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Alain Touraine recibe  el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, que comparte con Zygmunt Bauman.

Hace unos años, llegué a París en plena efervescencia estudiantil. Jacques Chirac, en una de sus últimos actos de gobierno, pretendía firmar una ley conocida como la del primer empleo que, entre otras delicias neoliberales, permitiía un periodo de prueba de dos años y el despido sin justificación de los jóvenes menores de 26 años. Parece un siglo atrás: Villepin y Sarkozy aún compartían gabinete, y ambos afilaban el cuchillo con el que asaltarían el Eliseo.

Los estudiantes salieron a las calles, se manifestaron, tomaron las universidades, se reconocieron festivos y rebeldes, como hace años no lo hacían. Muchos podrían pensar  que estaban reviviendo Mayo del 68, pero nadie se atrevió  a tanto.  Sin embargo la nostalgia es un motor poderoso, y  sacaba a la gente a las calles, para debatirse entre volver a creer que bajo los adoquines estaba la playa, o resignarse a la política que se les venía encima. Pero nadie, insisto, se atrevió a soñar tanto. A pesar de esto, y gracias a esto también, la ley no se aprobó.

Pensaba precisamente en entrevistar al sociólogo Alain Touraine, quien tanto ha estudiado los movimientos sociales. Un hombre lúcido que nunca se ha quedado quieto en su despacho del bulevar Raspail, si no que ha recorrido el mundo, el tercer mundo sobre todo, para explicar lo que nos toca vivir. La idea de una sociedad post-industrial es suya.

Lo busqué al teléfono, por mail, fui hasta su despacho, pero no lo encontré: estaba en Argentina. De casualidad, unos días después, un día que fui a buscar a mi suegra en el mismo Instituto donde ambos trabajan, lo veo salir del ascensor charlando animosamente con los ocasionales compañeros de viaje (mi suegra entre ellos).

Le dije que lo andaba buscando, que quería entrevistarlo y me pidió que regresara luego de la comida. A las dos de la tarde -los franceses almuerzan muy temprano- estaba yo sentado con este hombre en un despacho minúsculo empapelado de libros y carpetas y con más de tres teléfonos sonando a la vez. Pedía disculpa por las constante interrupciones, pero colaboradores suyos estaban informándole en tiempo real, de lo que sucedía en Perú e Italia con sus respectivas elecciones, lo que pasaba en las calles de París con los estudiantes, y qué acababan de decir en el Eliseo.

Lo hablado hace 4 años, aún tiene vigencia. Algunos párrafos aquí:

-¿Qué tiene que ver esto con Mayo del 68?

-Nada, aquello fue una cosa muy distinta. Aquí hay que buscar puntos en común con lo sucedido en noviembre. No se olvide usted que el CPE nace como respuesta a noviembre. Los jóvenes que queman autos, lo que están haciendo es reaccionar contra la marginación a la que se les somete. Se está marginando a los jóvenes, y cada estrato social se manifiesta a la medida de sus posibilidades. Además ahí hay otro tipo de discriminación, que tiene que ver con lo étnico. Se los discrimina porque son árabes.

Pero piden lo mismo, los que queman los autos y los que se manifiestan contra el CPE piden lo mismo, son concientes del grave proceso de desintegración que están sufriendo. Dentro de la juventud está muy clara la idea de “nos echan”.

-¿Tienen representatividad?

-Lo de noviembre es más complicado porque hay una ganancia de algunos sectores detrás de todo esto. Pero que quede claro: es un grupo de violentos que van a quemar autos de sus vecinos. Por su parte, los estudiantes han conseguido hacerse eco en la sociedad, pero tampoco podremos decir que haya representatividad.

-¿Hay ideología detrás?

-En ambos casos, es un cosa vaga. Es la expresión de una incapacidad para tratar el problema.

Para leer la entrevista completa, hacer click aquí.

A continuación, la crónica sobre el París de esos días:

La “Generación precaria” se moviliza en París

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaDominique de Villepin con cara de cerdo. Nicolas Sarkozy como el mismo diablo. Los ministros del gobierno del presidente Chirac son caricaturizados en las pancartas que se arremolinan alrededor de la plaza de la República. En lo alto, la República, la inmensa estatua de casi 30 metros de los hermanos Morice, rodeada de la Igualdad, la Legalidad y la Fraternidad, evoca desde 1880 la grandeur de la France y los derechos del Hombre.

Globos, banderas, binchas y un par de fotos del Che, exegeta del merchandising gremial, dan color al Boulevard du Temple. Allí mismo, entre un Holliday Inn y un McDonalds, el movimiento gremial francés intenta mostrarse fusionado –son más de doce gremios- y declara su voluntad de unión con el movimiento estudiantil. En sus puestos de papas fritas y parrilladas, se oye indistintamente La Internacional o a Bob Marley.

Van llegando los estudiantes, Pumas pret-a-porter. Llevan calcomanías fosforescentes por todo el cuerpo y las caras pintadas, con un NO CPE en cada cachete rojo, o blanco, o negro o mulato. Francia tiene más de tres colores. Bailan, cantan canciones de Manu Chao: “…Villepin, clandestino / Sarkozy, clandestino / Jacques Chirac, ilegal!”. Sienten el fervor de las calles, tienen ganas de Historia. Son optimistas, quién no lo es en una gran manifestación, y saben que está en juego mucho más de lo que se atreven a reclamar.

El joven arrojado a un tacho de basura,  tal es el símbolo al que se recurre insistentemente,  es un espejo en el que se miran los que pronto deben ingresar –o los que ya son expulsados- a un mercado laboral que los trata menos que eso. La basura se recicla.

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaTal vez quieran proponer la imaginación al poder, pero no se atreven. No buscan la playa debajo de los adoquines, la suya es una bronca casi desahuciada, obligadamente pragmática y sin poesía: enculade, enmerdés, son las palabras en muchos letreros que reflejan un enojo que no necesita traducción.

Sin embargo, parece una fiesta la que recorre el boulevard hasta La Bastilla, y de ahí a la Gare de Austerlitz cruzando el Sena, para terminar –exhaustos, cuatro kilómetros, dos horas- en la Place d’Italie, donde como si todo estuviera perfectamente planificado, la muchedumbre se disgregará -el metro se los tragará- y unos pocos casseurs se enfrentarán a la policía, rompiendo un par de cosas.

Pero no hay ni hubo clima tenso –sí en las manifestaciones anteriores-, más bien todo lo contrario: familias enteras, jóvenes y mayores se toman de la mano (“solidaridad intergeneracional”, dice una bandera) y se miran incrédulos. París está en la calle, otra vez.

Cómo no pensar en 1968, si desde afuera todos quieren ver aquí una revolución. Pero nadie está dispuesto a tanto. Acaso sea todo lo contrario.

Los estudiantes están movilizados como nunca desde 1968. “La política de precarización es una declaración de guerra a la juventud”, ha dicho Anne Delbende, de L’Université française, la asociación de los estudiantes.

Manifestación en Paris_2006_Gastón GarciaPor primera vez desde entonces, se tomó la Universidad de la Sorbona. Pero pronto la toma de la universidad devino en un símbolo de impotencia y confusión, todo lo contrario de aquel Mayo. Una vez desalojados por la policía intentaron tomar la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales, pero una fuerza de seguridad privada los reprimió.

Una profesora latinoamericana de la École,  señala entre nostalgias: “yo los apoyaba, aunque me daba lástima verlos tan inexpertos…”

Asambleas fallidas, desorganización, liderazgo nulo… pero están en la calle. Se convocan con mensajes de teléfonos y con infinitas cadenas de mails, pero también a la vieja usanza. Son millones en toda Francia, tienen entre 15 y 30 años. Cualquier tópico diría que no saben lo que quieren.

Una joven de menos de 20 años, desde una plataforma instalada en un camión que avanza lento a la cabeza de la manifestación, pide la dimisión del gobierno, a ritmo de hip hop, rock y hasta en canciones infantiles. Es la que canta a Manu Chao. Es versátil y afinada. Todas y todos la siguen, corean, la aplauden. Ella baila desenfrenada, porta el micrófono como una neo-diva de Operación Triunfo. Es la estrella de la maní, todas las cámaras de televisión la reverencian. Por ahí van los líderes sindicales, los políticos que quisieran sacar un rédito, pero saben que este movimiento es acéfalo. Ella –se llama Marianne- será la apertura de los noticieros de la noche. “Somos jóvenes, no tontos”, es lo que dice su canción.

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MARCOS GIRALT TORRENTE

Tiempo de vida

Barcelona, Anagrama, 2010. 200 pp.

“Todo el mundo tiene padres y todos los padres mueren.

Todas las historias de padres e hijos están inclusas,

todas se parecen”.

Los padres, el padre, la muerte del padre, la muerte de los padres conforman una categoría temática dentro de la literatura, un tema universal. Son muchos los libros que muestran el trajinar de estas relaciones humanas, la mirada de unos y otros afincados en los extremos de la vida; es decir, galoperos de las muertes y otra vez los nacimientos. Escritores en todas las lenguas han recurrido alguna vez a sus propias carta al padre para, al igual que Kafka, hacer catarsis, una confesión tardía, o intentar hablar con sus muertos y lograr, en la medida de lo posible, saldar deudas. María Zambrano escribió en La confesión: género literario: “Lo grave es ser un extraño para sí mismo, haber perdido o no haber llegado a poseer intimidad consigo mismo; andar enajenado, huésped extraño en la propia casa. ¿No estaremos necesitando de una verdadera e implacable confesión?” Al hablar con el padre muerto lo que se busca es dejar de ser ese huésped extraño en propia casa.

Dentro del rubro “muerte del padre”, Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) acaba de publicar Tiempo de vida (Anagrama): una confesión elegíaca donde intenta poner en claro la relación con su padre, la relación del mundo respecto a su padre. Esta manera de expurgar lo vivido, es utilizada por el autor para conformar su propio duelo, pero principalmente para crear una pieza literaria sobresaliente en el panorama español (de España). Uno lee a Giralt Torrente ahora y recuerda que lo leyó hace unos años cuando ganó el Premio Herralde de Novela con París, y recuerda aquel libro también maravilloso y se pregunta cómo es que está casi siempre ausente cuando se habla de las grandes ligas literarias de su país. No ocupa espacio en debates inocuos, prescinde de generaciones-merenderas, evita parsimonias mediáticas; y todo esto lo pone en un lugar extraño, casi olvidado, de bajo perfil, como en el closet, recluido en ese Madrid que desde aquí no se ve. También una libertad absoluta, vale celebrar, que comparte a veces con compañeros de generación como Ray Loriga o Francisco Casavella.

Pero volvamos a Tiempo de vida. Su última novela tiene varios puntos en común con las anteriores, Los seres felices pero sobre todo París: el discurso confesional, la dinámica psicológica, el estilo ágil en lo formal; y la relación con los padres, sus ausencias, encuentros y desencuentros, en lo temático. Pero el propio autor deja claro desde el inicio de su nueva obra que aquello era ficción, esto no. Advierte desde el prefacio con aquella máxima de Nietzche: “Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya”. Aquí tenemos un padre de verdad, que vive de verdad, que lo abandona de verdad, que vuelve de verdad y que se muere de verdad. Del otro lado tenemos un relator que no requiere de artilugios metaliterarios para decir que Marcos Giralt Torrente es Marcos Giralt Torrente, un escritor en duelo, “exhausto y vacío”, que viene a contarnos lo que (le) pasa sin ánimos terapéuticos, si no simplemente porque es escritor y lo que quiere contar aquí es su vida y la vida de su padre, el tiempo de vida juntos, y la muerte.

Nada original, podríamos decir, en vista de nuestro primer párrafo: Cohen, Auster, Kureishi, Ford, Ackerley, Roth, Didion (la lista es de Giralt Torrent) han escrito sobre el tema. Agrego a Shakespeare, Kafka, Naipaul, Ribeyro; aquí más cerca (y con diversas suertes) Garcés, Perez Gay, Abad Facciolince … la lista es infinita. Y para el autor, los oficios solitarios de padre e hijo (pintor y escritor) tienen absoluta relación: “Diré algo más de mi oficio, ya que tiene que ver con nuestra relación. En cierto modo fue una vocación forjada a sus espaldas, elegida para distanciarme de él pero no en exceso, como si me hubiera interrogado por la profesión más parecida a la suya y hubiese elegido la literatura por ser la que estaba más a mano. A menudo he pensado que, de haber mantenido con él un trato más frecuente cuando en la adolescencia las vocaciones se consolidan, de haber visitado su estudio a diario, de haber disfrutado de su estímulo y guía, de haber tenido a mi disposición su material de trabajo o sus cámaras fotográficas, posiblemente no estaría hoy apresado por la palabra.”

Giralt Torrente cuenta la historia de una relación en la que “se pierden, se atascan”. A la vez reflexiona, busca con valentía respuestas imposibles, el duelo lo cubre todo. Algo se perdió y hay que recomponer lo imposible. Sin embargo, le dice al lector que va a intentar contar la historia de su padre, conocido pintor español, que ha ido y vuelto de la familia, que lo ha abandonado con displicencia y que ha regresado otra vez para ensayar algo parecido a la felicidad de los últimos tiempos. Piensa los hechos fortuitos que conforman todas nuestras vidas: “Se derivan infinitas posibilidades de cada decisión que tomamos, por no hablar de los efectos que sobre nosotros tienen las decisiones de los otros. El futuro es incierto, vivimos en el presente. El pasado es lo único que parece inamovible y tendemos a mitificarlo. Nos proporciona una referencia contra la que rebelarnos o con la que reconciliarnos. Eso pueden ser o no ser los padres, y basta que así sea para que representen un conflicto. Como poco, tienen la culpa de habernos lanzado al mundo”.  El hijo, el autor, no disimula enojos y rencores, pero tampoco el amor. Será capaz de paralizar su vida durante los dos años en los que la enfermedad pone entre las cuerdas a su padre. Lo cuida, lo asiste y no escribe: vive. Parece que aquí, la vida, el vivir, tiene una función antagónica a la escritura. Pero no es así, según lo que demuestra al final. El padre muere, el hijo se convierte en padre, y todo es vida y todo es literatura en forma de “homenaje de amor”. Vida que sobrevive y gana (siempre); literatura -comprometida con la literatura como la suya- que se impone también, para enterrar la muerte.

MARIO LEVRERO

La novela luminosa

Buenos Aires, Mondadori, 2008. 567 pp.

Por razones aún no explicadas del todo, en Uruguay se ha dado una estirpe de autores que la crítica califica, si no como admirables, al menos sí como raros. Una broma sobre la literatura latinoamericana explica los aportes más significativos de algunas naciones: Chile ha generado poetas; Argentina, cuentistas; México, novelistas, y Uruguay, raros. Esta sensación de extrañeza se apoya, inevitablemente, en la obra de escritores como Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández, Armonía Somers y Mario Levrero.

Levrero (Montevideo, 1940-2004) ha construido su obra como un científico loco que experimenta con polvos y restos de cacharros, pero cuyo alto conocimiento alquímico le permite minimizar errores y dar con resultados, acaso no esperados, siempre bienvenidos. Autor de culto desde la década de los setenta, Levrero se dio a conocer en la colección “Literatura diferente” de la editorial uruguaya Tierra Nueva. Allí publicó los cuentos de La máquina de pensar en Gladys (1970) y la novela La ciudad (1970), que junto a París (1979) y El lugar (1982) hoy se encuentran en la Trilogía involuntaria (2008). Otros de sus libros son Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (1975) –divertidísima historia de un detective loco y su secretaria ninfómana–, Los muertos (1985), Dejen todo en mis manos (1994) y El discurso vacío (1996). Mario Levrero, seudónimo de Jorge Varlotta, trabajó además como crucigramista durante varios años –oficio que lo hermana con el escritor francés Georges Perec– y también fue librero, tallerista literario y autor de un manual de parapsicología. Su obra de excepción se ha ido recuperando poco a poco al ritmo de reediciones en España, Argentina y otros países.

En 2005, poco tiempo después de su muerte, Alfaguara Uruguay publicó La novela luminosa, y ahora lo hace la editorial Mondadori. Desde entonces, este libro se convirtió no sólo en su más perfecto artilugio sino en una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana de los últimos años. Su trabajo, ajeno a las modas y la tradición, se define por la heterodoxia y una vocación transfronteriza.

Para continuar un proyecto empezado y fracasado veinte años antes, el autor uruguayo solicita una beca a la John Simon Guggenheim Foundation. Cuando se la otorgan, y resuelto el asunto económico, empieza con el “Diario de la beca” (que será el “prólogo” de 450 páginas de La novela luminosa), en el que cuenta cómo es que se gasta el dinero sin escribir ni una línea. De esta manera, Levrero lleva a cabo la imposibilidad novelada de la novela, al estilo de El libro vacío (1958) de Josefina Vicens. Estamos ante el diario de lo inasible y el día a día de la no escritura. El relato pormenorizado del tiempo diluyéndose hasta acabar en relato.

Desde el primer momento, Levrero abduce al lector con la letanía de la cotidianidad y los detalles de su no metodología para organizar la estancia y la escritura: “Una de las primeras cosas que hice con la primera mitad del dinero de la beca fue comprarme unos sillones”, “hice venir al electricista y cambié de lugar los enchufes de la computadora”, “no, hoy tampoco me afeité”, “vino mi amigo, se fue mi amigo”, “me picó un mosquito”, “fui hasta el cajero automático y saqué doscientos dólares del señor Guggenheim”, “estoy listo para el proyecto, ya tengo aire acondicionado”, etcétera. A lo largo de un año describe sus obsesiones y sus sueños con desesperanza y humor. Da cuenta de las visitas, los talleres literarios que dirige vía e-mail, si escribe con la Rotring o no, su fascinación por la computadora, los programas que él mismo diseña para organizar las tomas de sus medicinas, la discusión con el Word (“el diccionario del Word no acepta la palabra pene pero sí puta”), la reclusión voluntaria en un departamento en Montevideo, los breves paseos, algún trámite y sus lecturas de Santa Teresa, Rosa Chacel, W. Somerset Maugham, Thomas Bernhard, Philip K. Dick, y la evocación constante a Raymond Chandler. La descripción de sus mundos íntimos puede ser apabullante: la compra compulsiva de novelas policiales, la salud, la vejez, la muerte de sus padres, las palomas. El autor nos cuenta que observa con particular detenimiento las palomas en su balcón mientras hace bicicleta o no hace nada. Llegan de a una, en familia, en pareja, o a morir. “Me pregunté qué sabrían de la muerte las palomas”, apunta en noviembre para responder meses después, mientras el cadáver de una de ellas sigue ahí: “La cabeza de una paloma sin plumas ni carne es puro pico, enorme en relación al cráneo. Con razón son tan estúpidas.” Metidos en el diario de Levrero, la tensión sobre si escribirá la novela o no, no importa (sabemos que algo nos espera al final: eso dice el índice). El interés se centra en las llegadas y partidas de una mujer a la que simplemente llama “Chl” –una relación que se parece al amor porque lo acompaña de vez en cuando y le lleva milanesas que él va descongelando en el microondas. Lo que importa son esas madrugadas eternas (“una única, eterna madrugada”), los anuncios de muerte de los amigos que se acumulan en el contestador automático, el tiempo que pasa. Al final del diario, casi como epílogo, encontramos unas cien páginas del proyecto de La novela luminosa tal como se escribió en 1984, sin correcciones. La totalidad es efectivamente una novela, y no porque él mismo lo diga con cinismo: “Me di cuenta que igualmente será una novela, quiera o no quiera, porque actualmente, lo es casi cualquier cosa que se ponga entre tapa y contratapa.” De principio a fin, estamos ante un desafiante recorrido por la cabeza lúcida de un gran escritor. Ante el delirio de los sueños literarios, los suyos y los ajenos, La novela luminosa recobra todo sentido en plena vorágine. “La mente –asegura– es como una dentadura que necesita masticar todo el tiempo.”

Escrita al mismo tiempo que 2666, una en Uruguay, la otra en España, La novela luminosa sorprende por su familiaridad con el libro de Roberto Bolaño, no sólo por el ambiente hipnótico del relato, o porque ambos pertenecen a una misma generación, sino porque los dos fueron escritos en la agonía física de sus autores, al trote lento pero seguro de los caballos de la muerte. No me sorprendería que este libro se convirtiese, después de la novela del escritor chileno, en el faro de mucho de lo que se escribirá en nuestro continente en el futuro próximo. ~

Reseña publica en Letras Libres.

“Cuando se busca la pureza,

se derrumba la cultura”

Hace unos años, Galaxia Gutenberg emprendió la edición de las Obras Completas de Juan Goytisolo. Entonces, Barcelona procuró materializar una especie de reconciliación con un hijo pródigo que había conocido la persecución franquista y la sociedad opresiva de la burguesía catalana. Por esos días, se habían producido en Ceuta y Melilla incidentes con personas que intentaban cruzar la frontera y llegar a Europa; y en Francia jóvenes de extrarradio incendiaban automóviles en la calle. No había contexto mejor para hablar con un hombre que conoce Europa y su relación con el mundo árabe de primera mano. Un hombre que cuando vio que en su barrio de París se llenaban de magrebíes y argelinos, decidió aprender sus para comunicarse con ellos. Goytisolo vive desde hace muchos años en Marruecos y sólo regrese a Barcelona por “motivos literarios”.

Lo entrevisté luego de intentarlo durante días, de esperarlo horas en un hotel del Raval sobre las Ramblas, donde se hospeda cada vez que regresa a su ciudad. No diría que es un hombre difícil de entrevistar, simplemente, eran días de mucho trajín entre homenajes, mesas redondas, lecturas públicas y un acto en el que el autor conversó con Orhan Pamuck. De verlo cinco minutos en un lado, diez minutos en otro, resolvimos tener la plática por teléfono, a pocas calles de distancia.

Aquí algunos fragmentos de la entrevista:

-Es considerado por muchos uno de los escritores más importantes de España, pero considera que su patria es otra. ¿Qué es la patria?

-La patria es la lengua en la que escribo. También son diversas ciudades. La literatura que amo es mi verdadera patria. He aprendido tanto de algunas ciudades, como de los libros leídos.

-Ha dicho que si no fuera escritor, sería urbanista…

-Mis textos son textos-ciudades. Caminar una ciudad, es tomar posesión del territorio…

-¿Para ser escritor hay que irse?

-Yo empecé a escribir a los ocho años. Pero sí, hay que irse. Hay que irse cuando hay una dictadura sofocante como la de Franco. Y cuando uno se va, ya se ha ido. Llegar a Paris fue descubrir el abismo que tenía Barcelona en esos momentos. Salir de España fue como sacarme de encima un chapapote asqueroso. Y en Francia, aprendí catalán, inglés, árabe, turco…

-Usted defiende la hibridez ante la pureza. ¿Qué pasa cuando una cultura rechaza esa hibridez y se queda en la pretensión de pureza?

-El ejemplo de España, y el de una cultura que conozco bien como la árabe, son clarísimos ejemplos. En España había una riqueza literaria extraordinaria. La Inquisición y la presión y persecución a los conversos, de los racionalistas, de los protestantes, acabaron con la cultura. En el Siglo XVII, España era desierto. Algo parecido ocurrió con la cultura árabe en el siglo XIV, una cultura que era extraordinaria y entró en busca de la pureza religiosa y de lengua. En España, hubo limpieza étnica, y también limpieza lingüística. No hay que olvidar que (Antonio de) Nebrija fue el primer gramático que decía que la lengua es compañera del Imperio, sacó del idioma español muchas palabras de origen árabe. Hay 4000 palabras árabes en el castellano. E ideas como la asociación de testículos con huevo, o leche con el semen, vienen del refranero morero. Cuando se busca la pureza, la cultura se derrumba. La cultura española es fecunda cuando tiene interés sobre culturas ajenas. La falta de interés la lastra.

-Lo que ha pasado hace unos días en Melilla y Ceuta, lo que pasa estos días en Francia… ¿es por allí donde va Europa?

-El continente africano, sobretodo el norte de Marruecos, se ha convertido en lo mismo que Tijuana o el Río Grande. La frontera con el sueño americano, y con el sueño europeo. Esto es imposible de detener, lo están deteniendo por ahora, pero entrarán de otra manera.

-Y duplican las cercas, las elevan, las coronan de espinas… Usted se mofaba de esto hace poco en un artículo…

-Lo paradójico es que mientras estos subsaharianos, y el resto de africanos, intentan desesperadamente, entrar en el sueño europeo, poniendo en riesgo su vida, los que ya están en el sueño europeo están quemando automóviles. Es algo que hay que reflexionar seriamente.

-“Liberté, égalité, fraternité”, al final no es para todos…

-Significativamente, son las mismas leyes que aplicaron en 1955 con la población argelina en París, durante la guerra de Argelia, y no resultaron. El toque de queda, y todo esto, cuando yo llegué a París. Es exactamente igual…

La entrevista completa aquí.

Mientras esperamos que se materialice el polémico pase editorial del año y Seix Barral publique Dublinesca, lo nuevo de Enrique Vila-Matas (“una novela que parodia lo apocalíptico, al tiempo que reflexiona sobre el fin de una época de la literatura”, según la oficina de prensa), pongo en la sección Entrevistas de Barrio Chino una que le hice hace muchos años, y que fue publicada en Argentina. Si bien fue citada en varios lados, hasta ahora no estaba disponible en línea.

Esta charla de dos tímidos fue con motivo de la publicación de Doctor Pasavento (Anagrama), en un ambiente propio de alguno de sus libros, en el que viajamos desde Suiza a la Córdoba de Barón Biza, sin salir de un hotel en Passeig de Gracia de Barcelona, bajo el signo de algún trago y el factor Walser:

-¿De verdad fue al psiquiátrico y pidió que lo internaran?

-Sólo tenía pensando ver el edificio del manicomio y los alrededores de Herisau. Pero mis amigas Yvette y Beatrix, sin consultármelo,  establecieron una cita con el doctor Kägi, el director. Al entrar en el despacho del doctor, yo no sabía qué podía decirle a ese hombre y por eso se me ocurrió pedirle que me internara por unos días para que pudiera saber cómo continuaba mi novela.

-No le creo.

-Debe creerme, es verdad…

“Me miro a mí mismo y veo a un escritor que funde su vida con la literatura”

“Me quejo de lo mucho que me impiden escribir cuando me persiguen para todo tipo de entrevistas, fotografías y otras zarandajas. Pero si alguna mañana en Barcelona no suena el teléfono en mi casa, me quedo muy inquieto y me pregunto aterrado si no se habrán olvidado de mí”

“La ironía crea escritores”

La entrevista completa aquí.

Leer y releer El Quijote

“Llenósele la fantasía todo aquello que leía en los libros”

¿Y si todo fuera un sueño? ¿Si, finalmente, su locura no fuera más que un sueño, pura imaginería del mismísimo Sancho? Entonces nos daría que el ingenioso hidalgo, el caballero de la triste figura, no existió nunca,  ni aquí ni en la Mancha, ni en la delirada cabeza de Alonso Quijano.

La tesis le pertenece a Kafka, febril (re) lector del Quijote en la mesa más oscura del café Savoy de Praga. Escribió en La muralla china (Beim Bau der Chinesischen Mauer, 1917):

“…Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote”.

Agrega Kafka –una idea maravillosa- que Sancho, “hombre libre, pero en razón de cierto sentido de la responsabilidad”, envía a Don Quijote a las andanzas, a las más locas aventuras, sólo para seguirlo.

Ir tras el sueño. Los dos pordioseros de la epopeya, soñador y soñado, parten de Castilla al mundo, del siglo XVII a los Tiempos, de la locura a la belleza. Nunca un viaje duró tanto, ni fue tan hermoso. Y tanto duró, que aún lo seguimos viajando, subiéndonos a su galopar dulce, recorriendo las montañas, asombrándonos frente al mar. Surcar en gateras los molinos, otear el horizonte desde el lomo de un pasaporte vencido. Incluso en la España de hoy, donde llegan Quijotes en balsas y  en aviones y donde los abraza como una madre manca.

Encerrado en una cárcel de Sevilla, Miguel de Cervantes soñó la  historia de un hombre que pierde la cabeza, y busca la libertad entre “un loco noble y su vulgar escudero”, como dice Nabokov en su Curso sobre el Quijote. Durante siete años, el escritor rumió la historia entre sus pesadillas, luchando palmo a palmo con los malos recuerdos, recuerdos de la guerra, de la mano perdida, de las deudas presentes, del trunco viaje a América, de otras cárceles. A lo largo de los años, en la misma casa de Valladolid que cobija su chifladura y a sus sobrinas, putas de profesión, riñe tanto con la miseria, que su sueño de gloria con la pluma y la palabra se ahoga una y otra vez en los vinos de nieve. Pelea con las comas y les gana porque las quita. Y los puntos y coma, también. Pone mal los puntos… ¡en pleno Siglo de Oro! Escribe una vez “mismo” y luego “mesmo”. Le da igual “dozientas” que “duzienta”. Don Francisco de Robles, editor, le ofrece mil quinientos reales y promete más si el libro vende por lo menos mil ejemplares.

Hace calor, mucho calor en España, es 1604 y Miguel de Cervantes Saavedra acaba de fundar la novela. Y el road movie.

Y no bastan cuatrocientos años para que sus páginas insondables, infinitas, puedan retirarse (¿retirarse a dónde?). “Un libro que no cesa de decir lo que tiene que decir”, dijo Italo Calvino. Y es el Hombre, el hombre frente al hombre, mirándose en su Yo partido como espejitos de colores. Es la imaginación al poder, el sueño eterno de la vida, de alzarse ante el futuro en mirada sin yelmo. El andar.

Me gusta que se use el verbo quijotear como andar. Caminar al horizonte, por aquello de la utopía. Entonces, no dejamos de caminar con él, cruzando todas las fronteras, sin visas, para llegar quién sabe a dónde. No volvió a hacerse camino sin seguir la huella del Quijote, aunque el caminante no lo sepa. Nada volvió a escribirse, sin la sombra de la locura de Quijano. Si en todo poema épico está La Ilíada, en toda novela está el Quijote. “¿No es, acaso, Madame Bovary un Quijote con faldas?”, se pregunta Ortega y Gasset.

Cervantes traza el destino de los hombres, del hombre que sale al mundo, errante eterno, solitario pero jamás solo. En el otro, el compañero, puro reflejo del Uno, está el contrapunto. El que habla (grita) cuando callamos. Es tan auténtico el espejo como el modelo. Somos los dos, Quijote y Sancho, el que amanece cada día. Esto es pura literatura, dirán, pero ni Cervantes ni su personaje Quijano encontraron jamás la diferencia entre los libros y la vida. El Quijote ve el mundo según lo leyó. Y el sueño de uno de los dos, el mismo (¿Sancho o Quijote?), no produce los monstruos de la razón dormida. Llama a la valentía. Al honor perdido. Nuestro héroe empuña la espada con torpeza y se le ríen. Se le ríen para hacerlo eterno, como soñó Borges, que soñó con la fortuna de que un hombre como Cervantes se ría de nosotros. “Pero seamos optimistas y pensemos que podrá ocurrir”. Don Quijote sufre, en la melancolía eterna del que hace el camino de la vida.

Cuando las fronteras amenazan y la realidad abate, a quijotear. Y la incertidumbre de la existencia, ese laberinto, podrá alumbrarse con cada uno de las páginas del máximo libro. Leerlo (digamos, por fin, releerlo) será oír el sonido de una conciencia, de un sueño. De todos los sueños.

(Imágenes de la edición de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, ilustrado por el gran Rep)

¨Contra la fugacidad, la letra. Contra la muerte, el relato¨ Tomás Eloy Martínez

Murió Tomás Eloy Martínez, una de las figuras imprescindibles de la literatura y el periodismo en Argentina. Murió por un cáncer que lo tenía en lucha desde hace años, él que sobrevivió a tantas cosas.

Comenzó su carrera periodística en el diario La Gaceta de la ciudad de Tucumán, donde nació en 1934. En Buenos Aires fue crítico de cine del diario La Nación, donde escribió sobre diversos temas hasta sus últimos días, jefe de redacción del semanario Primera Plana entre 1962 y 1969 (trabajando aquí entrevistó por primera vez a Juan Domingo Perón), fue corresponsal en París y en la década del 70 trabajó en dos medios míticos como el semanario Panorama y el diario La Opinión. Fue un periodista excepcional. Llevado por su talento, pero obligado por las circunstancias, narró la dictadura, su antes y su después, sus horrores e intríngulis como si fuera ficción. En la narración dio forma a la valentía y supo de la libertad imposible de las calles y las redacciones. Tuvo que exiliarse en Venezuela y México, donde fundó periódicos. Fue profesor en la universidad Rutgerts de Nueva Jersey, a cargo de un programa de Estudios Latinoamericanos, y fue uno de los creadoores de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside su amigo Gabriel García Márquez. Amistad que se remonta a los años 60 cuando la revista que dirigía en Buenos Aires Martínez, Primera Plana, había puesto en portada la foto de un colombiano desconocido , que acababa de publicar Cien años de soledad, y que en pocos días se había convertido en la más vendida de Argentina. Tomás Eloy Martinez, fue también, vaya mérito, el que inauguró la corriente de elogios del Nobel.

Su paso natural del periodismo a la literatura se dan en tres libros inmensos, vivos e ineludibles: La pasión según Trelew, el libro que cuenta en diferentes versiones los asesinatos de los militares en la Patagonia, libro que ardió junto a otros textos ¨subversivos¨ en las hogueras de la dictadura en Córdoba; La Novela de Perón y Santa Evita, el libro argentino más traducido en el mundo. Estos tres libros tienen la llave para empezar a intentar comprender ciertos aspectos de la vida política argentina. La novela de Perón y Santa Evita, ficciones realizadas a partir de entrevistas con el propio caudillo y una exhasutiva investigación periodística tras el cuerpo embalsamado y desaparecido de Evita, se han convertido en clásicos de la literatura argentina. La clave puede estar, según Beatriz Sarlo en que ¨La novela de Perón, junto a Respiración artificial de Ricardo Piglia, Nada que perder de Andres Rivera y Cuerpo a cuerpo, de David Viñas, se remiten a la historia como lugar donde el estallido de las certidumbres y el desquiciamiento de la experiencia puedan buscar un principio de sentido, aunque al mismo tiempo, ese sentido se presente a la narración como un enigma a resolver, o el mosaico cuya figura secreta el movimiento de la ficción desea percibir mientras que desespera de lograrlo¨.

De La novela de Perón, cuenta el propio Tomás Eloy Martínez:

Esta es una novela donde todo es verdad. Durante diez años reuní millares de documentos, cartas, voces de testigos, páginas de diarios, fotografias. Muchos eran desconocidos. En el exilio de Caracas reconstruí las Memorias que Perón me dictó entre 1966 – 1972 y las que López Rega me leyó en 1970, explicándome que pertenecían al General aunque él las hubiera escrito. Luego, en Maryland, decidí que las verdades de este libro no admitian otro lenguaje que el de la imaginación. Así fue apareciendo un Perón que nadie había querido ver: no el Perón de la historia sino el de la intimidad.

Juan Cruz, en una entrevista que publicó El País, le comenta que en América Latina se estaba haciendo el nuevo periodismo que recién se estaba inventando en Estados Unidos. Y Martínez responde:

Creo que además entre nosotros nació por instinto, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer novelas y por estar disconformes con el modo que se tenía de narrar la realidad. ¿Por qué no podemos narrar en periodismo como en las novelas? En dos de mis primeras novelas trabajo el nuevo periodismo: en La novela de Perón narro de modo novelesco una investigación muy seria, y en Santa Evita decido invertir los términos del nuevo periodismo. Si en la primera había contado, con los recursos de la novela, lo que me parecía periodísticamente cierto, en Santa Evita narro con los recursos del periodismo una ficción absoluta, y la gente se la creyó.

El origen de La novela de Perón se remonta a 1966, cuando Tomás Eloy Martinez estaba en Madrid, armando una nota sobre españa a treinta años de la Guerra Civil, mientras en Argentina los militares estaban a punto de dar un nuevo golpe. Martínez había acordado con su jefe en Buenos Aires, que si sucedìa el golpe, iría a entrevistar a Perón, exiliado en la capital española. Le llegó un telegrama con la frase `traiga marcha militares´, que en clave lo decía todo. Se pasó la mañana llamando a Puerta de Hierro, residencia de Perón, sin suerte, hasta que finalmente un allegado le arregló la cita para esa misma tarde. Estuvieron tres horas encerrados en el despacho del General. Éste bebía té y jugos de naranjas, estaba animoso, fumaba sin parar y vestía un pantalón blanco cuya pulcritud cuidaba al sentarse, dice la crónica. Salió de la entrevista buscando un correo para mandar un telegrama con el texto. Estaba satisfecho y contecto. En la madrugada, lo despertaron en el hotel para decirles que Perón negaba todo lo dicho y que estaba muy disgustado con él. La policía franquista había interceptado la nota y se la había llevado a Perón.
Martinez en pijamas llamó ahí mismo a los periodistas de guardia de las grandes agencias de noticias, para confirmar la entrevista haciéndoles escuchar fragmentos de sus grabaciones. Así fue como al otro día, las palabras del General, su desmentida y la confirmación del periodista se publicaron juntas en varios diarios de Argentina. Tres días después, hombres de Perón volvieron a buscar a Martínez.
-El general quiere agradecerle todo lo que hizo, y decirle que está muy satisfecho con su comportamiento.
Martínez terminó de confesar lo que sospechaba: que Perón lo había usado para difundir algo que no podía decir oficialmente. Cuatro años después, volvió a llamar a Martínez para armar una versión de sus memorias. Todo esto lo cuentan Eduardo Anguita y Martín Caparrós en La Voluntad, tomo I)

Algunos otros libros de Tomás Eloy Martínez son: Lugar común la muerte (1979); La mano del amo (1991), El vuelo de la reina (2002, Premio Alfaguara de Novela); El cantor de tango (2004) y Purgatorio (2008). Recibió el premio a la mejor novela extranjera de People’s Literary Publication House, en Beijing-Shanghai. En 2005 Tomás Eloy Martínez fue finalista del Man International Booker Prize por el conjunto de su obra.

Actualmente era columnista de La Nación, El País y el New York Times.

Su texto al recibir el Premio Ortega y Gasset sobre la labor del periodismo puede leerse aquí.