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(Celebrando los 85 años de Gabriel García Márquez, y como último post de este blog, publico completa la crónica del viaje a Aracataca, Colombia)

Viaje al centro de Gabolandia

El pueblo colombiano donde nació Gabriel García Márquez, Aracataca, asumió el imaginario de Cien años de soledad como particularidad identitaria para crear la versión real del Macondo de la novela, el lugar más universal de la literatura latinoamericana, el origen mismo de Gabolandia.

Si uno llega a Aracataca buscando tópicos, los encuentra: lluvia, calor y mariposas amarillas. Ver volar a alguien puede ser más difícil, pero historias alucinantes se oyen todo el tiempo. Los perros se tiran en la calle como si estuvieran muertos, y ni siquiera reviven ante el repiqueteo de las bocinas de las motocicletas y los bicitaxis. Las casas se viven fuera. La televisión se mira desde la acera y se oye desde todos lados. El tren que pasa por Aracataca no es amarillo. Ni verde. Es negro carbón. Es un tren demasiado largo, de 120 vagones que desde las cinco y media de la mañana y hasta las doce de la noche, cada hora, durante varios minutos, irrumpe con su ruido y el polvo negro que cubre la estación. Ya nadie se detiene en ella. Nada altera un paraje estancado en el esplendor del pasado.

Los perros que duermen, la propaganda política que llena paredes, el garaje que cobijó alguna vez una fábrica de hielo, el tren que pasa. Pura escenografía para arropar una leyenda.

Si bien el pueblo de Aracataca (Ara, “río de aguas claras”; Cataca, “cacique de la tribu”, en chimila) se fundó en 1885, nadie reparó en él hasta casi un siglo después, cuando el más famoso de quien ha nacido allí se convirtiera en celebridad mundial. Pueblo de vallenato y son, fundado por italianos y crecido a la vera de la United Fruits Company, hoy sobrevive gracias al biocombustible y el mito. Aracataca, el pueblo del departamento de Magdalena en el caribe colombiano, es el lugar más universal de la literatura latinoamericana: Macondo.

Los niños hablan de Gabriel García Márquez como de un tío-abuelo, ahora estrella de televisión o presidente de la República. Un señor demasiado importante, pero cercano. Lo llaman Gabo, Gabito. Los más grandes, lo llaman Maestroypremionobelgabrielgarcíamárquez, así de un tirón. De todas maneras, una leyenda total, infinita.

Han leído sus cuentos, sus novelas más flacas. Van a leer todos sus libros, al menos mientras vayan a la escuela. Gabolectura, una iniciativa que estimula la lectura en niños y mayores, lleva años realizándose con el fin de promover el conocimiento de la obra y “predicar con el ejemplo”. “Si él, que nació aquí, hizo todo lo que hizo, por qué estos niños no” dice Aura Ballesteros, la maestra. Al  lado del bolillero con las preguntas, una niña recita de memoria fragmentos del cuento “Eva está dentro de su gato”. ¿Cómo se llamaba la abuela del Maestroypremionobelgabrielgarcíamárquez? ¡Tranquilina Iguarán! ¿Qué libro publicó Gabito en 1955? ¡La Hojarasca! ¿Cómo se llama el personaje que come tierra en Cien años de soledad? ¡Rebeca!

Aracataca no tiene agua potable, pero concentra una alta densidad de niños artistas con verdadero talento. Escritores, dibujantes, escultores, cantantes, músicos… hay un banda sinfónica con diez niños violines, un escultor de 12 años que da clases en la universidad, un cantante al que llaman Pavarotti. Pronto dejarán la escuela y se pondrán a cosechar palma para aceite, como todo el mundo. La Fundación Pro-Aracataca y la Casa Museo, a cargo de Bernardo López Silva y Rafael Darío Jiménez, entre otras instituciones, bregan  por conseguir apoyos y medios que fomenten las vocaciones de estos jóvenes.

Ni en Gdansk, la ciudad donde nació Günter Grass, ni en la de Kenzaburo Oé, Ose, el premio Nobel debe significar tanto ni ha sido más celebrado. En Aracataca todos se sienten campeón del mundo, campeón de algo. Un hombre nacido aquí llevó a Colombia al Olimpo. Ese orgullo los mueve como una fuerza centrípeta. Quien escribe, escribe cuentos a Gabito, quien dibuja, dibuja retratos de Gabito. Y hay canciones, discos enteros como el de Los soneros de Macondo, en homenaje al maestro. Aracataca es un pueblo de y para el mito García Márquez. Los pequeños autobuses de la zona se reparten entre las líneas Nobel y Transmacondo. En pocas calles podemos encontrar el billar La Hojarasca, la gomería El Nobel y la clínica Macon-salud. La biblioteca se llama Remedios, la bella. El bus escolar –amarillo- lleva su foto; las escuelas, su nombre. Y el recién inaugurado restaurante Macondo, ofrece en su menú “carne en salsa de mariposas amarillas”, “café al gusto de Melquíades” y “postres de dulce de icaco con lágrimas de Amaranta”.


De los 35 mil habitantes del pueblo, sólo dos se muestran adversos y críticos con el escritor. El cura de la iglesia San José donde fue bautizado, porque “García Márquez es medio ateo”; y un cantante flaco y desgarbado que por unas monedas o un trago te canta una canción de protesta. De protesta contra… García Márquez. A ritmo de vallenato, recita “él se olvidó que Macondo es una tierra sufrida”, y “hoy tiene plata y no ha querido regresar”.

Pero después de 25 años, un día regresó y el pueblo vivió su acontecimiento en años. Ni la llegada del hielo habrá producido tanto alboroto. Leyendas urbanas mitigaban la ausencia de hijo pródigo diciendo que se aparecía cada tanto, que durante toda una noche se dedicaba a parrandear con sus amigos y al aclarar el alba, subía a la camioneta de cristales oscuros en la que había llegado y partía. Difícil de creer, sobre todo porque la zona estuvo durante mucho tiempo cercada por el cocktail colombiano de guerrilla-ejército-paramilitares-narcotráfico. El escritor volvió muy pocas veces desde que partió cuando niño. Con su madre a vender la enorme casa en la navidad de 1950, cierta vez como vendedor de enciclopedias y una vez más, al recibir el Premio Nobel.

Cuando su cumpleaños número 80, a 40 años de la publicación de Cien años de soledad y 25 del Nobel, contra aquella superstición guajira que dice que “quien recoge sus pasos muere más pronto”, Gabriel García Márquez volvió. Y en un tren amarillo. “Miren todo lo que está pasando, y después se preguntan quién inventó Macondo” decía emocionado. Una multitud –el pueblo entero, menos dos- salió a recibirlo, a saludarlo hasta el agobio.

García Márquez vivió en Aracataca hasta los 8 años, al cobijo de las historias de su abuela, matrona de una pléyade de extraordinarias mujeres caribeñas. Su abuelo, el coronel Márquez, se hizo cargo de su educación, rigurosa pero estimulante y creativa. Con él aprendió a leer, escribir y rayar paredes, para escándalo de los demás. El coronel le cedió un muro del cuarto donde fabricaba sus pececitos de oro; el niño dibujaba historias, y cada sábado las borraba con cal. Tras la muerte de este hombre, en 1935, García Márquez se mudó con sus padres a Barranquilla, en la costa. “Desde entonces, nada importante me ha ocurrido en la vida”, dijo, incluso luego de convertirse en el escritor vivo más leído. El abuelo le había enseñado tres cosas fundamentales: la muerte, la valentía y el diccionario.

Respecto a la casa, “todos los días de mi vida despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa vieja y enorme, como si nunca hubiera salido”, confesó. Luego de la venta, pasó por varios propietarios que fueron transformándola hasta desaparecerla. Con motivo de los aniversarios, el gobierno colombiano decidió reconstruirla y crear allí la Casa-museo. El día que Gabriel García Márquez regresó a Aracataca, paseado en carruaje y apiñado de vecinos, dijo frente a la nueva edificación, “esa no es mi casa”. Todos enmudecieron. “La hicimos según la descripción de su autobiografía Vivir para contarla”, alegaron las autoridades. Rubiela Reyes, la guía del museo, ríe cómplice, “es que Gabito se inventa muchas cosas”.

En Gabriel García Márquez, Historia de un deicidio, Mario Vargas Llosa escribió que “Aracataca vivía de recuerdos, mitos, fantasmas, soledad y nostalgias cuando él nació; sus ficciones vivirán de sus recuerdos de Aracataca”. Hoy esto se ha invertido. Aracataca vive de la ficción que García Márquez ha construido de aquellos mitos.

El imaginario de creación de García Márquez, extraído de la idiosincrasia de este pueblo, se ha reconvertido en imaginario colectivo mediante la celebración referencial, la alegoría constante y los monumentos a personajes de novelas (Remedios, la bella tiene su escultura en la calle de los Almendros, existe un homenaje de “Comala a Macondo”).

La literatura en este lugar ha cumplido una función identitaria, ha dado singularidad y particularidad a un espacio concreto del mundo: somos Macondo, el pueblo de Cien años de soledad.

Comprar libros de García Márquez en Gabolandia no es tarea sencilla. No existen librerías, y uno de los pocos sitios donde se consiguen es en un bar que a la vez es ciber, fotocopiadora, que vende cuadernos, lápices, escuadras y rompecabezas con el mapa de Colombia. Aquí pueden encontrarse algunas de las obras del Nobel, pero escondidas tras la nevera. Son ediciones piratas, fotocopiadas y hasta con errores de ortografía: “La mala hora, de Gabriel García Marques”.

(Publicado en Cultura/s de La Vanguardia, España en octubre de 2009)

El joven escritor colombiano Antonio Ungar ganó el Premio Herralde de Novela 2010 con Tres ataúdes blancos, un ¨thriller bizarro¨, lleno de humor, según el jurado. Ungar cuenta con un pasado profesional que incluye las tareas de arquitecto, mesero, urbanista, periodista, repartidor de correo, asistente social, traductor, diseñador gráfico, blogger, escritor y sobre todo viajero. Ha escrito cuentos, novelas y periodisimo, a la manera del cazador que atrapa los textos que se le aparecen.  Y se le parecen, también. Son de todos lados, inquietos.  Antonio Ungar nació en Bogotá en 1974. Vivió en Manchester, la selva del Guainia (Colombia), Barcelona, Nueva York, Mexico DF y actualmente, “gracias a una tarjeta de periodista colombiano”, entre Palestina e Israel, donde formó familia.  “Un lujo que muy pocos tienen”, aclara. En Palestina duerme en Ramala y en Israel en Jaffa.

Antonio Ungar por Daniel Mordzinski


Antonio Ungar escribió los libros de cuentos Trece circos comunes, De ciertos animales tristes y las novelas Zanahorias voladoras y Las orejas del lobo, narrada por la mirada de un niño sobre un mundo que preferiría no ver. Aquí un fragmento de la entrevista que le hice para el libro Bogotá 39, la inicitaiva del Hay Festival:

¿Cómo se escribe un libro con la voz de un niño?

Las orejas del lobo empezó como un falso diario de infancia, como el desafío de poder reinventarse la infancia como si fuera real.

¿Qué tiene de interesante la mirada de un niño para contar historias?

Lo que me interesa de la mirada de un niño tan pequeño como el de Las orejas del lobo es que en muchos casos tiene que definir la realidad desde el principio, como si no la conociera. No puede decir mesa, sino describir la mesa. Además la percepción de los conflictos adultos desde el punto de vista de un niño abrió posibilidades narrativas muy amplias.

¿Este niño, desde dónde escribe?

Si te refieres al lugar geográfico del niño, lo hace desde la sabana de Bogotá; si es el lugar geográfico del escritor, México DF. Pero el lugar espiritual desde donde escribe este niño, es la admiración, el desconcierto y la rabia que le producen los adultos.

¿Cómo es la vida de un escritor latinoamericano en Palestina?

Escribo cada día, como siempre. Compro los libros a dos argentinos que tienen una librería en español en Tel Aviv. El ritual, si es que importa, no cambió mucho respecto a cuando vivía en América Latina.

Selva, desierto… ¿se modifica tu literatura con estas vivencias personales?

Tardo mucho en digerir lo que vivo para convertirlo en literatura. Solamente ahora empiezo a entender lo que viví en Inglaterra cuando tenía quince años. Tal vez en

veinte o treinta años pueda escribir acerca de Palestina.

¿A quién le escribes?

Escribo para mis amigos y para un lector imaginario que está por ahí

¿Y cómo te leen?

Cada lector es único, eso es lo apasionante de escribir.

Dices que tus textos se aparecen ¿Cómo lo hacen?

Son el resultado de un proceso incontrolable. La entrada de información incluye sueños, lecturas, vivencias. Todo. Bob Dylan decía “Cierro los ojos, los abro: estoy influenciado”. El escritor no controla el proceso. Y los escritores que lo controlan no me interesan.

¿Cuándo el arquitecto dio paso al escritor?

Sabía que iba a escribir desde que tenía quince años. Estudié arquitectura para poder financiar la escritura

El fallo del jurado del Premio Herralde:

Tres ataúdes blancos es un thriller en el que un tipo solitario y antisocial es forzado a suplantar la identidad del líder del partido político de oposición y a vivir todo tipo de aventuras para acabar con el régimen totalitario de un país latinoamericano llamado Miranda. Ese argumento de thriller bizarro es, sin embargo, una suerte de estructura vacía, un esqueleto en el que la novela crece, salvaje, impredecible, saliendo a borbotones de la voz del protagonista. Desaforado, desquiciado, hilarante, el narrador usa todas sus palabras para cuestionar, ridiculizar y destruir la realidad (y para reconstruirla de nuevo, desde cero, como nueva). Perseguido sin descanso por el régimen del terror que en Miranda todo lo controla y por lo abyectos políticos de su propio bando, solo contra el mundo, el protagonista es finalmente alcanzado y cazado. Su enamorada en cambio consigue huir milagrosamente, y con ella queda viva la esperanza de un nuevo comienzo para la historia. Tres ataúdes blancos es un texto abierto, polifónico, dispuesto para múltiples lecturas. Puede ser entendido como una sátira feroz de la política en América Latina, como una refinada reflexión acerca de la identidad individual y la suplantación, como una exploración de los límites de la amistad, como un ensayo sobre la fragilidad de lo real, como una historia de amor imposible. Envuelta en un envase de thriller fácil de abrir y de leer, llena de humor, esta novela propone sin duda un juego literario complejo y fascinante. La novela que consagra indiscutiblemente a uno de los autores mayores de su generación en lengua española.

Que no era así, le pareció. No amarilla, como crema; más pegajosa que la crema. Pegajosa, pastosa. Se pega por las ropa, cruza la boca de los gabanes, pasa los borceguíes, pringa las media. Entre los dedos, fría, se la siente después.

-¡Presente! –dijo una voz abotagada.

-Pasa –respondió. No “pasá” sino “pasa”. Así debían decir.

Entonces la vos de fuera dijo “calor” y haciendo ruido rodó hacia él un muchacho encastrado de barro.

-No hace frío –habló el llegado-, pero habría que apuntalar algo más el durmiente…

-Después se hará –le dijo, mientras sentía que el otro se acomodaba enfrente, embarrado, húmedo, respirando de a saltos.

Imaginaba la nieve blanca, liviana, bajando en línea recta hacia el suelo y apoyándose luego sobre el el suelo hasta taparlo con un manto blanco de nieve. Pero esa nieve ahí amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las cosas, se arrastraba después por el suelo y entre los pastos para chupar el polvillo de la tierra; se hacía marrón, se volvía barro. Y a eso llamaban nieve cuando decían que los accesos tenían nieve. Nieve: barro pesado, helado, frío y pegajoso.

En su pueblo, dos veces nevó, él estaba durmiendo, y cuando despertó y pudo mirar por la ventana la nieve ya estaba derretida. En el televisor la nieve es blanca. Cubre todo. Allí la gente esquía y patina sobre la nieve. Y la nieve no se hunde ni se hace barro ni atraviesa la ropa, y tiene trineos con campanillas y hasta flores. Afuera no: en la peña una oveja, un jeep y varios muchachos se habían desbarrancado por culpa de la nieve jabonosa y marrón. Y no había flores ni árboles ni música. Nada más viento y frío tenían afuera.

-¿Sigue nevando? –quiso saber.”

Así comienza Los Pichiciegos, la novela sobre la Guerra de Malvinas escrita por Fogwill en 1982. Una de las mejores novelas argentinas de todos los tiempos.

Sigue el blog del Hay Festival Zacatecas que realizan Daniel Mordzinski y Gastón García M. haciendo click aquí.

El Hay Festival según Mordzinski

“Miau Tsé Tung y Miss Oginia van de una punta a la otra de la casa al ritmo de Schumman o de un bolero. Se posan sobre textos inacabados, apuntes de siglos y periódicos de ayer. Los gatos más cultos del país rastrean los libros y se topan con la crónica definitiva de México. Carlos Monsiváis los acaricia y escribe. Construye y explica con la lucidez de los sabios, una historia social y cultural que ya nadie entiende,  de Portraits d’écrivains mexicains, de Daniel Mordzinski y Gastón García

Carlos Monsivais en el Hay Festival de Cartagenas, fotografía de Daniel Mordzinski

Saramago en Lanzarote, fotografía de Daniel Mordzinski

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