quién hubiera leído El Periodista deportivo, El día de la Independencia o Acción de gracias pensando en un cuerpo y una cara como la del actor de “Capote”. La segunda opción, dijo Ford, sería Kevin Spacey. ¿Y Bill Murray, no? No, respondió el autor a la pregunta de Rodrigo Fresán, que quería saber quién podría encarnar al ex periodista deportivo ahora agente inmobiliario en la televisión o en el cine. HBO ya compró las tres novelas, pero aún no hay actor. “Mi peor pesadilla es que sea Tom Cruise”.

La crítica ha considerado a Acción de gracias como la Gran Novela Norteamericana de comienzo de siglo. Una “novela política”, según su autor, que relata tiempos estos tiempos históricos, llenos de duda e incertidumbre. No por casualidad eligió esta época, con estas características, para cerrar su trilogía de Bascombe. “La literatura nos ofrece dos cosas: decirnos que la incertidumbre efectivamente existe y segundo, que aunque exista, debemos llevar unas vidas morales. No estamos exentos de asumir una responsabilidad por nuestras propias conductas, simplemente porque no estemos seguros de las cosas. No estamos atrapados en un dilema sartreano”.

Y con este doble dilema, se despide de su gran personaje, por la simple razón de estar “cansado”. A pesar de los buenos tiempos políticos que corren en su país, se privará de colocar allí a su personaje. “Existe una tentación personal de acometer un nuevo reto, que es contar la nueva etapa política que se abre, pero no es un reto de naturaleza artística. Para seguir, debería convertirla en algo más pleno, mas valioso, más bello, para el lector”. “Pero por mi parte, he llegado al límite de la comprensión del mismo”.

Dos frases:

Escribir una novela es como tomar la decisión de casarse. Si sientes que debes hacerlo, entonces estás ante algo mayor que tú.

El arte, el gran arte, siempre nos remite al pasado. Cuando estamos ante una obra excitante o estimulante, siempre te remite a tu propia vida, al pasado.

Esta noche Richard Ford y Rodrigo Fresán conversan en la biblioteca Francesca Bonnemaison.

Fragmentos de la novela, acá.

 

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Esta semana publicamos en la revista Ñ de Clarín una entrevista exclusiva a Yasmina Reza en la que repasa su exitosa carrera como dramaturga y comenta su último libro sobre Nicolas Sarkozy, El alba la tarde o la noche (Anagrama). Yasmina Reza casi no da entrevistas, pero cuando sí, las condiciones son muchas y no muy diferentes a las de una diva: hablar de Sarkozy lo justo y necesario, pero no de Carla Bruni ni de Cécilia la ex; que se transcriban textualmente sus respuestas, que se le muestre la entrevista antes de publicarla y que por ningún motivo se le fotografíe. Vale con que su agente de prensa advierta lo de las fotos una y otra vez, para que los periodistas gráficos la persigan más que a Ronaldinho, y hagan cola como si se tratara del scoop del año. Lograrán, en definitiva, un par de imágenes de desenfocadas manos tapando la lente, ella siempre desencajada y el mal humor de una actriz alérgica a los flashes, que se disipa por completo cuando se sienta a conversar. El autocontrol que demuestra en todo momento, lo refleja también en el trabajo: persigue obsesivamente cada una de las puestas en escena que se realizan de sus obras, y analiza al dedillo las adaptaciones a los 35 idiomas a los que han sido traducidas; ella misma controla el inglés, alemán, francés, y el español, pero por si acaso tiene un equipo de traductores que la asesoran constantemente. No hay fotos, la que ilustra esta entrevista es de archivo. Mi ipod calla cuando Carla Bruni debería cantar aquello de On me dit que le temps qui glisse est un salaud. Y llegará un día en que ya nadie querrá hablar de Sarkozy…

Fragmentos de la entrevista:

-El paso del tiempo es una idea presente en sus novelas y en su teatro. ¿Es su obsesión?
-Sí. En mi primer libro, que no está adaptado al teatro, Hammerklavier (Anagrama), ya escribía esta frase: “el tiempo, el único tema”. De una manera general, mis personajes, están obsesionados por el tiempo. En todo lo que escribí, la lucha contra el tiempo es el tema central. Y en El alba, la tarde o la noche lo es de modo evidente. Los hombres, en particular los hombres de acción, buscan por todos los medios distraerse de la muerte. Entablan con ella una carrera desatinada y vana pero que puede darles la ilusión de estar viviendo. Usted observará que el título del libro no contiene el tiempo presente. No está el mediodía, el día. Está siempre el mañana, y luego el mañana, y luego el mañana. Pero el mañana no existe ya que hay sólo un movimiento que cuenta. En este libro, Nicolás Sarkozy dice “la inmovilidad es la muerte”. En realidad, no hay de dónde agarrarse. Es a la vez irrisorio y trágico.

-¿Puede este libro trascender el fenómeno mediático del presidente Sarkozy?
Lo deseo profundamente. Nicolás Sarkozy me parecía emblemático de aquello sobre lo que tenía que escribir. No tanto él como persona, sino por lo que representaba. Quería dibujar la fisonomía existencial de un hombre político, y más ampliamente de un hombre de acción. Es un libro muy personal que, desde mi punto de vista, está en línea con libros más íntimos como Hammerklavier. Aquí, Sarkozy es la figura central de una constelación de hombres que observo y que trato de comprender desde hace tiempo.

-Cómo escritora, ¿tuvo que renunciar a algo al enfrentarse a un personaje real?
-No, porque me lo planteé como el trabajo de un pintor. Frente a mí tenía a un modelo, una persona que posaba todo el tiempo. Y escribía lo que quería. En cierta modo, es más un autorretrato mío…

-Al final del libro dice que él y usted ya son otras personas…
-Yo no cambié en nada, ya que mi posición siempre fue externa. Pero cuando lo vi en el Eliseo, vi que se convertía en otra persona, que ya no podía seguirlo. Vi que entraba en otro mundo…
La entrevista completa, acá.

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Venecia del oeste

“Hay-On-Wye siempre aspiró a ser la Venecia del Oeste” decía Peter Florence, mientras veia caer la lluvia incesante. Una bailarina con botas de goma y paraguas se paseaba por el predio, entre carpa y carpa, bajo el agua que convertía al Hay en un barrizal en medio de la montaña. Pero los visitantes insistían en oír algunas de las intervenciones, tomarse una cerveza, un café o lo que sea. Es que no van a ser los ingleses los que se amedrenten por un “poco” de lluvia. Pero esta lluvia, acabó resfriando a Salman Rushdie que no dejaba de estornudar. En su primera charla, una ponencia casi académica sobre la Florencia y la corte de Mughal del Siglo XXVI, con power point incluido, convocó a personas de lo más disímiles. No me refiero a Andrés Neuman, si a un par de hooligans que bebían cerveza tras cerveza para reírse de vez en cuando de los chistes (que no eran tales) y acabar durmiendo como bebés sobre el vecino de atrás. Supongo que estas cosas sólo pueden pasar en un lugar como este.

Entre las carpas, bajo la misma lluvia, se paseaba el ex presidente norteamericano Jimmy Carter, su mujer Rosalyn y doce guardaespaldas intercomunicados. Al mediodía, nos subieron a 37 periodistas en un autobús, y nos llevaron costeando el río a una escuela a 15 minutos del Hay. Constatada la lista de acreditados con rigurosidad, esperamos la llegada de Carter & señora & 12 seguratas, quienes se distribuyen en la sala estratégicamente: Carter en el escenario, la señora en la primera fila, un guardaespaldas en cada esquina, los demás sentados entre los periodistas. La exposición del ex presidente fue sobre el conflicto de Medio Oriente, por el que se demostró optimista y pidió a Europa que se involucre de una manera más comprometida. Mientras Carter hablaba con los periodistas (en realidad con los 3 periodistas autorizados), Naomi Klein presentada como “analista radical” habló de su nuevo libro, La doctrina del shock.

El reverendo Gene Robinson, obispo anglicano de New Hampshire, famoso en los Estados Unidos por su militancia homosexual y por su llamativa sotana púrpura fluorescente, participaba en el Hay para hablar sobre la iglesia y con Carter, así que intentaba por todos los medios evitar a Christopher Hitchens. Es que a esa misma hora, Hitchens presentaba su libro God is not great frente a un auditorio que quería polémica. Como él. Y la tuvieron. La gente se paraba para inquirir a Hitchens que se defendía con su habitual dialéctica. Pero el público no se quedaba atrás y retrucaba cada una de sus ingeniosas frases. Por si le hiciera falta, Hitchens estuvo calentando motores desde día anteriores cuando paseaba su look gonzo por la sala de los invitados discutiendo con uno, perdiéndosele a los coordinadores, mojándose bajo la lluvia, siempre con anteojos de sol y una botella envuelta en una bolsa blanca, a tono con el traje, tal como lo caricaturiza la revista Prospect de este mes.

La noruega Åsne Seierstad, autora de El librero de Kabul, presentó (junto a Hitchens, precisamente, que no había leído el libro) su nuevo libro: El ángel de Grozni. La imagen de esta periodista-escritora, cara angelical y embarazada de siete meses, dista mucho de las experiencias que relata, cuando trabajaba como corresponsal de guerra en Kosovo, Afganistán o Irak. También estaba John Boyne, autor del best seller mundial El niño con el pijama a rayas, que simpáticamente nerd respondió todas las preguntas menos la de un niño de 6 años: ¿por qué el pijama era a rayas y no a cuadros?

Ente gestos de mal humor y chistes, Hanif Kureishi estuvo en el Hay para hablar de su ultimo libro, Something to tell you (que Anagrama publicará el próximo año). Más que de su libro, habló de su tarea como profesor de escritura creativa. “Los alumnos van al taller como quien va a un hospital psiquiátrico”, dijo. Por eso les pone a todos la misma calificación: 71%. “Esto es porque van bien vestidos”, remató.

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Una ex primera dama.

Hace unos minutos nada más, el viento soplaba tan fuerte, golpeaba con tanta osadía las paredes de la carpa, que no dejaba oír a la ex primera dama de Inglaterra. La esposa de Blair, que extrañamente ahora ha recuperado su apellido de soltera, Booth (será pariente de Richard?), hablaba como sabe hacerlo: entre seria y firme, determinante, pretendidamente profunda pero con chistes frívolos y de los otros. La gente la interrumpía (de la manera que un inglés puede interrumpir) para aplaudirla con la misma energía o reírse de sus ocurrencias. En la primera parte de la intervención, habló de la situación de las mujeres en el mundo, de la equidad como desafío. Leyó el discurso con elegancia de abogada (vestida a la usanza: traje sastre en marrón oscuro, collar de corales), y a más de uno le daban ganas de votarla, sobre todo en estos boring times de Brown. Luego, participó de una entrevista donde comentó su vida “poco común” en la residencia oficial, bromeando otra vez. Una gran anécdota: debía tener listo el traje negro por si se moría la reina madre. Allí también fue madre, recordó. La gente la seguía en el auditorio y en los bares de alrededor, por el circuito cerrado de televisión. “Definitivamente, es la mejor de la casa”, dice una señora a mi lado, sándwich bio en una mano, y la autobiografía (recién publicada) en la otra.

 

Bogotá 39 en Gales

Al costado de la granja ecológica, en una sala repleta con 500 personas, los Bogotá 39 Santiago Roncagliolo, Juan Gabriel Vásquez y Guadalupe Nettel se presentaron ante el público inglés (y en inglés). Jason Wilson, el hispanista con acento porteño, elogió la obra de cada uno de ellos y los introdujo ante un público que los seguía atento y curioso. Cómo es escribir bajo la sombra de García Márquez, Vargas Llosa o Paz, cómo es escribir sobre Latinoamérica desde España, preguntas manidas pero interesantes para un público que aún está despegándose de los clichés sobre la literatura latinoamericana y ya no les exige ni poncho ni huipil a ningún escritor. De todas maneras, a este grupo (Andrés Neuman estaba allí también) estos asuntos parece tenerlos sin cuidado, y así se mueven. A la salida, Juan Gabriel Vásquez firmó hasta agotar los 50 ejemplares de The informers, su novela traducida y publicada por Bloomsbury, que el mismo día el suplemento Review de The Guardian elogió.

 

 

 

 

 

 

Humoristas

Mientras Salman Rushdie, Eric Hobsbawm, Christopher Hitchens se paseaban por la sala de los escritores, bebiendo té unos, copas de vino, otros, un Gore Vidal a la vuelta de todo entusiasmaba en la carpa principal a un público entregado. Con cada una de sus respuestas, cortas cínicas y contundentes, se colocó como el líder del deporte preferido de los ingleses: mofarse de los estadounidenses. Y la era Bush da para esto y más. A la misma altura humorística estuvo Will Self, que en medio de su show presentó el libroThe Butt, con el que ganó el premio Bollinger Everyman Wodehouse Prize for Comic Fiction al mejor novela cómica.

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Unos metros antes de la entrada del pueblo, Peter Florence, otro delirante que es capaz de entusiasmar hasta las piedras, logró rizar el rizo y establecer un festival de literatura, el Hay Festival,  que convoca a miles de personas cada año. Florence, un actor de Shakespeare’s Globe Theatre, montó hace 21 años un par de carpas a la manera del movimiento Woodstock, y con el tiempo acabó definiendo a esto como lo que verdaderamente es: un festival de ideas. A esta cita anual acuden premios Nobel, jóvenes promesas y celebridades de todo el mundo -que se hospedan en las mismas casas del pueblo-, y respiran un aire Woodstock entre libros. Autores como Don DeLillo, Norman Mailler, Toni Morrison, William Golding, Harold Pinter, Ian McIwan y John Updike, o personajes como Bill Clinton en una partida de póquer, son algunos de los que han ayudado a acrecentar el espíritu del festival, “magnánimo pero singular, ambicioso pero íntimo”. A partir de 1996, comenzó su andanada viajera, y llevó sus performances y encuentros por países como Italia, Brasil, España y Colombia. Florence estaba obsesionado con que Gabriel García Márquez participara en Gales, pero le resultaba imposible. La idea se la dio su amigo Carlos Fuentes: si él no viene al festival, que el festival vaya a él. Y así se organizó Cartagena de Indias con un éxito apabullante que repite cada año, como en Bogotá, al igual que en Segovia y Granada. Siempre con el mismo “sello de hedonismo libertario”. Y acá llegamos, a ver si es cierto lo que contaban los amigos y los diarios. Hospedados en un ex priorato con lápidas y tumbas a la vista, el hedonismo libertario del Hay Festival se siente fuerte, pega en la cara, como el viento. Y echamos de menos, hasta que llegue, el ojo de Mordzinski.

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Llegamos a Hay-On-Wye

Alguien me dijo que esto podía ser el paraíso en la tierra. Personas que respeto y con la que comparto ciertas obsesiones han cruzado el valle sólo para estar en un pueblo, este pueblo, que de no ser por un detalle, puede ser cualquier pueblo del mundo. Es decir, un lugar donde los McDonalds pueden parecer excéntricos, las ciudades némesis y nadie sabe qué hacer un domingo a la tarde. Actualmente cuanta con 1846 habitantes, otros tantos miles de ganado y adolescentes que piensan que será mejor marchar en cuanto crezcan. Pero el detalle del que hablamos, son las librerías. Que no son una ni dos, sino una en cada esquina. Producto delirante de la mejor de las ocurrencias borgeanas, un día de los 60’s Richard Booth volvió a la tierra de sus padres (adolescente aburrido también, se había graduado en Oxford) y montó una librería de libros de segunda mano. Al año otra y otra más y al tiempo ya era el lugar con más librerías de usados de todo el mundo. La megalomanía de Booth no acabó allí. El 1 de abril de 1977, cubierto con sus trajes reales (corona y cetro realizado con grifería de cobre y la válvula de un flotador) declaró la independencia de Hay-On-Wye y se autoproclamó monarca. Con absoluta autoridad para otorgar títulos de nobleza, hoy vende por internet ducados, baronías y caballerías a no más de 80 euros. Broma o no, el asunto fue tomado en serio por las autoridades inglesas. No pasó a mayores, y el pueblo sigue haciendo gala de su escudo, bandera, himno y pasaporte. En su autobiografía My Kingdom of books cuenta que cuando le preguntaron si todo esto era en serio, él respondió: “Claro que no, pero es más serio que la auténtica política”. Hoy es posible toparse con su majestad en la librería del 44 de la calle Lion, o en su propio castillo, una construcción de piedra del año 1100, en las afueras del pueblo, donde los visitantes pueden hospedarse y hasta desayunar alguna mañana con él. Por muchas libras, eso sí.

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Esta semana presentamos en La Central del Raval de Barcelona, la edición española de De sangre y de sol , del periodista y escritor mexicano Sergio González Rodríguez. El libro que Sexto Piso publica en España (con un capítulo extra) muestra otra faceta del autor de Huesos en el desierto (Anagrama): el de inquietante ensayista. En De sangre y de sol, Sergio González Rodríguez parte de símbolos universales como el sol, la sangre, la cruz, la estrella, el oro, el corazón, el infinito… y con ellos cruza caminos y traza un corpus teórico que se asemeja más a un thriller, que a cualquier otro libro conocido. Único, rayano en el delirio y la fascinación que algunos hombres sienten por la sangre, estas historias de un México atravesado por la violencia desde su fundación misma, o los asesinatos de algunos célebres –o ni tanto- visitantes como David Herbert Lawrence, Ernest Jünger o Alesteir Crowley fungen a modo de pantallazos filosóficos y malditos de un lugar y una época, que se unen por la alta calidad literaria, la reconstrucción periodística y la amplia soltura ensayística de un escritor que supo ver el horror y mejor supo contarlo. Raymond Chandler escribió en su ensayo El simple arte de matar aquella famosa frase que dice “pero por esas malas calles debe caminar un hombre”, en la que resume dos cosas: alguien debe hacerlo, alguien debe contarlo. Durante la presentación en la librería Barcelona, acompañaron a Sergio González Rodríguez los escritores Juan Gabriel Vásquez y Guadalupe Nettel. Los tres han palpado la violencia en sus historias, o en palabras de Chandler, han sabido colocar al hombre en una mala calle, enfrentándolo a la violencia social, histórica o psíquica, para poder contarlo.

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“Y ella lo hace. Ni remisa ni insegura, sin dar la más mínima impresión de que está siendo obligada: al contrario, dueña por completo de sus propios gestos e incluso contenta por realizarlos, a juzgar por la mirada festiva que me lanza antes de bajarse hasta mi barriga; ahí está, levantándome la camiseta, y empieza una tortuosa marcha de aproximación hecha de besos y de chupetones, desde el pecho hasta el costado, luego por el vello alrededor del ombligo, luego directamente sobre el ombligo; es preciso, de todas maneras, que no insista demasiado, porque se trata de una especie de tortura y hay mujeres que no se dan cuenta de lo muy insoportable que puede llegar a ser… Pero no, no insiste demasiado, sigue bajando todavía un poco más, pero cuando se encuentra con la polla clavada en la garganta lo interpreta correctamente como la señal de meta de la carrera y deja de torturarme. Ya estamos: se incorpora sobre las rodillas, acaba de desabrochar los pantalones, los baja cuanto puede, baja de la misma manera los calzoncillos, todo con la debida solemnidad, porque evidentemente es consciente del flujo de serotonina que este ceremonial produce en el cerebro de un hombre. Pero luego hace algo extraño, que no me esperaba: me coge la polla por la base y la levanta, hacia arriba, al aire, como si supiera también lo agradable que es sentir pasar por encima el vientecillo de esta noche que huele a mandarina, y se queda algunos segundos quieta, mirándola, oxigenándola, se me ocurre, como se hace con un buen vino antes de bebérselo; luego se sopla un mechón de pelo que le caía delante de los ojos y se la mete en la boca. Oh, el principio de una mamada: oh. Cada vez me sorprende que algo tan simple pueda ser también tan infalible. Una boca que se abre y adelante: ¿qué más se necesita? Todo el mundo puede hacerlo. Entonces, ¿por qué no ocurre continuamente? ¿Por qué hacemos de ella un bien tan escaso? Estamos locos, todos.” Caos Calmo, Sandro Veronesi. (Fotografía: Fandango)

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Hoy publicamos en Ñ de Clarín una entrevista al escritor italiano Sandro Veronesi. Hace poco estuvo en Barcelona, donde presentó Caos Calmo, el libro con el que ganó el premio Strega y del que se realizó una polémica adaptación cinematográfica con la actuación de Nanni Moretti. Polémica por una escena de sexo donde el director de Caro Diario sodomiza a la actriz Isabella Ferrari, haciendo gala de un realismo que ha dado que hablar a medio mundo. Sobre todo al Vaticano que, ya sabemos, le encanta hablar de sexo.


 

En un momento de la novela, el protagonista se encuentra con la mujer que salvó al inicio y mantienen una encendida relación sexual, descrita con belleza, absoluta precisión, sin eufemismos. Esto, transformado en lenguaje cinematográfico es “pura acción”, tal como dice el autor. “El film ha interpretado correctamente la escena –comenta Veronesi-. Es una escena fuerte. Tan fuerte, que me ha sorprendido hasta a mí. ¿Por qué es tan fuerte? Porque hay una niña durmiendo en la habitación del lado. No es una escena de amor, es un trampa que el padre tiende a la hija”.

 

 

Caos Calmo es un gran libro, que ojalá tenga la repercusión que se merece. A lo largo de cientos de páginas, Veronesi construye una delicada estructura en la que se permite reflexionar, con buen pulso narrativo, intensidad y humor, temas como la muerte y el sufrimiento, la locura de un hombre profundamente europeo y confundidamente contemporáneo. Su nuevo libro, publicado por Anagrama, se presenta como un pantallazo generacional, una mirada al mundo con banda sonora incluida: Radiohead cantando “we are accident waiting to happen…


 

La novela comienza con dos mujeres que se ahogan en el mar. Pietro Paladino y su hermano corren y nadan para salvarlas. Con bastante dificultad, logran arrastrarlas hasta la playa y revivirlas. En ese mismo momento y a pocos metros de ahí, la mujer de Pietro, la mujer con la que Pietro iba a casarse en unos días, muere sorpresivamente. Pietro Paladini, un cuarentón milanés bien acomodado y su niña de ocho años, regresan a la ciudad para recomenzar la vida y las clases en el colegio. Él decide no separarse de su hija, y se queda durante horas, días, meses frente a la escuela. Al borde de la locura, el protagonista se detiene, no sin placidez, en eso que los anglosajones llaman el “caos calmo”.

 

Y como si todo fuera normal, sus amigos, compañeros de trabajo, mujeres, familiares, comienzan a peregrinar hacia el lugar donde Pietro se detuvo no para consolarlo, sino a contarle sus propias penas. Veronesi descomprime la seriedad del tema, contando en qué se inspiró: “La lectura de Snoopy cuando era niño. Sobre todo cuando Lucy Van Pelt pone un banco delante de la escuela con un cartel “Ayuda Psiquiátrica, 5 centavos” y todos van a confesarse. Lucy es mala, lo hace para hacer sufrir a las personas. Pero el ejemplo es bueno, porque supongo que vivimos en una sociedad llena de dolores. Basta que una persona se detenga en un punto dando la impresión de pòder escuchar tu dolor, enseguida se hace una hilera de gente”. Fragmentos de la entrevista:


 

-¿Qué es el caos calmo?

-El peligro de no reconocer el límite en el que comienza la locura. Este título expresa la trampa de no ver a tiempo lo negativo de una situación. Reflexioné mucho sobre este oxímoron muy utilizado en el mundo anglófono, pero casi ausente en el latino.


-¿Cómo lo vive su protagonista?

-Pietro Paladini vive su luto sin sufrimiento. No sabe donde está, adónde va. Esto, para mí, representa un problema colectivo, de Italia, de Occidente. Vivimos en una sociedad en la que, como Paladini, siempre creemos que el sufrimiento es ajeno, que el problema es de los otros. Esto es una locura social, en la que nadie puede acusarte de loco, pero estás enloqueciendo.


-¿Es su libro mas personal?

-No exactamente. Pero el proceso de creación fue muy duro, estuve tres veces a punto de dejarlo. Demasiado dolor como materia prima. Me costó muchísimo llegar a la mitad, cuando mi vida dio un giro milagroso. Fue muy exultante darme cuenta que podía seguir, que podía acabarla. Después de dos años y medios de separación, pude tener la custodia de mis hijos y este acercamiento fue un milagro para mí. Nunca pensé que podía escribir con mis hijos en la casa, pero precisamente eso me desbloqueó. No sabía cómo manejar ese dolor, el dolor de los otros, mi relación con el dolor, y esta paradoja de no saber dónde quedaba la escuela de mis hijos y en escena un padre así. Demasiado para mí.


Sobre Vargas Llosa y Radiohead


 

-La canción There, there de Radiohead atraviesa la novela, “somos accidentes a punto de ocurrir”, dice la canción. ¿Por qué la eligió?

-Creo que los Radiohead son, en su todo, en su composición musical, sus letras, el manejo del éxito, la relación con la industria, una de las expresiones más profundas del pensamiento occidental contemporáneo. ¡Deberían enseñarlo en la escuela!


-Usted estudió arquitectura. ¿Cuándo decidió ser escritor?

-Cuando leí a Vargas Llosa. Yo estudié arquitectura, pero nunca ejercí. Sin embargo, siempre escribí, desde muy joven, cuando leía a Vargas Llosa y a Dostoievski, soñaba con ser escritor. Pero a Dostoievski lo leía en la escuela, era un clásico. En cambio Vargas Llosa fue para mí una sorpresa, estaba vivo. Él tenía la edad de mi padre, escribía mientras yo lo leía. Hice un viaje a Lima sólo para conocer su mundo, su ambiente. Ha escrito cinco o seis obras maestras. No conozco a otros así. Sobre todo en una época en que Italia y en Europa te enseñaban que la novela había muerto, que había que ir más allá de la novela. Yo estaba leyendo Conversaciones en la catedral, Tía Julia y el escribidor ¿La novela muerta? me preguntaba y me reía. Y detrás de él, junto a él, vienen Arguedas, Onetti, Sábato, Soriano, Galeano, Cabrera Infante, Carpienter… durante años no he leído más que escritores latinoamericanos.

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Seix Barral publica el libro que ha merecido el premio Biblioteca Breve en la edición del 50 aniversario: El infinito en la palma de la mano, de la escritora nicaragüense Gioconda Belli. Los integrantes del jurado destacaron el lenguaje inventivo, la vitalidad y la poética narrativa de la novela de Belli con la que reinterpreta el mito del Génesis. La fábula de Adán y Eva a “ritmo de versículo”, según Caballero Bonald; “un cuento a partir del cuento básico, con un final precioso y sorprendente”, ha dicho Rosa Montero. Gioconda Belli, poetiza y novelista, es autora de, entre otras, La mujer habitada, que le dio reconocimiento internacional, y El país bajo mi piel, las memorias sobre los tiempos sandinistas en su país. Tiene publicada una amplia obra poética, con la que ha ganado diversos premios, entre ellos el Casa de las Américas (cada uno de sus libro ha recibido al menos un premio). Actualmente vive en los Estados Unidos. El infinito en la palma de la mano reinterpreta el mito de Adán y Eva en el paraíso, e intenta contar cómo eran los días de la primera pareja. Descubren la vida y la crueldad de matar para sobrevivir, a la vez que se revelan en un relato poético y misterioso, y se dan cuenta –junto al lector- que el paraíso no es lo que parece ser. Belli se plantea el desafío de reescribir el mito: “Es un reto extraordinario, como un salto sin red, descubrir lo desconocido en lo conocido. Los mitos en general y éste en especial, causan mucho dolor. Sobre todo en el caso de las mujeres, por culpabilizarlas, hacerlas responsables de que nos hayan expulsado del paraíso terrenal. Pero cuando uno empieza a analizar los mitos, a desmenuzarlos para volverlos a contar, el que sale mal es dios”. El título está inspirado en aquellos versos de William Blake que tanto gustaban a Borges: “Ver un mundo en un grano de arena / Y el cielo en una flor salvaje / Contener el infinito en la palma de la mano / Y la eternidad en una hora”. Y mientras Belli escribía sobre la creación, no podía dejar de ver las noticias en la tele, con la guerra de Irak de fondo. La entrevistamos en Barcelona:

-¿Cómo fue escribir sobre la creación del hombre en medio de la Guerra de Irak?

-Mientras escribía la novela utilizaba Google Earth y con las coordenadas que da la biblia, me metía en Irak. Allí podía imaginarme dónde estaban esos ríos, cómo era el norte, cerca de Turquía, donde supuestamente estaba el paraíso. Hice una investigación para saber qué clima, qué paisajes y animales hubo en esa creación divina, con toda esa omnipotencia impresionante. Pero eso constantemente tiene un contraste, que muestra como nos estamos negando a nosotros mismos. Por un lado la enorme posibilidad de ser felices y por otro, esa naturaleza humana que hace autodestruirnos y a la vez ser humanos. En la novela hablo de esta contradicción en nosotros mismos. Pero es muy triste el contraste tan profundo del supuesto paraíso terrenal en una zona que está sufriendo tanto.

-…Sobre todo viviéndola desde Estados Unidos.

-Esta guerra me ha matado. Soy nicaragüense, y he vivido en carne propia un ataque de los Estados Unidos. Sé lo que se reporta, lo que no se dice. Puedo imaginármelo, porque conozco cómo son las mentiras, la prepotencia y la diferencia del mundo ante el horror y la muerte.

-¿Qué es el paraíso?

-Uno sigue soñando con el paraíso. El paraíso es aceptarnos tal como somos, y no sólo aquel en el que nos volvemos etéreos, buenos y siempre sonrientes. El paraíso está en cómo lograr calmar con la misma naturaleza lo que nos hace más desgraciado.

-¿El paraíso en la palma de la mano tiene que ver con eso?

-El título, tiene que ver con eso. Adán y Eva se van dando cuenta que no dejaron el paraíso, que lo llevan dentro, y van aceptando su propia condición. Descubren lo que la humanidad puede llegar a hacer. La historia puede empezar al revés. Hay un juego con el tiempo, en el que ellos se preguntan si lo que viven es el principio o el final…

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Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda…

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.

Así comienza el poema La niña de Guatemala de José Martí que todos los niños centroamericanos están obligados a recitar de memoria en las escuelas. En este poema y en los cubitos de hielo de Mario Bellatín, se encuentra el germen de la nueva novela del escritor guatemalteco-estadounidense Francisco Goldman, El esposo divino (Anagrama), una mirada divertida y heterodoxa de José Martí. Un personaje absolutamente estrafalario, una especie de Woody Allen del siglo XIX, según Goldman, quien lo muestra desafortunado con cada una de sus mujeres y amantes, dandy frustrado, loser, drogadicto, que bebía mucho, bien lejos del héroe cubano que todos conocemos. Goldman muestra su fascinación al introducirse en este mundo, laberíntico e inaccesibe, único. En su reciente viaje a Barcelona, donde presentó el libro junto a su editor Jorge Herralde, el escritor contó cómo llevaba años investigando y trabajando sobre Martí y la niña del poema cuando todavía no había encontrado la imagen que él consideraba fundamental, que le permitiera arrancar con la historia. Una noche, en una fiesta en la casa de Mario Bellatín en México, la encontró. Llevaban varios daikiris cuando se acabó el hielo. Alguien encontró trozos congelados en el fondo del freezer. A los diez minutos, sintió una patada en el estómago, que lo tumbó por días. En el delirio de la fiebre, alucinó la escena central del convento, las mujeres y los hombres indígenas, y la niña en la selva jugando con un globo rojo…

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Mellizos

 

                                                                            

Nos avisa Laura que Miguel Rep presenta en Buenos Aires su nuevo libro ¡Auxilio, Vamos a nacer! (editorial Sudamericana), un correlato cuadro a cuadro del breve trayecto vital de los hijos de Gaspar el Revolú, hermanos de Auxilio. Lo presenta en la Feria del Libro de Buenos Aires , el viernes 2 de mayo a las 19.30 en la Sala Rincón de lectura de la Rural,  con Tristan Bauer y Pablo Avelluto.

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En una carta a su amigo Hugo Ball (el cofundador del Cabaret Voltaire), Herman Hesse describe lo que será el germen de El lobo estepario: “decidí que en mi quincuagésimo cumpleaños, dentro de dos años, tendré el derecho de colgarme, si en ese momento aún lo deseo. Ahora todo lo que me parecía difícil ha tomado un aspecto diferente, porque lo peor que puede pasar es que sólo dure dos años más”. Vale recordar esta carta, ahora que por primera vez se publicará una traducción directa del alemán al español de la biografía de Herman Hesse que hizo su amigo dadaísta Hugo Ball. La obra, que El Acantilado pondrá en las librerías en el mes de mayo, fue escrita en 1927 con el nombre de Hermann Hesse. Sein Leben und sein Werk. Ball, cuando el autor de Demian tenía apenas 50 años. La editorial adelanta un fragmento del libro:

Realmente, ya no se puede considerar azar que espíritus como Nietzsche, Strindberg, Van Gogh, Dostoievski, sucumbieran, unos más, otros menos, a la neurosis. Ya no se puede seguir considerando «orgánicas» sus dolencias, aunque una psiquiatría cómoda así lo prefiera. Al final, habrá que aceptar que se trata de dolencias que, en buena medida, tienen por causas nuestros factores religiosos y sociales, nuestro sistema educativo, nuestra educación superior, especialmente la general actitud negativa respecto a la locura y la exageración, la falta de entusiasmo y comprensión, de placer por las imágenes, la ausencia de un espíritu infantil; en pocas palabras: nuestra catastrófica visión del mundo.

A este respecto, es significativo que los genios que sufren tales males procedan especialmente de los países nórdicos. Entre los meridionales, este fenómeno es mucho más raro o no se da; también el clima puede representar un papel en cuanto a esto. Al artista neurótico lo define la palabra «interioridad», y esa palabra remite a la Reforma protestante. La introversión, es decir, una mística personal, privada, autónoma, que no permite vinculación con la sociedad, que incluso está en oposición a las costumbres tradicionales… el ensimismamiento es el signo del artista romántico, del marginal y el excluido, del desarraigado y el aislado, que tiene que mantener su equilibrio mediante grandes logros, mediante su magia, mediante un énfasis rebelde en la naturaleza y la gracia personales, mediante una mecánica de superioridad individual.

[…]

En los poemas del lobo estepario (Neue Rundschau, 1926), esa tendencia a la autodestrucción se ha convertido, para algunos amigos de Hesse, en un profundo dolor. Amargura y melancolía han prosperado en estos poemas hasta reventar el instrumento. Tan sólo conozco una publicación que me haya causado esa misma impresión a la primera lectura: el Ecce homo de Nietzsche. Pasan versos de una incomparable intensidad y tristeza, palabras con la extraña luminosidad de una estrella que se refleja en una estancada fuente. La forma que todo lo encubre ha estallado en todas direcciones, un nuevo ritmo vibra. Lo que esto ha costado al poeta sólo pueden valorarlo aquellos que conocen la discreción de Hesse, su capacidad para el sufrimiento y su tenacidad a la hora de ocultar.

[…]

«Construir una obra hacia la catástrofe»; esta frase de Nietzsche está muy próxima a Hesse; él mismo podría construir o haber construido su obra hacia la catástrofe. Tanto en Hölderlin como en Novalis, Hesse ve «el destino del hombre extraordinario, genial, que no consigue la adaptación al “mundo normal”; el destino del favorito del destino que no puede soportar la cotidianeidad, el destino del héroe que se ahoga en el aire de la vida común». Éste es el fundamento de los poemas y de los excesos del lobo estepario. En el epílogo a Novalis y en el de Hölderlin, hay frases que cualquier amigo del poeta reconoce como su propio problema, como su propio tormento.

[…]

La novela El lobo estepario, esa creación única, es la última y más poderosa encarnación de Hesse. Si se pudiera atrapar y disolver al enemigo en el propio interior, reducir la fuerza vital a una fórmula plausible; si se pudiera exponer ese carácter apasionadamente inquieto, agitado, atormentado, que se burla de toda sublimación y civilización, si fuera posible resumirlo en delicadas palabras, penetrarlo con toda la gracia y toda la luz… si eso fuera posible, se habría atrapado a ese ser hasta entonces inaccesible y sin nombre. Con esto, se habrían prevenido en adelante las desagradables sorpresas por el lado del instinto. Con esto se habría desarraigado y sacudido la fuerza vital misma; el animal que hay en el ser humano habría salido a la luz y, quién sabe, quizá se habría quebrado. Con esto quedaría abolido un arquetipo demoníaco, y se habría cortado el paso a un sinfín de miedos, de histerias, de estridentes sofismas. Con esto se habría hecho posible un humor que podría ser más que hábil confusión y buena cara al mal tiempo.

Homenaje a Hugo Ball de Dèborah Borque en youtube.

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En el mes de diciembre, un grupo de 15 periodistas de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, México, Nicaragua, Perú, Uruguay y Venezuela fuimos seleccionados para realizar el taller de Periodismo y Literatura de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en Aracataca, Colombia. La escritora y periodista venezolana Milagros Socorro fue la responsable de guiar las lecturas de García Márquez y la salsa. A lo largo de una semana, pudimos debatir textos y compartir la fascinación de una profesión que desubica, pero felizmente no nos suelta. Arropados por el FNPI, la Fundación Aracataca, la escuela Indigama, el proyecto Gabolectura, y toda la gente del pueblo que nos recibían como sólo en el caribe saben hacerlo. Días y noches, libros y bares, nuevos amigos en el pueblo de Gabo, Gabito, el maestro, como lo llaman allí, con vallenato a todo volumen de banda sonora. No sé si escribiremos mejor después de esto, pero al menos yo, empecé a bailar.

Fragmento de la nota publicada hoy en el Suplemento Fuera de Serie del diario Expansión:

A la entrada de un restaurante, hay un cartel que lleva una frase de Gabriel García Márquez: “Por fortuna, Macondo no es un lugar, sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”.

Uno viaja con la precaución de no mezclar ficciones y realidades, pero basta llegar a este municipio bordeado por cuatro ríos en el departamento de Magdalena, en el Caribe colombiano, para olvidarse de aquellas certezas y ya no poder distinguir lo que es un pueblo llamado Aracataca, donde nació el escritor Gabriel García Márquez, de otro absolutamente literario, famoso en todo el mundo como Macondo, donde se crió el realismo mágico.

Hay quienes viajan a Macondo y llegan a Aracataca, hay quienes hacen el viaje inverso, pero da igual. De todas maneras, la realidad y las historias nacieron ya mezcladas en las voces y las bocas de mujeres y hombres que poblaron este caserío indio, donde la naturaleza poseía dones que en otros lados no (ellos no lo sabían) y que por eso no había nada de extraordinario que alguien levitara o que llueva hasta perderse la noción del tiempo… o que millones de mariposas amarillas cubran el cielo.

(…) Los niños hablan de Gabriel García Márquez como de un tío-abuelo, ahora estrella de televisión o presidente de la República. Un señor demasiado importante, pero cercano. Lo llaman Gabo, Gabito. Los más grandes, lo llaman Maestroypremionobelgabrielgarcíamárquez, así de un tirón. De todas maneras, una leyenda total, infinita. Han leído sus cuentos, sus novelas más flacas. Van a leer todos sus libros, al menos mientras vayan a la escuela. Gabolectura, una iniciativa que estimula la lectura en niños y mayores, lleva años realizándose con el fin de promover el conocimiento de la obra y “predicar con el ejemplo”. “Si él, que nació aquí, hizo todo lo que hizo, por qué estos niños no” dice Aura Ballesteros, la maestra. Al lado del bolillero con las preguntas, una niña recita de memoria fragmentos del cuento “Eva está dentro de su gato”. ¿Cómo se llamaba la abuela del Maestroypremionobelgabrielgarcíamárquez? ¡Tranquilina Iguarán! ¿Qué libro publicó Gabito en 1955? ¡La Hojarasca! ¿Cómo se llama el personaje que come tierra en Cien años de soledad? ¡Rebeca!

(…) En Aracataca todos se sienten campeón del mundo, campeón de algo. Un hombre nacido aquí llevó a Colombia al Olimpo. Ese orgullo los mueve como una fuerza centrípeta. Quien escribe, escribe cuentos a Gabito, quien dibuja, dibuja retratos de Gabito. Aracataca es un pueblo de y para el mito García Márquez y el de su literatura. El monumento a personajes de novelas habla de eso. Una escultura en la calle de los Almendros recuerda a Remedios, la bella, la mujer que trastornaba a los hombres en Cien años de soledad, y que acabó elevándose de entre las sábanas. Los pequeños autobuses de la zona se reparten entre las líneas Nobel y Transmacondo. En pocas calles podemos encontrar el billar La Hojarasca, la gomería El Nobel y la clínica Macon-salud. La biblioteca se llama Remedios, la bella. El bus escolar –amarillo- lleva su foto; las escuelas, su nombre. Y el recién inaugurado restaurante Macondo, el del cartel, ofrece en su menú “carne en salsa de mariposas amarillas”, “café al gusto de Melquíades” y “postres de dulce de icaco con lágrimas de Amaranta”.

La fotografía es del restaurante Macondo. La nota completa, acá.

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Hoy la editorial Anagrama publica los finalistas de la trigésima sexta convocatoria del Premio Anagrama de Ensayo. De 97 originales recibidos, se han seleccionado dos obras de largos y complejos títulos, como se supone debe ser en estos casos: Descenso literario a los infiernos demográficos. Distopía y población de Andreu Domingo, profesor catalán especializado en familia y migración, y Entre la catira y la bachaca: un encargo en tiempos de la Hispanidad, con el seudónimo de Juan Primito. Por el título de este último, conjeturamos que es latinoamericano. No conozco muchos catalanes que dominen terminología tan chévere. Lo sabremos el martes 29, cuando se falle.

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Hace pocas semanas entrevisté a Rosa Montero, quien el 7 de mayo publica en España y Latinoamérica su nueva novela Instrucciones para salvar el mundo (Alfaguara), un fresco sobre el Madrid de comienzos de siglo, lleno de solos y solas, al borde de casi todo, malviviendo entre la muerte y los amores rotos, la inmigración, el terrorismo y la prostitución, la armonía, el caos y Second Life. Los protagonistas Daniel y Martín saben mejor que nadie aquello de llueve sobre mojado. Y para muestra, basta llegar a la escena del prostíbulo en navidad. Con tales asuntos, al libro no le queda otra que centrarse en la esperanza. Hablamos de esto, de la esperanza y recordamos dos frases bellas, terribles sobre este tema: “Hay una cantidad infinita de esperanza, sólo que no es para nosotros”, que ha dicho Kafka, y una de Walter Benjamin, “Sólo por nuestro amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza”. “La frase de Kafka es bellísima, pero para mí no es verdadera”, dice la autora. “No me siento representada por ella, no es el concepto que tengo de la vida. De hecho, para mí la novela está llena de esperanza y desde luego Matías la aprovecha toda. Matías es un superviviente y se salva sin rendiciones. En cuanto a Daniel, le tengo especial afecto y compasión porque es un personaje muy habitual en nuestra sociedad. Representa la tentación del fracaso, esa tentación que todos hemos sentido alguna vez de dejarnos llevar, de no luchar, de rendirnos. Es la antítesis de Matías y durante toda la novela te dan ganas de zarandearlo y decirle ¡Sal de esa pasividad, hombre!”

-¿Es Instrucciones para salvar el mundo su título más ambicioso?

-No creo que sea un título ambicioso, sino más bien levemente malicioso. En primer lugar, el enunciado resulta un poco humorístico. Desde el principio creo que el título deja intuir el tono de la novela. Porque es una historia en donde se habla de cosas muy graves, pero se habla de ellas con sentido del humor, con simpatía ante lo disparatado de la vida. En el libro intento escribir de lo muy grande desde lo muy pequeño, desde lo cotidiano, lo común, lo conmovedoramente risible.

-Para salvar al mundo, ¿primero hay que salvar al propio?

-Mira, en primer lugar, al mundo no hay manera de salvarlo. Es absurdo pensar que uno puede salvar el mundo, y si aparece alguien que cree tal cosa hay que salir corriendo, porque los salvadores de mundos siempre han sido los mayores asesinos, los grandes carniceros, aterradores monstruos. Ya tenemos bastante con intentar salvar nuestra pequeñísima vida, con intentar madurar, crecer, aprender y ayudar a la gente que queremos. Eso ya es dificilísimo. Vivir una vida entera con sentido, con utilidad y con dignidad es un arte al alcance de muy pocos.

-¿La literatura qué puede hacer?

-Las novelas son los sueños de la Humanidad, sueños que se sueñan con los ojos abiertos. Y si no pudiéramos soñar, nos volveríamos aún más locos de lo que somos. La literatura nos enseña lo que somos, nos hace más sabios con respecto a nuestra propia condición, nos permite crecer y soñar. ¡Cuánta esperanza hay en la lectura y en la escritura! Esperanza de entendernos unos a otros, de poder transmitir nuestras emociones y nuestros conocimientos, esperanza de ayudarnos y de no estar solos, de trascender el horror, de ser mejores. Leer y escribir es una celebración de la vida.

La entrevista completa puede leerse en la revista Ñ de Clarín.

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Resaca de Sant Jordi

Se vendió todo.

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Nos viene bien este título de Miguel Rep para introducirnos en la la historia de Esperidiona Cenda, una liliputense cubana de tan sólo 65 centímetros, protagonista de Chiquita, la nueva novela de Antonio Orlando Rodríguez, también cubano, por la que ha merecido el Premio Alfaguara. Rodríguez narra con humor y soltura las peripecias de esta mujer que a pesar de su estatura, no tuvo impedimentos para vivir una vida llena de aventuras amorosas, gracias a su seducción e independencia. Se involucró en intrigas diplomáticas, entre elegantes salones y ferias de freaks y Sarah Bernhardt la alabó diciendo que “la grandeza no tiene tamaño”. El libro de AOR, sí. Son casi 600 páginas lo que en Alfaguara se convierten en un ladrillo de un kilo, por lo que el título y el tamaño da lugar a toda clase de chistes, casi todos malos. Alfaguara ha puesto en marcha su impresionante maquinaria promocional, así que tendremos Chiquita por un buen tiempo, mientras dure el publicity-tour. Hoy el autor se encuentra en Barcelona, firmando libros por Sant Jordi; el viernes recibió el premio en Madrid, el lunes estuvo en Valencia, y pronto parte a Latinoamérica. En el bar ruidoso de un hotel de la Rambla de Catalunya, charlamos sobre su novela y el personaje, e increíblemente no hablamos de Cuba y los Castro (ante era un Castro, ahora son dos: ¿será mejor o peor?). Antonio Orlando Rodríguez tiene una amplia trayectoria como escritor de literatura infantil; durante más de diez años se ha dedicado sólo a esto. “No te cambia el cuerpo escribir para un lector u otro, pero sí el estado de ánimo”, dice. Me cuenta que cuando está escribiendo alguna novela llamémosle para adultos, necesita tomarse vacaciones y escribir cuentos, relatos o poemas para niños. Me encantó descubrir que su guía literaria, su ídola, es María Elena Walsh, la escritora argentina con la crecimos todos. También AOR, que desde los diez años canta esas mismas canciones. Me sorprendió el dato, pero al final vamos constatando que la Walsh está desde siempre en nuestras vidas (mis amigos machacan a sus hijos recién nacidos con el Twist del Mono Liso). De María Elena Walsh aprendió algo que considera fundamental en su literatura: la desautomatización, el burlarse de lo establecido, quitarse toda solemnidad, y sobre todo, intentar conquistar al lector desde el primer párrafo. (El estilo Walsh-Burton de su poema El rock de la Momia, aquí). En ese sentido va Chiquita, la autobiografía apócrifa de esta artista de vaudeville del tamaño de una rueda de bicicleta que triunfó durante muchos años tanto en su país como en Nueva York, amasó fortunas y una vez muerta cayó en el olvido durante más de 100 años (fotos aquí). AOR descubrió la historia de casualidad y supo inmediatamente que allí tenía una historia, una gran historia, un personaje maravilloso. Le asaltó la ansiedad, con el temor de que a otra persona se le hubiera ocurrido la misma idea. Pero no. Buscó y buscó y casi no encontró material escrito sobre Espiridiona, excepto un folleto biográfico publicado en Boston a principios de siglo. Fueron cinco años de trabajo entre su meticulosidad investigativa y su obsesión de corrección que no acabó sino el mismo día que el libro entraba en imprenta. “Y ahora no lo quiero ni leer”. Es que a veces uno no encuentra las palabras, o las encuentra tarde. Como dice el poeta cuba Félix Pita Rodríguez –cita- “estas no son mis palabras / no es esto lo que quiero decir”, fantasma que persigue al escritor, que imagina una cosa y acaba escribiendo otra. Para Rodríguez, “mi subconsciente es mejor escritor que yo. Él sabe cómo contar mejor las historias. Yo que he desarrollado un oficio, sé gramática y sintaxis, pero me dejo guiar por él, porque a él se le ocurren las mejores ideas”. Pero con Chiquita no fue así: “en este caso, afortunadamente, el libro se parece bastante a lo que pensé… alguien me lo estaba dictando”. (Primer capítulo de Chiquita, acá)

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Que una ciudad se paralice por un día y todo el mundo lleve en la mano un libro y una flor, es una idea por demás atractiva. Esto es lo que pasa en Barcelona cada 23 de abril. Las ramblas y las calles se llenan de puestos de flores y libros. La tradición señala que los hombres regalan un rosa a las mujeres y éstas, analfabetas, regalan un libro a los hombres. Parece que las mujeres han aprendido a leer en Catalunya, así que en los últimos años el intercambio de regalos se ha equilibrado. Ves a la gente corriendo de un lado a otro, con la flor, con el libro, y en busca del escritor que lo dedique. En las librerías, los escritores se sientan en un puestito, uno al lado del otro, bajo un tinglado especialmente preparado, y allí, en el mejor de los casos, firman y dedican sus libros. Casi todos se quejan, pero año tras años ves a unos cuantos cumpliendo con el mandato promocional de su editorial. Y sufriendo, espiando de reojo, midiendo a ver quién la tiene más larga. Las filas entorno a algún personaje televisivo que este año saca libro, la del gurú de la autoayuda, la del descubrimiento literario de turno suelen ser las que tienen más éxito. Mañana miércoles estarán todos o casi todos, implorando que su fila no se acabe, que no se queden solos. Y es lo que casi siempre pasa. Uno o dos tienen largas colas de lectores, y los demás charlan entre ellos, quejándose de la situación. Es el último año que vengo, dicen y hasta el próximo año. Pasado mañana saldrá en los diarios quién vendió más, quién firmó más. Mañana estarán Quino, Isabel Allende, Javier Marías, Tracy Chavelier y el Señor del tiempo, entre muchos otros. Sí, porque todos (no voy a decir cualquiera) sacan sus libros, hasta quien da clases de bricolage por la tele. Mientras tanto, el mundillo literario-editorial, aprovecha la ocasión para hacer fiestas, cenas, encuentros. Están casi los mismos en todas partes, y la periodista que persigue a Jonathan Littell, la presencia más excéntrica si se quiere; la guindilla de la crema catalana literaria. Pero este año, las ramblas tendrán un componente extra, que nada tiene que ver con la literatura. Las expectativas ya no se centran en el libro más vendido (se sabe que contra el nuevo libro de Ruiz Zafón, la se-cuela “no se-cuela” de La sombra del viento, Planeta, no hay nada que hacer), sino en cómo convivirán miles de personas con libro y flor en la mano, y otros miles (lo mas probable) borrachos. El mismo día de la tradición de Sant Jordi, juega el Barça contra el Manchester United. Cada vez que un equipo inglés juega en Barcelona, las ramblas se convierten en una pasarela de hooligans sedientos. Los bares de la zona, según el periódico, calculan vender más de 3000 litros de cerveza por local. Los floristas, cinco millones de rosas, y Ruiz Zafón, todo lo demás.

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Acabo de entrevistar a Tracy Chevalier, la autora de La joven de la perla (Alfaguara), aquel libro sobre un amor del pintor holandés Johannes Vermeer, que fue llevado con éxito al cine, con Scarlett Johansson como protagonista. Chevalier se mete ahora con otro personaje histórico, el poeta, dibujante “y místico” inglés, William Blake. El libro se llama El maestro de la inocencia (Lumen) y cuenta la curiosidad y la atracción que tres niños sienten por su raro vecino, el artista. William Blake es hoy un personaje que forma parte del inconsciente colectivo inglés. Me dice la escritora que no entiende cómo este personaje profundo y a su medida extraño, se ha convertido en un alguien tan popular en su país. Tan popular es este “artista total” que hoy uno de sus poemas más crípticos, Jerusalem, es un himno que se canta en cualquier momento solemne o no tanto: es el preferido de los católicos y de los borrachos en las bodas británicas. Pero también el de los socialistas (construir Jerusalén en la verde y placentera Inglaterra como metáfora de la revolución) y hasta Emerson Lake & Palmer tuvieron su versión. Para Chevalier, si hoy es tan conocido, si pueden oírse sus poemas en la radio, en la calle, en la publicidad, si forma parte del ADN de cualquier inglés es porque él escribía sin preocuparse si lo entendían o no. Escribía solo para él, cosa imposible para cualquier escritor de hoy, que “debe tener un ojo en el lector, y otro en el editor”. De hecho, este personaje extraño, excéntrico, que veía ángeles en los árboles, absolutamente al margen del mainstream de la época, difícilmente encontraría editor hoy en día. Su espíritu libertario, su arte alternativo, sirve hoy de guía a varios jóvenes artistas que en lo único que logran emular a Blake es en morirse de hambre. La autora ha pasado tres años investigando sobre William Blake, para escribir El maestro de la inocencia, y comenta que disfruta mucho de estas investigaciones y estas “convivencias” con sus “personajes reales”. Le pasó con Vermeer, del que sigue hablando en cada entrevista. “Un libro tiene una vida muy larga”, dice, y le encanta seguir hablando de su cuadro favorito. Y agrega: “me sentiría orgullosa si sólo me recuerdan por ese libro”. Primer capítulo de El maestro de la inocencia en inglés aquí.

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Si mezclamos el calendario juliano con el gregoriano, podemos celebrar en un mismo día a William Shakespeare y a Miguel de Cervantes Saavedra, ya que podríamos decir falsamente que murieron el mismo día, un 23 de abril. Shakespeare no sólo murió en esa fecha, sino que nació un 23 de abril. La cuenta, es redonda como un libro: día de las letras, día del libro.

Mañana, 23 de abril, es el día en el que el rey de España entrega el premio Cervantes. No sabemos si lo ha leído, A Cervantes o al premiado, si este rey ha leído a alguien. Pero me temo que estas no son preguntas que puedan hacerse, o que al menos tengan sentido. Hablando de reyes y de libros: Anagrama ha publicado recientemente una divertida novela: Una lectora nada común, de Alan Bennett, sobre cómo le cambia la vida a la reina de Inglaterra cuando descubre, por casualidad, su interés por los libros. Pero volviendo a lo verdaderamente importante, ahora es Juan Gelman quien recibe el Cervantes, ataviado con una solemnidad que nada tiene que ver con su poesía, pero hondo como siempre en su mirada azul. En el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, Gelman será el escritor más grande del mundo. Lo aplaudirá su nieta. Y en esta escena se resume la historia dura de las dictaduras, los hijos, el amor. Hay un pequeño gran triunfo en esta escena que veremos mañana pero que ya conocemos. Somos muchos los que celebramos este premio. Somos esos muchos otros, soledades que se acompañan, los de los versos de Gelman, esos versos siempre luminosos, incisivos. Como escribió Julio Cortázar: “Cuando Juan pregunta se diría que nos está incitando a volvernos más lúcidamente hacia el pasado para después ser más lúcidos frente al futuro”.

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Bienvenidos

Comenzamos un blog. Otro. Nadie aclara todavía para qué sirven los blogs, pero comenzamos uno más. Hay a quienes les gusta debatir sobre el futuro del blog, pero pronto se hablará del pasado. ¿Estaremos, una vez más, ante un sinsentido que nos mueve, o serán las ganas de estar en algún lado? Algún lugar con bares y libros. Vamos a probarlo. Aquí estamos. Bienvenidos al barrio.

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