baja para ver otras entrevistas: Peter Carey Alfredo Bryce Echenique John Banville
Peter Carey
“Quiero encontrarme con el lector en el libro”

Autor de una obra centrada en su Australia rural y celebrada en medio mundo, Peter Carey (Bacchus Marsh, 1943) ha conseguido con Oscar & Lucinda (1988) y La verdadera historia de la banda de Nelly (2000) un logro inusitado en el palmarés del Man Booker Prize: ganarlo dos veces. Un laurel que sólo él y el Nóbel J.M. Coetzee han logrado en la historia del más prestigioso premio literario en inglés.
Dueño de una prosa exquisita y sarcástica, profunda en la indagación histórica y sociológica de una Australia como el espacio colonial nunca redimido del todo, Peter Carey transita la postmodernidad con Dickens como guía, sin negar las influencias del realismo mágico. Sin embargo, ha conseguido evitar la asociación García Márquez-Rushdie, a golpe de contrastar apariciones, lluvias milagrosas y protagonistas de 139 años con un naturalismo obsesivamente detallado.
Su obra se inicia en 1974 con el libro de cuentos El gordo en la historia, y ya en la década del 80’ conoce el éxito de público y crítica. Dos de sus novelas son llevadas al cine –Bendito Harry (1981) y Oscar & Lucinda- y junto a Wim Wenders escribe el guión de la película Hasta el fin del mundo. Después de varios años en Londres, en 1991 se mudó a Estados Unidos para dar clases en la Universidad de Nueva York; desde entonces ha publicado El embaucador (Alfaguara, 1990), La inspectora de tributos (Alfaguara, 1991), The unusual Life of Tristan Smith (1994), Jack Maggs (Muchnick Editores, 2000), La verdadera historia… y Mi vida de farsante (Mondadori, 2005).
En sus últimos libros, Carey vuelve a sacarle distancia a muchos de sus contemporáneos anglosajones. Carey no cae en el vicio de aferrarse al estilo como a una telaraña que atrapa y mata la historia, sino conjugar en una narrativa poderosa y vital una serie de hechos tragicómicos y unos personajes al borde de todo, y con “reminiscencias bíblicas”, según John Updike.
Cuenta Peter Carey que una mañana acaso melancólica, frente a un ventanal de su estudio en Nueva York recuerda su vieja casa en Australia, el río que la bordea, los patos que nadan en el agua y las mujeres con las que compartió el paisaje. En libre asociación de ideas, la imagen de esa zona rural lo lleva a pensar en la frustración de ciertos pintores de su país, y una vez más, en la herencia del colonialismo llena de complejos. En esos días, un amigo le ha descubierto una historia de corrupción en el centro del establishment artístico y se ha topado con un thriller delicioso que le permite entretejer la verdad y el fraude, el deseo y el odio, la ficción obsesivamente documentada, para dar con Robo, una historia de amor (Mondadori, 2007), su última novela a modo de exploración social llena de suspense y humor.
-¿Se ríe con sus propios chistes?
-Ni una sola vez. Los escribo una y otra vez. Sufro una gran angustia en el momento de escribir. Escribo varias versiones de cada página, y si hay algo gracioso, es resultado de una obsesión de búsqueda e indagación casi científica. Escribo como construyendo un puente sobre un inmenso cañón, el cañón como una enorme grieta de la angustia. La primera tirada suele ser rápida, un impulso que me lleva hasta la mitad. A la mitad no hay nada, el otro lado aún está lejos y prefiero no mirar hacia abajo. Desde allí, avanzo dubitativo, retrocedo y vuelvo a construir. Muchas veces me ha pasado de estar llegando al final, y ver que nada tiene sentido, y derruir casi todo el puente. Otras veces, como en el caso del último libro, estoy por llegar a la última página y pasan meses sin un buen resultado. De pronto, una mañana, en un momento, todo se resuelve.
-Precisamente la última página de Robo comienza con una frase que dice “Quiero gustar, quiero ser recordado con cariño” ¿cuál es su relación con los lectores, sobre todo después de dos Booker Prizes?
-No tengo relación con los lectores, o eso pretendo. Bueno, en realidad sí que existe algún tipo de relación. Hubiera preferido que no fuera así, pero a partir de los premios, puedo señalar un cambio objetivo. Ahora el lector lee más cosas sobre mí, lee entrevistas, artículos y todas estas cosas por las que hay que pasar para vender libros. En los Estados Unidos, donde vivo, se organizan unos procesos corruptos que llaman lecturas públicas, donde colocan al escritor en una tarima, bajo luces potentes, rodeado de público que analiza tu forma de hablar, de vestir, qué zapatos llevas puestos, y ni atiende lo que lees. Quieres irte, pero el editor te dice por lo bajo “¡lee, actúa!”. Por suerte, en los dos o tres años que me lleva escribir un libro no tengo que pasar por esto. Quiero encontrarme con el lector en el libro, donde él pueda imaginarse cosas sobre las que yo ya no tenga el control.
-Antes hablaba de una obsesión casi científica, ¿tiene que ver con sus
estudios en la facultad de ciencias?
-Mis estudios universitarios fueron lamentables. Es más, es una confusión a partir de una biografía mía que hay publicada por ahí. No se puede decir que haya estudiado ciencias. Me echaron de la universidad al poco tiempo, no estuve ni medio año. Fue un desastre. Ni siquiera pude aprenderme la tabla de los elementos. Mi obsesión viene de antes o después de esos días, no lo sé. Pero es lo que me lleva a estar en un estado de investigación constante, tomo notas todo el tiempo, trabajo con algunos temas hasta el hartazgo y luego no tienen cabida en la historia.
-En Robo demuestra unos conocimientos exquisitos de pintura, ¿son producto de estas investigaciones?
Sí, quería saber si por fin, un escritor podía hablar de pintura. Ahondar con el mágico poder de la imaginación en esa cosa abstracta que es la pintura, que en este sentido se parece tanto a la ciencia. Pero sobre todo, quería llegar a calmar mi temor de que alguien pudiera decir que tal descripción técnica no es posible, lo cual puede ser cierto, porque a pesar de tanta investigación, acabé inventando muchas cosas…
-En sus libros abundan historias reales perfectamente documentadas llenas de datos ficticios, ¿cree que este equilibrio entre lo auténtico y lo que usted llama fraude, es uno de los rasgos más destacados de su obra?
-Puede ser. Me interesa el equilibrio entre lo verdadero y lo falso a cierto nivel, pero a otro nivel puedo contradecirme. De todas maneras, ambas ideas parecen formar parte de una identidad que no es el mero fraude o la autenticidad, que va más allá. A mi me cuesta dos o tres años escribir un libro y no pretendo llegar a un hecho real; lo que quiero, sobre todo y más que nada, es llegar a algo nuevo, inventar palabras, gente que desconozco, hechos que me reinvento del todo, trajes, ropas, expresiones, maneras que nadie conoce. Puedo partir de una anécdota o de cualquier objeto que haya a mi alrededor, pero todo lo demás es puro proceso de creación. Por ejemplo, la casa de Robo. Yo viví en esa casa, y ahora pongo allí al protagonista, Butcher Boone. Pero a él no la sirve, la destruye, vive en ella como un bándalo. Yo amo esa casa. Esa casa existe, está al lado del río Nevernever, y en el río está el pato, el mismo pato de la novela.
-¿Cuál es el origen de Robo?
-El libro puede empezar cuando en Nueva York sueño con esa casa maravillosa junto el río Nevernever, y salgo a la terraza y veo el pato en el agua. O puede empezar cuando me planteo si es posible que un escritor escriba algo sobre un pintor. O en realidad, el origen puede estar en unas copiosas comidas con un amigo en el restaurante vecino a mi casa…
-¿…por lo que podríamos decir, entonces, que una vez más el origen de un libro hay que hallarlo en una borrachera?
-Casi. A media borrachera. En ese lugar me conocen como el “media copa”, porque voy bebiendo de a media copa. En este sitio también comía frecuentemente un señor con el que un día comenzamos a charlar y acabamos amigos. Entre media copa y media copa, me contó que él había sido ayudante de un pintor famoso y había intentado ser pintor también, pero no funcionó. Se hizo marchante. Cada día me contaba una nueva historia sobre el ambiente del arte, que yo encontraba fascinante, sobre todo al descubrir sin sorpresa que el mundo de la pintura es tan corrupto como el de los políticos, el de los chefs de cocina, como cualquier otro; como la vida misma, en suma. Pero en cambio, estos delitos en el mundo del arte, me parecieron deliciosos. Un día, mi amigo llegó con una carpeta llena de documentos sobre un famoso pintor y me di cuenta cuántos problemas legales había alrededor de su obra. Había un intríngulis casi mafioso en la historia del pintor, la mujer, la ex mujer, el ayudante.
-En su última novela, vuelve a reflexionar sobre las secuelas del colonialismo en Australia. ¿Cuáles han sido sus consecuencias culturales?
-En esta reflexión también podemos encontrar otro de los orígenes del libro, mi recuerdo del colonialismo en Australia. Entre los efectos más notorios, el colonialismo ha dejado una cultura débil y endeble. Existe una fascinación y a la vez un rechazo con la metrópoli; esta transferencia ha conferido un sentido cultural frágil, con una autoestima por los suelos, que puede verse en muchos artistas. En Australia hay pintores que prefieren que sus obras sean devaluadas, así ellos se sienten minusválidos y alimentan este sentimiento de resentimiento. Odian los márgenes en lo que están instalados, pero se sienten cómodos.
-¿Cuándo empezó a escribir?
-No tuve vocación temprana. Comencé a escribir en los tiempos de la universidad. Mis amigos eran intelectuales, y yo quería ser como ellos. Yo trabajaba en una agencia de publicidad, escribiendo copies todo el día. Se me ocurrió que la mejor manera de ser intelectual, sería escribiendo un cuento. Así empecé.
-Y luego los premios, una crítica que lo venera y una vida en Nueva York…
-…Nueva York es una ciudad que adoro a pesar de que me pone muy nervioso.
-¿Cuánto ha cambiado su proceso de escritura?
-Ahora escribo frente a un ventanal enorme donde entra toda la luz de la ciudad. Estoy en un loft en lo alto, en medio del silencio absoluto. Allí escribo cada mañana, paso en limpio las notas que apunté la tarde anterior. No siempre ha sido así, pero ahora necesito esa luz y ese silencio. No como mi amigo Paul Auster, que escribe en un zulo con una ventana que da a una pared. Pero he escrito libros enteros en cuartos más pequeños que un baño, a la luz de una bombilla. Oscar & Lucinda, por ejemplo, lo escribí en un estudio que me prestaba un amigo en una calle llena de obras de construcción. Las perforadoras comenzaban a romper el pavimento a las siete de la mañana y no paraban hasta la noche. No se podía oír otra cosa. Me he preguntado a veces si esas perforadoras han tenido alguna influencia en el libro, pero no lo sé, no creo.
-Se ha comparado su obra con la de dos autores latinoamericanos como Gabriel García Márquez o Jorge Luis Borges, ¿está de acuerdo?
-Absolutamente. Puedo reconocer esa influencia, pero déjame decirte que la primera vez que los leí, no los entendí. Con el tiempo fui entendiendo que algunas cosas se las debo a ellos, y que al igual que Salman Rushdie, unas cuantas páginas simplemente no existirían sin García Márquez.
-¿y ha leído a algún escritor español?
-¿Contemporáneo? Sólo a Cervantes.
(Entrevista publicada en Argentina y España)
……………………………………………………………………………………………………………………………………..
Alfredo Bryce Echenique
“Escribo para que me quieran”

-¿Qué pasó con su bigote?
-Me lo robaron en un semáforo en Lima.
Los bigotes más prolíficos, nostálgicos y graciosos de la literatura latinoamericana ya no existen. En una de las idas y venidas, de París a Madrid o a Lima, de Lima a Barcelona, en la inauguración de una nueva casa, una nueva temporada y una nueva vida, Alfredo Bryce Echenique arrasó con su distinguido bigote, casi sin querer queriendo, mientras pedía Permiso para sentir.
Una periodista peruana escribió que sin sus ires y venires Bryce Echenique no sería Bryce Echenique. Y él asiente. Hace 35 años partió de Perú para radicarse en París, a “estudiar de bohemio”, como decían sus amigos.
Hoy presenta Permiso para sentir (Anagrama), la continuidad de sus “anti-memorias” al estilo Malraux, que empezó a escribir en Barcelona en 1986, cuando planeaba reiniciar una de sus tantas vidas y abandonaba la enseñanza universitaria en París, y que publicó en 1993 bajo el nombre de Permiso para vivir (Anagrama).
“No hay que perder las reglas de la elegancia, por eso pido permiso”, dice el peruano galante, que vuelca anécdotas llenas de gracia, de un humor melancólico, y que como Jerry Lewis (a quien cita en el libro), afirma: “la felicidad no existe, hay que tratar de ser feliz sin ella”.
El creador de Martín Romaña, su alter-ego, deja sonar en este compendio la “musiquita Bryce: tierna y triste, irónica y agridulce, vagabunda y exacta”.
“Este libro, como el Permiso para vivir, nació sin querer queriendo. Aquella vez había terminado una etapa, me iba a instalar en Barcelona, hacía veinte años me había bajado de un barco de carga y por segunda vez en mi vida, pierdo el manuscrito del libro que acaba de escribir. En el tren que me traía de París, me robaron la maleta. Ahora, estaba dispuesto a volver definitivamente a Perú. Voy, tengo nueva casa, busco a mis amigos, y los esbirros de Fujimori me secuestran, me dan una paliza atroz. Tengo una llegada muy dolorosa. También secuestran a la hija de mi mejor amigo, y me doy cuenta que no puedo hacer nada. Había preparado meticulosamente mi vuelta al Perú, y de pronto me veo regresando a Barcelona. Entonces, me siento a escribir estas antimemorias, según anécdotas que venían a mi cabeza, sin orden cronológico, recuerdos de gente y lugares”.
-Usted llegó a una Europa convulsionada de fines de los 60. ¿Qué buscaba?
-Ser escritor.
-¿Y cómo fue recibido?
-Muy bien. Mayo del 68’ se creyó como una prolongación de la Revolución cubana, así que éramos bien recibidos. Empecé a dar clases en la Universidad, y en las universidades francesas la enseñanza en Letras se dividía entre literatura y civilización. Como a mi me daban libertad para escoger temas, daba la mitad de las clases sobre literatura y para la otra mitad, elegía temas como “militarismo en América Latina”, o cosas así, muy diversas.
En nuestro país éramos todos muy señoritos, pero Europa nos convierte a todos en peruanos. Como decía Julio Ramón Ribeyro, lo único que he aprendido en Francia es hasta qué punto soy peruano; y estoy de acuerdo.
-¿Es inevitable querer volver al país?
-Yo creo que sí, siempre se ha dicho que los peruanos somos como las ballenas, que nos alejamos mucho de nuestras playas, pero volvemos a ellas para morir, no a vivir la vida entera. Es un sino. Yo amo mucho a Perú. Vargas Llosa dijo que el país se convierte en ciertos paisajes y determinados amigos.
-¿Por eso regresa a Perú, sabiendo la situación en la que estaba el país? ¿Fue un impulso nostálgico?
-No, en el año 1995 tuve un flechazo de amor con el Perú, pasé allí un verano maravilloso, lleno de vida, conocí a quien hoy es mi esposa. Fue cuando rechacé la Orden del Sol a Fujimori (máxima distinción peruana). Por el hecho de desmarcarme de la política, lo viví de otra manera
-¿Le ofrecieron participar en política?
-Sí, me ofrecieron una alcaldía, pero nunca lo haría. No es lo mismo. Con la experiencia Vargas Llosa tenemos bastante.
-¿Cómo fue llegar otra vez a Lima, esta vez para quedarse?
-La Lima que yo amaba, había desaparecido. Notaba en el ambiente esa cosa tan violenta de los peruanos, la agresividad telúrica del limeño. Esa manera de ser en contra del otro. “Si llego al ministerio, lo jodo a este” dice un dicho que describe muy bien esta idea. A mí me gusta un chiste anónimo: Avanza Perú, gol de Brasil. Pero parece que yo veía cosas que los peruanos no veían. Lo que no cambió fue mi visión y el cariño de mis amigos, muchos habían logrado ser lo que querían ser. Ellos, algunos empresarios, seguían sin entender mi vida de escritor. A uno de mis mejores amigos le dediqué un libro, lo que lo llenó de orgullo y emoción, pero nunca lo leyó, a él no le interesa la literatura.
-En la segunda parte del libro, reflexiona específicamente sobre el Perú. El título en italiano “¿Che te dice la patria?” es muy sugestivo…
-Es para desdramatizar, una ironía para que la patria duela menos.
El Cóndor pasa por Paris
-¿Cómo ha sobrevivido el boom, que usted ha estudiado tanto?
-Muchos han muerto, pero los que quedan son muy significativos. Vargas Llosa, García Márquez, Carlos Fuentes… cada uno ha seguido su camino. Yo soy amigo de todos, pero entre ellos no se ven, están distanciados. La maldita política que jode tanto.
-¿Estéticamente han decaído?
-No, están tan frescos como el primer día.
-Usted ha resaltado la falta de humor del boom…
-Cortázar decía que en América Latina una persona no bien empieza a escribir, se vuelve seria. Excepto Borges y Bioy Casares, casi no había humor en la literatura latinoamericana. Y los del boom eran todos muy seriotes. Por eso Monterroso, Cabrera Infante y Jorge Ibarbengoitia, que tenía edad de merecer el boom, no lo fueron por falta de seriedad. En cada cena en Paris o en Barcelona, lanzaban manifiestos para arreglar el mundo…
-¿Qué pasó con el boom?
-El boom latinoamericano se acaba cuando se separan Simon & Garfunkel, y dejan de hacer su insoportable versión de El cóndor pasa.
En aquellos años, Paris estaba fascinado con lo indigenista, y bastaba con ser latinoamericano para estar de moda. Estaba Atahualpa Yupanqui, pero también una cantidad de grupos con quenas, charangos, y arpas de pésima calidad que tocaban todo el tiempo El cóndor pasa. Era insoportable. En la universidad tenía que hablar todo el tiempo de lo andino.
-¡Y usted iba vestido con un poncho!
-Era muy gracioso. Yo no sabía usarlo, una vez casi muero ahorcado en el metro, porque la puerta me atrapó el poncho. Pero tenía mucho éxito cuando me lo ponía.
-¿Éxito con las mujeres o como profesor?
-¡Con las mujeres, con las mujeres! Morían por un indiecito! Todas mis alumnas eran europeas gauchistas, de izquierdas, y estaban fascinadas con los indios latinoamericanos.
-Usted habla en el libro de la disciplina para escribir que llevan a cabo algunos autores, y que nunca encontró.
-Sí, quería escribir con dos dedos como Cortázar, y no me salía. Estaba de moda entre los escritores hablar de sus métodos de trabajo, recuerdo a García Márquez vistiendo un overall para escribir, así no olvidaba sus orígenes proletarios… ahora deben ser diseñados por Yves Saint Laurent, con incrustaciones de oro. Yo creo que la fórmula mejor es procurar un buen vaso de whisky en las horas de la disciplina.
-¿Ahora qué está escribiendo?
-Estoy acabando una novela, Las obras infames de Pancho Marambio, a la que no pude abocarme definitivamente hasta que encontré el título. Me río de un infame que me estafó con unas obras en Barcelona. Dentro de un tiempo empezaré a escribir el tercer volumen de las antimemorias; pero más adelante, porque tiene un título muy duro, servirá para acabar de salir de esta experiencia peruana.
-¿Todavía escribe para lo que quieran sus amigos, como dijo alguna vez?
-Si, por supuesto. Lo que quiero es que me respeten más, que dejen de verme como un vago y un bohemio.
-¿Y las mujeres?
-Uno escribe para que las chicas que lo aman lo amen aún más.
-Esas chicas, que parece que son varias, siguen queriéndolo…
-Sí, es curioso, pero pasa eso. Tanto mi primera como mi segunda mujer y mi primer amor, son muy buenas amigas. Y son unas viejitas, jaja. Con mi primer amor, decimos que cuando cumplamos ochenta años, vamos a pasar una noche juntos en el mejor hotel…
-¿Usted nunca abandonó a una mujer?
-Un caballero no debe abandonar jamás a una mujer.
(Entrevista publicada en Argentina)
……………………………………………………………………………………………………………………………………..
Entrevista a John Banville:
“No quiero fingir ser yo mismo”

El autor irlandés, de promoción en España, presenta El Mar, novela con la ganó el Man Booker 2005 y que lo catapultó como uno de los mejores escritores en lengua inglesa. El “heredero de Nabokov”, habla en esta entrevista de sus personajes, los premios, la vida, la muerte, la fama y la densidad del oficio de escritor.
Inquieto y asombrado, John Banville se presenta ante los periodistas dispuesto a afilar ironía y dardos. Mira casi sin abrir los ojos: espía, como lo hace un niño ante un examen. Presa de un tic recién estrenado, simula que se abotona el saco una y otra vez; estira de sus solapas, como si le quedara chico.
Su mirada de muchachito terrible y triste, su pose de timidez, su abigarrada copa de pinot alsaciano (una y otra más) piden acaso clemencia o al menos, tranquilidad. De vez en cuando expulsa una sonrisa maliciosa. Su mujer lo despide, y sale a recorrer las anchas veredas del Paseo de Gracia de Barcelona. Volverá exactamente en dos horas, dice, nos dice. Para entonces, él habrá vaciado otras copas e intentado dilucidar por qué está ahora sentado aquí, en este mediodía, como si todo fuese producto de una gran confusión.
A pesar de los premios y una popularidad en ciernes –aún no es reconocido en la calle en países como España, pero es cuestión de tiempo-, no logra acostumbrarse a los avatares de la promoción.
“El mejor estilista en lengua inglesa” según sus más fervorosos fans (un variopinto club que incluye a Steiner, Said, Amis, Magris, DeLillo, Vila-Matas, Fresán…), preferiría evitar estas exposiciones mediáticas y centrarse en su trabajo: “escribir frases, algo denso y exigente, como la poesía”.
Ex editor literario de The Irish Times y del Irish Press, John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) fue cautivando tempranamente a la crítica y al público con su tetralogía de novelas dedicadas al pensamiento científico, escritas entre 1976 y 1986 (traducidas años después al castellano): Kepler (Edhasa, 1981), Copérnico (Edhasa, 1982), Mefisto (Península, 1990), y La Carta de Newton (Península, 1991 –las fechas corresponden a las ediciones en castellano-). Pero su reconocimiento consagratorio llegó en los 90’ con la trilogía que conforman El libro de las pruebas (Anagrama, 1991), Ghosts (Secker & Warburg, 1993) y Athena (Secker & Warburg, 1995); la novela dedicada a uno de los cuatro espías de Cambridge, Sir Anthony Blunt, historiador de arte, conservador de la colección de pinturas de la reina de Inglaterra y espía de la Rusia comunista, El intocable (1999), y la saga –incompleta- de Eclipse (2002) e Imposturas, (2005). Todos los libros en Anagrama.
Ahora presenta El Mar (Anagrama), un intenso y poético relato salpicado por las olas y la muerte, donde Max Morden -crítico de arte experto en Bonnard- repasa su vida luego del fallecimiento de su esposa Anna, y vuelve una y otra vez a la playa de su infancia donde fue… ¿feliz?
Los personajes de Banville tienen en común un debate interno y existencial, en el intento de reconstrucción de un orden alterado, ya por la muerte, ya por un secreto develado, y la búsqueda de un remanso –geográfico o temporal- donde la paz o la reconciliación sean posibles. El mar, con su promesa de redención, se le ofrece a Max Morden como un lugar de introspección, tal como, recuerda, lo sabía Borges: “el siempre mar, ya estaba y era”, “¿Quién es el mar?” “¿Quién es el mar, quién soy?”
-¿Qué significa el mar?
-Si pregunta por el significado del mar en mi novela, puedo decirle que es muy simple, el mar es el entorno en el que pasé tantos veranos cuando era niño. Ahora, si quiere leer símbolos de vida y muerte en todo esto, bueno… Pero sinceramente, he querido que el ritmo del mar estuviera en mi prosa, y algunos han sido bastante amables diciendo que lo logré.
El filósofo norteamericano William James (hermano de Henry) propuso en 1892 el término “stream of consciousness” para describir ese flujo de ideas, pensamientos, asociaciones; la actividad de la mente, en suma, que no reproduce fielmente la realidad, sino que “la estructura y transforma en su aprehensión”. Esta técnica de monólogo interior, atesorada por los autores modernistas del Siglo XX, y llevado a la cúspide por James Joyce en su Ulysses, ha encontrado en John Banville una natural y sobresaliente evolución. Así lo demuestran las elucubraciones de sus “criaturas”: Gabriel Swan en Mefisto, Freddie Montgomery en El libro de las pruebas, Víctor Maskell en El Intocable, Alexander Cleave en Eclipse, y ahora Max Morden en El mar.
Heredero fiel de una contundente tradición novelística, y por lo tanto rompedora con ella, Banville estructura su obra a partir de los pilares de literatura irlandesa, aunque ubicándose en la más amplia Europa, y cuestionando una identidad –la propia, la irlandesa- en perpetua mutación.
Los protagonistas de novelas como Eclipse, Imposturas o El intocable, llevan más de una vida o eso pretenden. Divagan constantemente para saber quiénes son, buscando una identidad a la que aferrarse. Sin embargo, en esta nueva novela, su protagonista Max, recién enfrentando a la muerte de su mujer, se presenta con las ideas más claras. ¿La muerte despeja las dudas? ¿Nos quita las máscaras? “Es una buena manera de decirlo”, opina Banville. “La muerte nos despoja de todas nuestras máscaras. Quizás el hecho de haber vivido tan de cerca la muerte de su esposa y ver cómo se extinguía, a Max le ha ayudado a encontrar su propia identidad. Pero al decir esto estoy especulando, cuando escribí el libro no estaba pensando en ninguna crisis de identidad”.
-Su obra está plagada de juegos de máscaras y personas que no son lo que parecen, pero Max es realmente diferente…
-…Oscar Wilde ha escrito: ponle una máscara a un hombre y te dirá la verdad.
“Este libro es realmente diferente –agrega-. Será por eso el éxito. Max ya no tiene máscaras. Está ante una situación trágica, y esta situación le obliga a ser honesto. La tragedia le ha pegado fuerte, ‘esto no debe pasar’, piensa, pero sí le pasa. Por eso debe arrancarse la máscara, hasta que le sangra la cara”.
No es correcto ver en el autor rasgos de sus héroes, pero Banville trasmuta al interlocutor resquicios de algunas de las obsesiones sobre las que giran las existencias de sus personajes. En alguna ocasión, ha comentado: “tengo dificultades para ser yo mismo”; luego escribe “soy un desplazado, y estoy buscando un hogar en el desplazamiento”. No obstante niega lo dicho y lo escrito, (“no recuerdo que alguno de mis personajes haya dicho tal cosa, ¿tal vez un traductor?”), reconoce que sí, que la gente en sus novelas, “especialmente los narradores, se sienten un poco homeless, como un caracol fuera de su caparazón”. Sorbe lento un poco más de vino y concluye: ¿Pero no es como todos nos sentimos, por lo menos alguna vez?
¿Y sirve la literatura para algo? No creo, dice Banville. “No creo que la literatura, o la ficción hagan nada, excepto iluminar un par de puntos ciegos de la realidad. El arte es inservible… o mejor dicho, inútil. Y eso es precisamente lo que lo vuelve valioso”.
Y cita, a esta altura parece que habla a través de citas, al poeta W. H. Auden, para quien la poesía no hace nada más que suceder. “Es decir, -explica el autor- no podemos conocernos a nosotros mismos, puesto que no hay ningún ser que conocer: un ser humano es un compendio de actitudes”.
Otro parangón posible con sus personajes, la proliferación de citas. El intocable está protagonizado por un erudito en arte, que recita parlamentos de filósofos –sobre todo con los que se reconoce, los estoicos Zenón, Séneca, Marco Aurelio-; Birchwood (1973), una de sus primeras novelas, compacta en pocas páginas citas de T.S.Eliot, W.B.Yeats, James Joyce, Witgenstein, Descartes, Dante, Petronio…
“La muerte nos acompaña siempre”

El mismo año en el que El mar vio la luz en castellano, Phillip Roth publica Elegía (Mondadori) y Joan Didion, El año del pensamiento mágico (Global Rhythm), disímiles obras que confluyen en un mismo asunto: la muerte. “La muerte es un tema perenne en la ficción. La muerte nos acompaña siempre, en el arte, en la vida. No hay vida si no hay muerte”, señala el autor de El mar, que no ve una coincidencia temática entre escritores anglosajones de más de 60 años. Y trae a la mesa a otro escritor: Estoy con Hemingway cuando se pregunta ¿cómo podemos vivir, sabiendo que vamos a morir? A lo cual un amigo mío contestó: ¿cómo podemos no vivir, sabiendo que vamos a morir?
Y ríe, casi por primera vez, y le digo que nuevamente veo a algunos de sus personajes en su risa, en su ironía… en su sarcasmo. Acaso sea el toque distintivo de las letras irlandesas, si pensamos en el humor en las obras de James Joyce, Flann O’Brien, Jonathan Swift, William Traver y JB, por supuesto. “Soy honesto”, replica.
“Los personajes son así, porque la gente es así. Pero la infelicidad es más fácil de contar que la felicidad. ¿Cómo escribes el sonido de la risa? ¿’Jaja’? ¡Eso ya no se puede hacer! Cuando tenía doce años, leí Dubliners de Joyce, y entendí que las novelas podían ser como la vida que yo conocía, con todo su aburrimiento, su torpeza y, claro, esa belleza simple. La vida es así, y también está llena de cosas cómicas, no digo divertidas, pero sí cómicas. La vida es muy extraña, contradictoria, como en las pinturas de Bonnard”.
En casi todos los libros de Banville, hay un pintor sobrevolando la historia. Rembrant, Vermeer, Frans Hals, Poussin, son estudiados o admirados por sus personajes, y acompañan sus vidas. En El Mar, Max Morden está escribiendo –o eso intenta, entre el devaneo de sus recuerdos- una monografía sobre el pintor francés Pierre Bonnard. “No sé por qué elegí a Bonnard, tal vez él me eligió a mí”, explica el escritor. “Pero no me di cuenta hasta bien avanzado el libro cuánto de similar había entre los temas de Bonnard y los de Max: el pasado, la evanescencia de la vida, la felicidad, la muerte, la pérdida, etc…”
Al decir esto, se entusiasma y eleva la voz, extiende los brazos, para caer en el silencio como desde un tobogán. “La vida es absurda –dice de pronto-, pero también es gloriosa”. Y nuevamente comienza a subir la cuesta con su voz: Me fascina esta combinación. Por todas estas cosas. Te enamoras, lees un libro, ves un cuadro. Te permiten trascender a otro nivel. El arte de verdad, el grande, habla de esto. ¡Este mundo me fascina!… pero cuando te convences que todo esto es maravilloso, cuando tienes todo tan claro, llega la muerte y te dice ¡no es esto, esto es el fin!
Y ríe. Esta vez más fuerte que nunca. Celebra sus ocurrencias y sus contradicciones, la vida maravillosa y sin sentido. Banville disfruta, tanto como parece disfrutar el protagonista de El mar con la muerte de su esposa. ¿Otra contradicción? ¿Cómo lo explica? “Cualquier emoción intensa, como el duelo, resulta en cierto modo disfrutable. Supongo que es porque nos da una señal de que estamos realmente vivos. Max recuerda las tragedias, y esto es más importante que cada una de esas muertes. Max es artista, y por lo tanto, un egoísta…”
En el año 2005, el jurado del Man Booker Prize, el galardón más prestigioso para los escritores de la Commonwealth (50 mil libras), sorprendió cuando eligió El Mar de John Banville como el mejor libro del año (los favoritos eran Julian Barnes y Kazuo Ishiguro). “Magistral estudio del recuerdo, el dolor, la memoria y el amor”, dijeron. “El pasado y la memoria son los mejores materiales para un escritor”, retruca ahora el autor. “Para Baudelaire, el mejor escritor puede vivir su pasado cuando quiere. Cuando lees a Beckett, Proust o Joyce, ves que están alimentándose del pasado”.
-Ian McEwan ha dicho que ganar el premio Man Booker es un sacrificio, ¿Usted como lo lleva?
-Para el australiano Peter Carey, el premio es como un accidente de tráfico. Crees que te pasa y ya está, pero no. Luego tienes meses con las víctimas, el hospital, el taller, el seguro… Lo mejor del premio es que ya está. No pierdo más tiempo cada otoño, en pensar en eso.
-Hay casos que lo han ganado dos veces…
-Espero que no. Los escritores son monstruos del ego. Como dice Martin Amis: vas a recibir el Nobel y todavía piensas “creo que no me están dando la suficiente atención”.
-En su caso, el Man Booker lo colocó en una situación de mayor exposición.
-No quiero fingir ser yo mismo. La fama es una comedia triste de ti mismo. Ganar premios, escribir libros, dar entrevistas. Cuando Borges empezó a escribir tenía siete lectores, luego setenta, luego setecientos… ¿quiénes son toda esta gente? se preguntaba. Pero bien, mi mujer está más tranquila. Antes, ella trabaja para mantenerme. Llegaba a casa, yo estaba trabajando en la novena versión del borrador de un libro, y me decía “¿Cómo va el libro?”, y yo respondía, “Bien”. Su pesadilla era cuando yo le contestaba “No me gusta”. Sabía que estábamos en problemas.
-Dicen de Usted que es el heredero de Nabokov…
-¿Lo soy?
-Tiene fascinada a la crítica…
-La mejor crítica que he recibido fue una vez paseando por la calle. Se me acercó un hombre en su bicicleta, yo pensé que me iba a asaltar, y me gritó: ¡de puta madre! Llevaba El libro de las pruebas. No leo las críticas, no me interesa. Yo hago mi trabajo. Y mi trabajo consiste en algo denso y exigente, como la poesía.
En cierta medida ha recobrado la calma, si es que alguna vez la perdió realmente, pero no acabó aún su última copa. “El poema es el único tipo de arte que no puedes ignorar –dice-. Lo tomas o lo dejas. Mientras miras un cuadro en una galería, puedes pensar en la cena, pero con el poema no puedes. No hay arte si no lo haces apasionadamente, la pasión hace las cosas densas. Y densidad no es complejidad ni solemnidad. Trabajo mucho para que mis frases sean claras. La frase es el mayor logro de la humanidad. Es un privilegio poder escribir una frase”.
Borges, James y Black
Menciona durante la entrevista varias veces a Jorge Luis Borges, lo pone como ejemplo, recuerda algún poema, sin embargo, afirma que el escritor argentino no influenció en su obra. “Como para muchos de mi generación, Borges fue una revelación –dice Banville-. Sin embargo, esta luz reveladora fue palideciendo un poco con el paso de los años, ya que sus ficciones ahora parecen sobreelaboradas y más bien… sin sangre. Nabokov, para mencionarlo una vez más, dijo que Borges en cierta manera se parece a una mansión, pero no es más que un pórtico”.
“¿Malicioso, verdad?”, ríe.
-¿Qué escritor considera que le ha influenciado?
-Ninguno. Soy demasiado original y único. Si usted quiere decir a quién leí cuando era joven, la cita es demasiada larga, pero los que me vienen a la mente son Joyce, Beckett, Rilke, Thomas Mann, Wallace Stevens… Pero considero a Henry James el más grande de todos los novelistas, así como un estilista magnífico.
Está a la espera de editor en español Quirke (Picador, en inglés), primero de una saga de libros escritos bajo el seudónimo de Benjamin Black. Al igual que Julian Barnes, quien firma como Dan Kavanagh, John Banville apela a un alias, y en este caso para contar un increíble thriller policial en tono darky ambientado en los años 50’, donde monjas y curas asesinan “niños del mal”. El libro es producto de un guión que nunca se hizo, planeado mientras estaba leyendo novelas negras. Banville prefiere no hablar de él.
-¿Quién es Benjamín Black?
-Es mi gemelo oscuro, que lleva una intermitente y vaga existencia.
(Entrevista publicada en Argentina, España y México)
[...] Entrevistas [...]