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MARCOS GIRALT TORRENTE

Tiempo de vida

Barcelona, Anagrama, 2010. 200 pp.

“Todo el mundo tiene padres y todos los padres mueren.

Todas las historias de padres e hijos están inclusas,

todas se parecen”.

Los padres, el padre, la muerte del padre, la muerte de los padres conforman una categoría temática dentro de la literatura, un tema universal. Son muchos los libros que muestran el trajinar de estas relaciones humanas, la mirada de unos y otros afincados en los extremos de la vida; es decir, galoperos de las muertes y otra vez los nacimientos. Escritores en todas las lenguas han recurrido alguna vez a sus propias carta al padre para, al igual que Kafka, hacer catarsis, una confesión tardía, o intentar hablar con sus muertos y lograr, en la medida de lo posible, saldar deudas. María Zambrano escribió en La confesión: género literario: “Lo grave es ser un extraño para sí mismo, haber perdido o no haber llegado a poseer intimidad consigo mismo; andar enajenado, huésped extraño en la propia casa. ¿No estaremos necesitando de una verdadera e implacable confesión?” Al hablar con el padre muerto lo que se busca es dejar de ser ese huésped extraño en propia casa.

Dentro del rubro “muerte del padre”, Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) acaba de publicar Tiempo de vida (Anagrama): una confesión elegíaca donde intenta poner en claro la relación con su padre, la relación del mundo respecto a su padre. Esta manera de expurgar lo vivido, es utilizada por el autor para conformar su propio duelo, pero principalmente para crear una pieza literaria sobresaliente en el panorama español (de España). Uno lee a Giralt Torrente ahora y recuerda que lo leyó hace unos años cuando ganó el Premio Herralde de Novela con París, y recuerda aquel libro también maravilloso y se pregunta cómo es que está casi siempre ausente cuando se habla de las grandes ligas literarias de su país. No ocupa espacio en debates inocuos, prescinde de generaciones-merenderas, evita parsimonias mediáticas; y todo esto lo pone en un lugar extraño, casi olvidado, de bajo perfil, como en el closet, recluido en ese Madrid que desde aquí no se ve. También una libertad absoluta, vale celebrar, que comparte a veces con compañeros de generación como Ray Loriga o Francisco Casavella.

Pero volvamos a Tiempo de vida. Su última novela tiene varios puntos en común con las anteriores, Los seres felices pero sobre todo París: el discurso confesional, la dinámica psicológica, el estilo ágil en lo formal; y la relación con los padres, sus ausencias, encuentros y desencuentros, en lo temático. Pero el propio autor deja claro desde el inicio de su nueva obra que aquello era ficción, esto no. Advierte desde el prefacio con aquella máxima de Nietzche: “Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya”. Aquí tenemos un padre de verdad, que vive de verdad, que lo abandona de verdad, que vuelve de verdad y que se muere de verdad. Del otro lado tenemos un relator que no requiere de artilugios metaliterarios para decir que Marcos Giralt Torrente es Marcos Giralt Torrente, un escritor en duelo, “exhausto y vacío”, que viene a contarnos lo que (le) pasa sin ánimos terapéuticos, si no simplemente porque es escritor y lo que quiere contar aquí es su vida y la vida de su padre, el tiempo de vida juntos, y la muerte.

Nada original, podríamos decir, en vista de nuestro primer párrafo: Cohen, Auster, Kureishi, Ford, Ackerley, Roth, Didion (la lista es de Giralt Torrent) han escrito sobre el tema. Agrego a Shakespeare, Kafka, Naipaul, Ribeyro; aquí más cerca (y con diversas suertes) Garcés, Perez Gay, Abad Facciolince … la lista es infinita. Y para el autor, los oficios solitarios de padre e hijo (pintor y escritor) tienen absoluta relación: “Diré algo más de mi oficio, ya que tiene que ver con nuestra relación. En cierto modo fue una vocación forjada a sus espaldas, elegida para distanciarme de él pero no en exceso, como si me hubiera interrogado por la profesión más parecida a la suya y hubiese elegido la literatura por ser la que estaba más a mano. A menudo he pensado que, de haber mantenido con él un trato más frecuente cuando en la adolescencia las vocaciones se consolidan, de haber visitado su estudio a diario, de haber disfrutado de su estímulo y guía, de haber tenido a mi disposición su material de trabajo o sus cámaras fotográficas, posiblemente no estaría hoy apresado por la palabra.”

Giralt Torrente cuenta la historia de una relación en la que “se pierden, se atascan”. A la vez reflexiona, busca con valentía respuestas imposibles, el duelo lo cubre todo. Algo se perdió y hay que recomponer lo imposible. Sin embargo, le dice al lector que va a intentar contar la historia de su padre, conocido pintor español, que ha ido y vuelto de la familia, que lo ha abandonado con displicencia y que ha regresado otra vez para ensayar algo parecido a la felicidad de los últimos tiempos. Piensa los hechos fortuitos que conforman todas nuestras vidas: “Se derivan infinitas posibilidades de cada decisión que tomamos, por no hablar de los efectos que sobre nosotros tienen las decisiones de los otros. El futuro es incierto, vivimos en el presente. El pasado es lo único que parece inamovible y tendemos a mitificarlo. Nos proporciona una referencia contra la que rebelarnos o con la que reconciliarnos. Eso pueden ser o no ser los padres, y basta que así sea para que representen un conflicto. Como poco, tienen la culpa de habernos lanzado al mundo”.  El hijo, el autor, no disimula enojos y rencores, pero tampoco el amor. Será capaz de paralizar su vida durante los dos años en los que la enfermedad pone entre las cuerdas a su padre. Lo cuida, lo asiste y no escribe: vive. Parece que aquí, la vida, el vivir, tiene una función antagónica a la escritura. Pero no es así, según lo que demuestra al final. El padre muere, el hijo se convierte en padre, y todo es vida y todo es literatura en forma de “homenaje de amor”. Vida que sobrevive y gana (siempre); literatura -comprometida con la literatura como la suya- que se impone también, para enterrar la muerte.

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